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Historia de una sinfonía (carta al editor Fritzsch) Venecia, 31-12-82

La España Moderna. Madrid, sin fecha.
Recuerdos de mi vida
Por Ricardo Wagner


I Recuerdos de mi vida (1813-1842) | II La prohibición de amar | III Traslación de las cenizas de Weber a Dresde | IV Mis recuerdos sobre Spontini | V Carta sobre el Tannhäuser. París, 27 de marzo de 1861 | VI Mis recuerdos sobre Luis Schnorr de Karolsfeld, muerto en 1865 | VII Un recuerdo de Rossini | VIII Historia de una sinfonía (carta al editor Fritzsch) Venecia, 31-12-82 | IX Carta a M.G. Monod. Sorrento, 25 de octubre de 1876 | X Carta al Duque de Bagnera. Villa de Angri, 22 de abril de 1882 ]

 

VIII

HISTORIA DE UNA SINFONÍA

(CARTA AL EDITOR FRITZSCH)

Venecia, San Silvestre, víspera

de Año Nuevo, 1882.

En reconocimiento de sus buenos oficios, escuche hoy este relato, misterioso de todas veras.

Durante la última Navidad, celebré en Venecia el jubileo de la primera ejecución de una sinfonía mía, realizada hace medio siglo; esa sinfonía, escrita á los diez y nueve años por mi propia mano, se ejecutó entonces con una partitura de otra mano que la mía, por una orquesta compuesta de profesores y de alumnos del liceo San Marcello, bajo mi dirección y en celebridad del cumpleaños de mi mujer.

Insisto en el hecho de que la partitura no estaba escrita por mi mano. Enlázase con esto una historia que transporta el asunto á las regiones del misterio... Así no será conocida más que de V.

Y ante todo, permítame exponer los hechos históricos.

En la era cristiana de Leipzig (¿hay alguno de mis cónciudadanos que guarde memoria de todo esto?), lo que se llama el Gewandhaus-Concert era accesible hasta á los debutantes de mi tendencia. La admisión de obras nuevas dependía entonces de un digno anciano, el consejero áulico Rochlitz, que presidía la junta y hacía las cosas con mucha conciencia y escrupulosidad; Habiéndole sido presentada mi sinfonía, tuve que ir á ofrecerle mis respetos.

Cuando aparecí en persona, aquel hombre imponente se ajustó los anteojos y exclamó:-«¡Cómo! ¿Pero es V. un jovenzuelo? ¡ Yo me esperaba un compositor de mucha más edad, á juzgar por su gran experiencia! »- Las cosas marchaban á maravilla: la sinfonía fué aceptada; pero se expresó el deseo de que antes la interpretase la Euterpe á guisa de ensayo.

Nada más fácil: yo estaba en buenas relaciones con esa orquesta de orden inferior, que había ejecutado ya una overtura mía en la antigua Schutzenhaus, fuera de la Puerta Pedro. En aquella época, sin embargo (Navidad de 1832), esos músicos habían trasladado sus cuarteles á la Casa de los sastres, cerca de la Puerta Tomás -pormenores que pongo á disposición de nuestros traficantes en chistes baratos-. Recuerdo que nos vimos en buenos apuros con la iluminación defectuosa de la sala; pero, en fin, nos las compusimos de modo que se viese lo suficiente para degollar mi sinfonía después de un ensayo, y de un ensayo que debía servir para el programa de un concierto entero.

Por mi parte, no disfruté gran cosa con mi obra, porque me parecía que no sonaba bien. ¡ Pero ved la ventaja de tener fe! Enrique Laube, que disfrutaba entonces en Leipzig de la reputación de literato distinguido, y que era indiferente en absoluto á la manera como sonaba una obra, me había tomado bajo su protección; alabó calorosamente la sinfonía en su Gaceta del gran mundo, y ocho días después mi querida madre vió ascender mi obra desde la Casa de los sastres al Gewandhaus, donde se ejecutó una vez en circunstancias semejantes á las ya descritas. Por aquellos días recibí en Leipzig testimonios de benevolencia; gracias al ligero asombro que excitó mi obra y á la aprobación que mereció, pude encontrarme á mis anchas durante algún tiempo.

Ese buen tiempo no fué eterno, y más tarde las cosás tornaron otro giro. Me dediqué á la ópera; en el Gewandhatts comenzó algunos años después con la dirección de Mendelssohn una situación nueva menos cómoda y grata. Maravillado de los talentos del joven maestro, traté de acercarme á él durante la estancia que hice entonces en Leipzig (1834 ó 1835). En aquella ocasión no sé que singular sentimiento me indujo á presentarle ó más bien á imponerle el manuscrito de mi sinfonía, rogándole, no que lo examinara, sino simplemente que lo conservase. « Después de todo -pensé- quizá le eche la vista y me diga algo. » Nada de eso. Pasaron los años, y las vicisitudes de mi profesión me aproximaron frecuentemente á Mendelssohn; nos encontramos, comimos juntos en Leipzig una vez, leimos música: él asistió en Berlín al estreno de El Holandés errante, y opinó que no había sido un pastel completo, y que podía estar satisfecho del éxito; con motivo de una representación del Tannhauser en Dresde declaró que le agradaba mucho una entrada en forma de canon en el adagio del segundo final; pero en cuanto á la sinfonía y al manuscrito , jamás dijo una palabra; por supuesto, era lo bastante para que yo no me informase de su destino.

Pasó el tiempo. Hacía ya mucho que había dejado de existir mi célebre y discreto protector, cuando algunos amigos míos tuvieron la idea de buscar esa sinfonía. Uno de ellos conocía al hijo de Mendelssohn, y se dirigió á él como heredero del maestro; pero este y otros pasos fueron estériles: el manuscrito se había perdido, ó por lo menos no se veían rastros de él.

Al fin, un antiguo amigo me participó desde Dresde que se había encontrado allí una maleta llena de música; la había olvidado yo durante mis días azarosos. Entre esa música se descubrieron las partes de orquesta de mi sinfonía, copiadas á mis expensas por un copista de Praga. Esas partes volvieron á mi poder, y mi joven amigo Antonio Seidl se sirvió de ellas para componer una nueva partitura.

Al leer entonces esa partitura después de medio siglo, debía volver á pensar en la desaparición del manuscrito, y en los motivos de tal desaparición, probablemente los más naturales del mundo. Pero como sabía muy bien que la recuperación del manuscrito no podía tener más importancia que la de satisfacer una afectuosa costumbre doméstica, decidí dejar oír una vez más mi obra, aunque sólo en la intimidad familiar.

El proyecto acaba de cumiplirse en Venecia hace algunos días de la manera más feliz, y puedo manifestarle en algunas palabras las impresiones que entonces experimenté.

Permítame afirmar ante todo que me satisfizo mucho la interpretación de la orquesta del Liceo; ese resultado se debía sin duda al suficiente número de ensayos (cosa que se me negó en otro tiempo en Leipzig). Las dotes naturales de los músicos italianos para el acento y la expresión podrían desenvolverse excelentemente, si el gusto italiano quisiese interesarse por la música instrumental alemana.

Mi sinfonía pareció agradar de veras. A mí me interesaba bajo el punto de vista de la dirección típica seguida por todo genio musical en su camino hacia la verdadera independencia. Por lo que hace á los grandes poetas (Goëthe y Schiller, por ejemplo) sabemos que las obras de su juventud permiten prever con gran claridad el carácter dominante de toda su vida de producción: Werther, Goetz de Berlichingen, Egmont y Faustofueron escritos, o por lo menos, claramente concebidos por Goëthe al comienzo mismo de su carrera. No acontece lo propio con los músicos. ¿ Quién adivinaría en sus primeras obras al verdadero Mozart, al legítimo Beethoven, con tanta certidumbre como reconocería al Goëthe completo ó al verdadero Schiller en las pro ducciones de su juventud, que causaron una impresión universal?

No me propongo entrar en una discusión profunda sobre la diferencia extraordinaria entre el poeta, que contempla el mundo, y el músico que saca emociones de él. Séame lícito, sin embargo, establecer la siguiente distinción: la música es un arte esencialmente artificial, cuyas reglas hay que aprender, y donde no se llega al magisterio (es decir, á poder expresarse de una manera original y personal) sino aprendiendo una nueva lengua; mientras que el poeta puede expresar en su lengua materna desde el primer momento lo que hiere realmente su vista. El músico joven, después de haber batallado durante un tiempo suficiente con lo que se ha convenido en llamar la producción melódica, acaba por advertir con gran confusión suya que no ha hecho más que tartamudear las obras de sus modelos preferidos; suspira por la independencia, y su libertad data del día en que se hace perfectamente dueño de la forma. Así, el melodista anticipado se hace contrapuntista; no se cuida ya de melodías sino sólo de temas y de la manera de tratarlos; se deleita en los strettos de fuga, en la combinación de dos ó tres motivos: hace orgías de contrapunto, agota todos los artificios imaginables. Todos los progresos realizados por mi en ese sentido (aunque sin renunciar á mis grandes modelos sinfónicos, Mozart, y sobre todo Beethoven), fueron los que asombraron al excelente Rochlitz cuando descubrió que el autor de la sinfonía era un joven de diez y nueve años.

En cuanto á mí, la resurrección de esa obra precoz me hizo pensar detenidamente en los verdaderos motivos por los cuales dejé de escribir sinfonías. La audición debía sorprender á mi mujer, y yo creí que valía más quitarle de antemano toda esperanza de encontrar ninguna huella de sentimiento en mi obra; si la producción llevaba alguna marca de Ricardo Wagner, sería á lo sumo la confianza ilimitada en sí mismo, que desde aquella época le impedía dudar de nada, y lo ponía completamente al abrigo de esa mezquina humildad, cuyo omnipotente influjo no tardó en nacer y desenvolverse entre los alemanes. Fundábase esa confianza, no sólo en mi seguridad como contrapuntista (cualidad que después me fué discutida más que ninguna otra por un músico de la corte en Munich, por Strauss) sino también en una gran ventaja que llevaba á Beethoven. En efecto; aunque deteniéndome en el punto de vista de su segunda sinfonía, yo estaba entonces completamente familiarizado con la Heroica y las en do menor y la mayor, obras de que el maestro no tenía ninguna idea, ó por lo menos, no tenía sino una idea muy vaga, cuando escribió su segunda sinfonía.

A despecho de temas principales, muy apropiados para el contrapunto, pero muy poco expresivos se aplaudió mi sinfonía como obra de un joven, designación á que yo debo añadir desgraciadamente el epíteto deanticuada...

Aunque sin este motivo jamás hubiese visto la luz seguramente sin el andante de la sinfonía en do menor y sin el allegretto de la sinfonía en la mayor de Beethoven me agradaba tanto en aquella época, que con motivo de la celebridad del Año Nuevo en Magdeburgo, me serví de él para dar un adiós melancólico al año transcurrido. Permítame utilizarlo hoy para el mismo objeto, despidiéndome de V.,

Ricardo Wagner.»