Por Richard Wagner

En un panfleto que me ha sido enviado muy recientemente se citaba a una importante voz judía, cuyas palabras sonaban con este tenor:

"El mundo moderno se alzará con la victoria, teniendo en cuenta que blande armas de incomparable mayor eficacia que las del viejo mundo de la ortodoxia. El poder de la pluma se ha transformado en un poder mundial sin el concurso del cual nada sólido se puede construir en ningún ámbito; y de este poder, vosotros ortodoxos, estáis despojados. Vuestros eruditos escriben elegantemente, con gran profundidad intelectual, obligado es reconocerlo, pero lo hacen simplemente para los acólitos, mientras que poder llegar a las masas e influir sobre ellas constituye la llave maestra (shibbolet1) de nuestro tiempo. El periodismo moderno y la novela son hoy terrenos conquistados de forma total por gentes que pertenecen a lo que podríamos denominar el mundo del librepensamiento judío y cristiano. He hablado del mundo del librepensamiento judío, pues es un hecho que el judaísmo alemán trabaja de modo tan activo, dando pasos de coloso y sin aparentar muestras de fatiga en los dominios de la nueva cultura y la ciencia, que puede decirse que la Cristiandad, en buena parte, está siendo guiada por el espíritu del moderno judaísmo, sea consciente o inconscientemente. Hoy día, por ejemplo, no hay apenas un periódico o una revista que no esté directa o indirectamente controlada por judíos." 

¡Demasiado cierto resulta todo ello! No obstante, jamás hasta ahora había podido leer aseveraciones semejantes, y estoy convencido de que a nuestros conciudadanos judíos no les habrá complacido demasiado escuchar cómo se habla de estos asuntos. Pero a nosotros, luego de toparnos con expresiones tan sinceras sobre el particular, quizás nos será permitido añadir de nuestra cosecha algunas palabras igualmente francas sin miedo a que en ese mismo instante nos veamos maltratados y ridiculizados de muchas maneras e incluidos entre los odiosos perseguidores de los judíos, y silbados de forma tumultuosa con motivo de esa circunstancia. A lo mejor se nos permite incluso ayudar a nuestros suministradores de cultura, de cuyo poder mundial no haremos por el momento una cuestión, clarificando unos cuantos términos fundamentales; tales términos en absoluto los suelen ellos emplear en su sentido apropiado, y será la elucidación del modo en que deben ser utilizados adecuadamente, siempre bajo el supuesto que ellos quieran entrar en tratos honestos con nosotros, la vía que permita que sus "colosales empresas" ofrezcan resultados beneficiosos para todos.

Comencemos con la expresión "mundo moderno". Si con esto denotamos algo que va más allá de su sentido corriente, es decir el mundo de hoy o el tiempo en que vivimos, nuestros flamantes traficantes de las cosas culturales tienen que estar pensando en un mundo que jamás había existido antes: el mundo "moderno" entonces no podría guardar ningún parentesco con el de cualquier época previa, sino que estaríamos ante un mundo nuevo por entero, sin nada que ver de hecho con los mundos precedentes, y por lo tanto que ha sido conformado por los hombres de esa era de acuerdo con su propio juicio y con vistas a su mejor disfrute. En verdad, este mundo de hoy tiene que ofrecer la apariencia de ser completamente nuevo, un mundo sin precedentes, precisamente a los judíos, quienes como cuerpo nacional permanecían totalmente ajenos a nuestros esfuerzos culturales hasta hace cincuenta años; mundo este donde ellos han penetrado tan repentinamente y del que se han apropiado con fuerzas tan incrementadas. Debemos, no obstante, corregir la idea que ellos se hacen de constituir la única novedad en un mundo ya viejo; y me parece además que son demasiado sutiles para que puedan llegar a creer realmente que este caduco mundo nuestro ha rejuvenecido súbitamente con total lozanía meramente gracias a la entrada que ellos han hecho en él. A nosotros esto nos parece un error que deberían rectificar con diligencia, asumiendo siempre que ellos quieran relacionarse con nosotros en términos honorables y tengan realmente deseos de ayudarnos en nuestra decadencia, una decadencia que hasta el momento ha sido explotada por ellos y agravada en consecuencia. Permítasenos dar por cierto este hecho apodícticamente.

Considerado el asunto con todo rigor, naturalmente que nuestro mundo era nuevo para los judíos; en esta circunstancia, ellos concluyeron que, con vistas a situarse en una posición ventajosa en él, era necesario realizar un esfuerzo por apropiarse de nuestra antigua herencia. Para cumplir con ello se dedicaron, primero de todo, a hacerse con nuestra lengua, ya que nos parece algo falto de tacto y educación hacer referencia a nuestro dinero. En ninguna ocasión he podido tener la experiencia de escuchar a judíos empleando entre ellos su lengua originaria; al contrario, ha constituido una perpetua sorpresa para mí encontrar que en cualquier lugar de Europa los judíos entendían alemán, aunque ¡ay!, a la hora de hablarlo, lo hacían en una jerga fabricada por ellos mismos. Imagino que ha sido esta espuria relación - deparada por algún destino aún no explicado - con la lengua alemana, en que se echa a faltar cualquier grado de refinamiento, lo que les ha venido a obstaculizar el logro de un entendimiento adecuado del mundo alemán, solamente a partir de lo cual es factible alcanzar una adopción verdadera del mismo y conseguir con posterioridad la legitimación en su seno. Los protestantes franceses que se establecieron en Alemania después de haber sido expulsados de su patria han devenido por completo alemanes en la persona de sus descendientes; y se da el caso singular de Chamisso2, quien llegó a Alemania como un niño que sólo sabía hablar francés y creció hasta convertirse en un maestro de la lengua alemana y del pensamiento de este país. Por ello resultan desconcertantes las dificultades que parecen encontrar los judíos. Podría creerse que sus esfuerzos a la hora de abrazar plenamente este mundo ajeno aparentan ser tan atolondrados justamente porque les traiciona ese inmaduro conocimiento de nuestra lengua, es decir, se trataría de una consecuencia más de la utilización de esa jerga. Pertenece ya a otra investigación aclarar si a las características de esa falsificación del habla alemana le debemos el advenimiento de lo moderno en nuestra evolución cultural, particularmente bajo la forma del periodismo judío; por hoy me limitaré a apuntar el hecho de que nuestra lengua viene sufriendo muchos contratiempos desde hace tiempo, justo después que los brillantes instintos de nuestros grandes poetas y sabios la restauraran en su productiva individualidad, momento en que - de manera paralela al destacado proceso de desarrollo lingüístico y literario que hemos indicado más arriba - la petulancia de una improductiva serie de epígonos, consciente de serlo, echó por la borda la supuesta tediosa seriedad y profundidad de sus predecesores, autoproclamándose "modernos".

Permaneciendo a la espera de las creaciones originales de nuestros conciudadanos judíos, hemos de proclamar por tanto que lo "moderno" no es en absoluto de su invención. Ellos se lo encontraron ya como hierbajos que se habían extendido por el campo de la literatura alemana. Yo mismo fui espectador del más temprano florecimiento de tales plantas. En ese tiempo ellos se asignaban el nombre de la "Joven Alemania". Sus cultivadores comenzaron una guerra contra toda "ortodoxia" literaria, término con el que se referían al mantenimiento del respeto debido a las doctrinas literarias que habían inspirado a los grandes poetas y sabios de la anterior centuria; la tomaron con los llamados "románticos" que siguieron a éstos (no confundir con el "periodismo y novela modernos" del que aquella "importante voz judía hablaba más arriba); fueron a París, estudiaron la obra de Scribe y de E. Sue; se expresaron en un alemán chillón y desmañado; y acabaron en parte como directores teatrales y en parte como profesionales del periodismo volcado hacia un público popular3.

Ése fue un buen comienzo, y con semejante fundamento, aunque exclusivamente gracias al apoyo prestado por el poder del dinero, sin excesivos problemas y sin hacer uso ulterior de la ingenuidad, lo "moderno" podía adoptar ya el semblante de "mundo moderno", con vistas a disponerse para una segura victoria en su lucha contra el "viejo mundo de la ortodoxia".

Pero explicar qué significa lo "moderno" no es tan fácil como los modernos imaginan; mucho menos admitirían que en ello anida algo muy sombrío, muy peligroso especialmente para los alemanes. ¿Cómo podemos presuponer tal cosa, sin embargo, cuando estamos admitiendo que nuestros conciudadanos judíos tienen las mejores intenciones para con nosotros? Bajo el mismo supuesto, ¿cómo podemos concluir pues que ellos no tienen idea de lo que dicen y se dejan llevar meramente? Consideramos de poca utilidad trazar aquí la historia del concepto "moderno", un término que originalmente se acuñó en Italia dentro del terreno de las artes plásticas para distinguir las nuevas producciones de las antiguas; tenemos bastante con tener una percepción muy clara de la influencia que la "Moda" ha tenido en el desarrollo del espíritu de la nación francesa. Los franceses pueden autodenominarse "modernos" con un orgullo característico, pues ellos forjan la "Moda", y en consecuencia gobiernan por entero el mundo de la exterioridad. Si los judíos impulsaran sus "gigantescas realizaciones en común con la cristiandad liberal" hasta el punto de forjarnos de la misma manera una Moda para nosotros, ¡bien podría entonces el dios de sus padres recompensarles la merced de haber hecho de nosotros, pobres alemanes, esclavos de las maneras francesas! Hasta el momento las perspectivas son totalmente diferentes, ya que, a pesar de todo su poder, ellos no se han aproximado ni por asomo a la verdadera originalidad, especialmente en lo que se refiere a la aplicación de la fuerza que consideran con vanagloria como irresistible, el "poder de la pluma". Con plumaje extranjero uno puede adornarse a sí mismo, tal como ocurre con los exquisitos nombres bajo los cuales nuestros nuevos conciudadanos judíos se presentan ahora ellos mismos no menos para nuestro asombro como para nuestra hilaridad, mientras nosotros pobres vástagos de familias burguesas y campesinas hemos de contentarnos con un insignificante "Schmidt", "Müller", "Weber" o "Wagner" para toda la posteridad. Los nombres extranjeros no son lo importante, sin embargo, pero nuestras plumas tienen que haber crecido de nuestra propia piel si queremos algo más que cubrirnos exclusivamente; siguiendo con la metáfora, lo que escribimos debe contar con el concurso de nuestro corazón, y lograr así en consecuencia la victoria sobre el mundo entero, la cual cosa no había ocurrido nunca antes con ningún Papageno. Pero este mundo viejo, o mejor dicho este mundo alemán tiene todavía sus personalidades originales, cuyas plumas crecen aún sin la ayuda de cantáridas3'; de hecho, nuestra "importante voz" misma admite que nuestros hombres educados escriben "elegantemente, con gran profundidad intelectual", si bien es de temer que pronto abandonaran su elegante escritura bajo el contagio constante del periodismo judío, pues ya hablan y guardan silencios "que hablan por ellos mismos", de forma muy parecida a como lo hacen nuestros hombres modernos del "poder de la pluma". El "judaísmo liberal" tiene a pesar de eso una "labor de gigantes" delante suyo, antes de que todos los rasgos originales de sus conciudadanos alemanes se vean enteramente arruinados, antes de que las plumas que nos han crecido sobre la piel no empiecen a producir sino obras integradas por palabras ininteligibles, "bons mots" de expresión inauténtica y todo lo demás aparejado con ello, e incluso antes de que nuestros músicos adquieran el extraño arte de componer en ausencia de inspiración.

Es posible que la originalidad de los judíos se nos revelará entonces en el ámbito de la vida intelectual alemana, esto es cuando ya nadie entienda sus propias palabras. Entre las clases bajas, por ejemplo entre nuestros campesinos, el esmero que caracteriza al esfuerzo de gigante de nuestro judaísmo liberal ha llevado las cosas tan lejos que ni el considerado antaño más inteligente puede expresar ya una palabra razonable, que hable por ella misma, y puede uno bien creer que está ante el más puro galimatías.

Francamente, sería difícil esperar gran cosa en cuanto a ayuda para nosotros mismos de la victoria del mundo moderno de los judíos. Yo he venido a quedar en deuda con serios y talentosos individuos de ascendencia judía, quienes en el intento de aproximarse a sus conciudadanos alemanes han derrochado mucho esfuerzo para poder llegar a comprendernos por entero a nosotros alemanes, a nuestra lengua y a nuestra historia; pero éstos se han girado en contra de las conquistas del mundo moderno de sus antiguos correligionarios, y muchos de ellos han llegado a ser muy grandes amigos míos por ejemplo. Estos pocos son en todo caso excepciones entre los "Modernos", es decir entre todos aquellos de quienes los periodistas y los ensayistas esperan encontrar completa aclamación.

La realidad que pueda esconderse detrás de la expresión "ortodoxia", o sea todo aquello que la "importante voz" espera aniquilar integrando el séquito de los modernos, no es cosa fácil de descubrir: sospecho además que esta palabra, de sentido tan lato para nuestro actual mundo del intelecto, es entendida muy oscuramente y usada al azar. Si la aplicamos al judaísmo ortodoxo, la podríamos interpretar como referida a las enseñanzas del Talmud, de las cuales, dicho sea de paso, sería aconsejable que nuestros conciudadanos judíos se alejaran; puesto que, por lo que sabemos nosotros de ello, la observancia de tales enseñanzas tiene que hacer que una entrañable camaradería con nosotros les resulte extraordinariamente complicada. Pero esto no concierne para nada a ese Pueblo Alemán al que el judaísmo liberal quiere ayudar, tratándose de una clase de cuestiones que los judíos deben determinar por ellos mismos. La ortodoxia cristiana, por otro lado, no puede ser realmente un asunto que deba ocupar al judaísmo liberal, a no ser que su exceso de liberalismo les haya llevado a bautizarse en una hora de debilidad. Por lo tanto, ellos seguramente se refieren a la ortodoxia del espíritu alemán considerado en su globalidad, un conjunto de convicciones o creencias que se han manifestado como legítimas en el acopio de arte, ciencia y filosofía alemanes. Pero justamente estas creencias son también de difícil comprensión, y ciertamente no son fáciles de definir. Una parte del pueblo cree en ellas, mientras que hay otros que dudan; aun sin contar con la ayuda de los judíos, una buena parte de esas creencias es criticada y se disputa en torno a ellas, sin que a cambio se haya producido nada válido, hablando en términos muy amplios. El alemán tiene también sus aficiones y alegrías: a él le suelen alegrar los perjuicios causados a otros y ama "oscurecer lo que brilla." Y es que ciertamente no somos perfectos. Se nos debe dejar por ello que tratemos todo esto como una cuestión funesta que por hoy mejor será que permanezca sin dilucidar; igual haremos con el concepto "Popularidad", que la misma "importante voz" vindica como la "llave maestra" ("shibboleth") de nuestro tiempo. Ciertamente me gustaría pasar de largo ante todo esto, y lo haría con el más grande placer si no fuera porque la utilización de la palabra "shibboleth" me inspira particular terror: una investigación más atenta del significado de la palabra me ha enseñado, lo que en sí mismo no tiene demasiada importancia, que fue utilizada por los judíos en una cierta batalla como modo de detectar a los hombres que pertenecían a una raza de esas que ellos habitualmente se proponían extirpar: todos aquellos que pronunciaron la "Sh" sin hacer un siseo, como si fuera una s sorda, fueron masacrados. Una tan decididamente letal mot d´ordre en la lucha por la popularidad librada por los judíos de la tendencia moderna liberal puede llegar a sernos desastrosa especialmente a nosotros los alemanes, que carecemos de sonidos sibilantes semíticos.

Para una mínima elucidación del concepto "moderno" estas pocas observaciones pueden resultar suficientes. Pero para hacer las delicias de cualquier miembro de nuestra sociedad de Patronos que lea estas líneas, quisiera concluir con la jocosa rima que una vez se me ocurrió. Reza así:

Laßt klüglich alles Alte modern

wir rechten Leute sind modern

Dejad con prudencia que lo viejo enmohezca

las personas auténticas somos siempre modernas4

 

Notas:

(1) La palabra hebrea Shibboleth significaba en un principio "corriente", "flujo", "inundación" o "riada", y también "espiga". En un episodio relatado en el libro de los Jueces (12:6) del Antiguo Testamento se refiere que fue utilizado como contraseña por los habitantes de la ciudad de Galaad para distinguir a sus propios hombres de los de la tribu de Efraim, ya que éstos eran incapaces de pronunciar el sonido "sh". De ahí que adquiriera la nueva connotación en sentido figurado de clave o de palabra que sirve para dar el santo y seña.

(2) Como Adalbert von Chamisso firmaba sus obras este escritor alemán de origen francés, cuyo nombre completo era Louis Charles Adélaïde Chamisso de Boncourt (castillo de Boncourt, 1781-Berlín, 1838). Se estableció en Alemania cuando era apenas un niño en compañía de su aristocrática familia, la cual se vio obligada a huir de Francia a consecuencia de los estragos del "Terror" jacobino. En su nuevo país siguió la carrera militar y habiendo alcanzado el grado de teniente, fundó junto a Varnhagen y De La Motte-Fouqué el "Almanaque de las Musas". Su obra más célebre es la "Historia maravillosa de Peter Schlemihl" (1814), novela a la que no dudamos en adscribir al género romántico del "realismo fantástico", cuyo más conspicuo cultivador fue E.T.A. Hoffmann. El relato tiene como protagonista a un hombre que pierde su sombra, lo cual ha hecho verter mucha tinta a los hermeneutas para desentrañar la simbología propuesta por Chamisso, habiéndose ofrecido incluso posibles claves psicoanalíticas "avant la lettre". Influyó Chamisso con esta inquietante narración en Hugo von Hofmannsthal, pues la tomó como un material importante para idear y desarrollar el libreto de "La mujer sin sombra", la célebre ópera de Strauss. En calidad de poeta, la producción más señera de Chamisso son los nueve poemas de "Amor y vida de mujer", que inspiraron a Schumann su estupendo ciclo de lieder.

(3) La "Joven Alemania" consistió en un movimiento literario de la era del Antemarzo (Vormärz), previa a 1.848, integrado por personalidades como Laube, muy amigo de Wagner en sus años mozos de Leipzig, Gutzkow, Wiennbarg, Mundt y Heine, el autor más señalado, buen poeta y mejor prosista. Su mismo nombre la pone en paralelo con movimientos de otros países europeos llamados similarmente "Joven Italia", "Joven Suiza", etc; no obstante, a pesar de tener una fuerte vocación de compromiso político ejercieron mucha menos influencia sobre la vida pública de Alemania, seguramente porque las circunstancias lo impidieron. Su aparición hizo recordar el movimiento Sturm und Drang de la centuria precedente, ya que expresaban antipatías comunes en el plano social y los dos se manifestaban conscientemente como generación y hacían un valor intrínseco del concepto "juventud". Pese a todo, los hombres de la "Joven Alemania" se significaron como cosmopolitas y abjuraron del enfermizo nacionalismo del que habían hecho gala sus precursores. Esto es quizás lo que le dolía a Wagner, cada vez encerrado más en el mundo encantado del presunto "espíritu alemán", pero acierta al considerarlos mediocres, pues ninguno de ellos, a excepción de Heine, se pudo poner a la altura no de los Stürmer, también ellos muy mediocres considerados globalmente, sino de los llamados Klassiker,esto es Goethe y Schiller.

(3') La cantárida es una sustancia que se utiliza por sus funciones diúréticas y que se obtiene del escarabajo del mismo nombre (Lytta vesicatoria es su denominación científica). A este escarabajo, de de hasta 22 mm de longitud y de color verde intenso se lo conoce también como mosca de España.

(4) En el original alemán, la gracia de la rima estriba en que el adjetivo "modern", cuyo significado es "moderno" y que constituye un préstamo tomado de las lenguas románicas, se escribe igual que el verbo "modern" , de raíz netamente germánica y que se puede traducir por "enmohecer". El poema original, SSD XII, p. 382, dice así:

Laßt in den Grüften eure Ahnen modern,

wir richt'gen Kerle sind modern:

da wo der »Jetztzeit« Flammen lodern,

sind »selbstverständlich« Wir die Herrn.

 

Wir machen leider zwar

nicht selbst die Mode,

allein wir machen sie doch mit.

 

Was jeder Zeit und immer da gewesen,

ist keines Schusses Pulver werth:

wir fegen es mit tücht'gen Modebesen

zum alten Plunder unter'm Heerd.

Dejad que vuestras ideas se herrumben en la tumba,

nosotros, los muchachos auténticos, somos modernos:

donde sea que lo actual arda en llamas

nosotros somos sin lugar a dudas los señores.

 

Cierto es que por desgracia nosotros mismos no

hacemos la Moda,

solamente la seguimos.

 

Todo aquello que ha sido producido en el pasado

no es digno de un disparo de pólvora:

arramblemos mediante hábiles escobas a la moda

con los viejos trastos al sótano.

(Bayreuth 1874)

 

FUENTE:

Publicado en: "Bayreuther Blätter", marzo 1878

Tradución y notas de Abel Alamillo para Archivo Richard Wagner


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