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Preámbulo para el año 1880

Navidad de 1879. Wagneriana, nº3. 1982
Preámbulo para el año 1880
Por Richard Wagner

 

    A decir verdad, yo debería presentarme con alguna dificultad a mis amigos, al principio de este nuevo año. Muchos de entre ellos podrían acusarme de haber retardado un nuevo “Festspiel” en Bayreuth; pero, no hay más que un pequeño número de personas que, retirándose,  son  reconocidas abiertamente engañadas.

    El elemento serio de nuestra asociación se ha, en todo caso, aprovechado de esta determinación provocada por unos atrasos necesarios. Nosotros no sabríamos dudar en lo sucesivo de los sentimientos de los nuevos partidarios, y su número no es restringido. Creo pues no dirigirme hoy más que a las personas animadas con el mismo espíritu, y estaría así libre de la dificultad que me acarreó la obligación de haber entrado en largos detalles explicativos. Puestos entonces de acuerdo para no organizar más nuevos “Festspiel” antes que las reuniones periódicas de esos festivales no fuesen asegurados en general, nosotros no tenemos más, afortunadamente, que fijar nuestros ojos sobre nuestros objetivos superiores: y para darnos perfectamente cuenta, nos será necesario tanto tiempo como sea posible para encontrar los medios.

    Nada, en efecto, no parece ser más extraño a las preocupaciones públicas de hoy que la creación de una institución artística donde no solamente la utilidad, sino la significación íntegra no están comprimidas más que por un muy pequeño número. Ciertamente, no creo que haga falta explicarme claramente sobre estos dos puntos; pero, ¿quién ha puesto atención?. Un miembro influyente del Reichstag alemán me ha asegurado que ni él ni ninguno de sus compañeros no tenían ni la menor idea de lo que yo quería. Yo no puedo por tanto no dirigirme, con el beneplácito de mis ideas, más que a unas gentes o bien que ignoran todo sobre nuestro arte, o que se relegan por ejemplo en la política, el comercio y los negocios; pues, aquí, una claridad puede hacerse en un cerebro honesto; creo no obstante que buscaría en vano ese cerebro entre los que se interesan en nuestro arte actual. Entonces, se sostiene con obstinación que el arte es un oficio que debe educar su hombre, o su mujer; el intendente del Teatro real, el de más alta colocación, no se atreve a inmiscuirse en estos asuntos que se regulan a través del Código de Comercio. Entonces, se parte de la opinión de Fray Diávobo:”Viva el arte, y vivan sobre todo los artistas femeninos” y se hace venir a la Patti.

    Reconocemos que nuestro más grande enemigo es nuestro arte, y que vale más, a fin de cuentas, dirigirnos a nuestros políticos y a los administradores (encargados) en general de las cosas de la cultura; portanto, no es necesario descuidarse, es verdad, de dar vueltas penosas para poner la mano encima. Yo temo que estas (vueltas) no nos alejen demasiado y que no nos cuesten mucho tiempo. No hay más que pensar que en la abundancia de los millares de millones del Imperio Alemán; mientras que, incluso para nuevas victorias, nosotros no tendríamos más fondos a nuestra disposición, (lo tendríamos) tanto menos para los asuntos de educación, ya que no podemos incluso ni pagar suficientemente a los instructores, bien que se haya encontrado recientemente que el pueblo tenía gran necesidad para preservarse de las ideas subversivas. Cuando se encuentra a los obreros muertos de frío en las calles, es verdad que no debería incluso ser cuestión de ese arte, que, además, se encuentra muy gustoso entre nosotros, gracias a unos buenos honorarios, y aún menos del arte al cual nosotros pensamos, y que no reporta más que deudas. Pero, a pesar del hambre, la miseria y la angustia, se pintan siempre muchos cuadros, y se imprimen una cantidad increíble de libros; también el combustible no parece faltar, pero solamente no está puesto allí donde debería estar, a lo largo de las paredesde los apartamentos y sobre las estanterías de las bibliotecas.

    Que ”haya  alguna cosa podrida en el reino de Dinamarca”, esto es muy cierto en sí; sin embargo, yo encuentro que, en esta constatación, el lugar está cogido en un sentido demasiado restringido.

    La comida corrompida que nosotros abandonamos causa la triquina a nuestros cerdos alemanes, y de allí concluye un triste estado de cosas en nosotros mismos; luego probablemente nuestro público (alemán) tendrá recursos, para preservarse, del embutido de guisante del soldado. Se dice que nuestro campesino, que se ha empeñado en manos del Judío, él, y su campo y sus instrumentos de trabajo, no logra procurarse una alimentación sana y un semblante pasable hasta después de su entrada en el servicio militar; nosotros haremos quizás entrar en el ejército, cuerpos y bienes, con mujer y niños, arte y ciencia, y otras cosas imaginables; así salvaremos nosotros quizás alguna cosa de las manos del Judío al cual hemos ya abandonado nuestro trigo en hierba.

    Todo bien considerado, el momento me parecería mal elegido por mis amigos si ellos quisiesen pedir hoy alguna cosa al “Imperio” para la obra de Bayreuth. A lo más habría lugar para pedir si se podría jamás esperar ver ese momento favorable. Hay mucha gente, ciertamente, que estiman que las calamidades presentes no son más que transitorias, algunos incluso las niegan simplemente; pues, dicen, el hambre y la miseria existirán siempre; pero tener siempre un nuevo coraje para (hacer) buenos negocios, he aquí que se mostraría con una fuerza invencible; sería necesario contentarse y no mirar del todo (el hambre y la miseria) como cosas infamantes.

    El comercio del libro, al cual ya hemos hecho alusión, parece querer afirmarnos que jamás los alemanes no han impreso tantos libros, tan bellos, tan elegantes, sobre tan bellos papeles, y adornados de grabados tan magníficos; se han hecho para todas las clases del público: los pequeños Judíos, ellos mismos reciben su pequeño regalo de Navidad adornado de máximas edificantes (sacadas) del Talmud, y se le hace regalo a los Nihilistas de todo género de parias filológicos de a seis marcos la pieza. No hay más que los muertos de hambre y de frío que son todavía obligados aquí. Se me ha pedido incluso hacer un arreglo para piano del “Parsifal” para la Navidad de mis amigos. Yo me negué; -que mis amigos no lo tomen a mal. Pero, antes de dar mi última obra al publico, quiero tener una vez más aún esperanza,- lo que me es imposible por el momento. Yo no quiero forzar aquí a nadie a hacerme esperar como se podría llegar, sino acaso por el descubrimiento de “Peabody” (l) en venir. Se oye alguna vez hablar de los legados enormes de ese bienhechor de la humanidad; pero de sus buenas acciones, no se oye jamás decir nada. Si, hoy, un nuevo Cresus americano, o un Crasso mesopotámico, me legase unos millones, es evidente que se pondrían bajo la curatela del Imperio, y que no se tardaría nada en bailar un baile sobre mi tumba.

    Sin embargo, un espíritu nuevo renacería en mí si no me apercibiese de lo que he visto en el prójimo. Este espíritu no viene de fuera. Los hombres de ciencia se imaginan el daño que Copérnico ha producido en la antigua fe en la Iglesia con su sistema planetario, porque él lo ha elevado a la morada celeste del buen Dios. Nosotros podemos ver, al contrario, que la Iglesia no se ha encontrado turbada por ested descubrimiento; para ella y para todos los fieles, Dios habita siempre en el cielo, o bien, -como lo canta Schiller-, “encima de la bóveda estrellada”. El Dios en el corazón del hombre, de quien nuestros grandes místicos tenían una tan firme conciencia, ellos que querían explicar toda cosa, ese Dios, que no tenía necesidad de una morada celeste demostrable científicamente, ha dado mucho hilo que retorcer a los sacerdotes. Para nosotros, alemanes, se ha convertido en nuestro bien propio; pero nuestros profesores le han hecho una gran injusticia: ellos disecan unos perros, en presente, para hacernoslos ver en la médula espinal, y se puede suponer que ellos encuentran a lo más el diablo, que, de algún modo, les ha cogido del cuello. Sin embargo, ese Dios extraño, inaccesible, ha engendrado muchas cosas en nosotros, y mientras que iba a desaparecer para nosotros, él nos ha dejado la ”música”, como un recuerdo eterno de él. El nos ha enseñado, a nosotros pobres Cimmerianos, a edificar, a pintar y hacer poemas; pero de todo esto el diablo ha hecho un comercio de librería, y nos han hecho unos regalos de Navidad.

    Pero no es necesario que trate de la misma música nuestra, pues ella es todavía el Dios viviente en nuestro corazón. Es por lo que nosotros la protejemos y la guardamos de las manos profanas. No es necesario que ella se vuelva para nosotros “literatura”; pues, en ella, nosotros queremos concebir unas esperanzas de vida.

    Es una cosa singular, divina incluso, más que la música alemana. Ella hace de sus iniciados unos mártires, y enseña por ellos a todos los paganos. ¿Pero qué es ella para todos los otros pueblos civilizados, desde la decadencia de la Iglesia, sino un acompañamiento a la virtuosidad del canto o de la danza?.

    No estamos más que nosotros que conocíamos la “música” en tanto como MÚSICA, y por ella nosotros volvemos posibles todos los renacimientos; pero esto, (nosotros no lo obtenemos) más que en la venerante como ( una cosa) sagrada. Pero si nosotros perdíamos el sentimiento de lo que hay de verdadero en este arte único, nosotros habríamos perdido nuestra última calidad original. Que mis amigos no estén pues tumbados si nosotros tratamos sin ningún miramiento todo lo que consideramos como artificial en el dominio de la música.

    A decir verdad, esto no es para nosotros un leve dolor el ver la decadencia de nuestra música consumirse sin que se le preste atención: pues nuestra última religión se resuelve en hipocresía. Que los pintores y poetas continúen pululando; al menos ellos no causan turbación, desde el instante en que no se les mira o no se les lee; pero la música, -¿quién puede taparse las orejas cuando ella nos golpea, a través de los muros más espesos? ¿Dónde y cuándo no se hace música en la propia casa? ¡Anunciad el fin del mundo, y esa será entonces la ocasión para organizar un concierto! A los vecinos de los laboratorios de fisiología, que se querellan de no poder soportar los aullidos lamentables de los perros torturados, los vivisectores han respondido que el vecindario de un Conservatorio sería menos soportable. Se ha dicho que en Stuttgart, más de seiscientos maestros de piano enseñan cada día; esto hace seis mil lecciones de piano en casas particulares. ¡No hablemos de asociaciones de conciertos, de los “Musikademien”, de las sociedades de oratorios, de las veladas y de los conciertos diurnos de música de cámara! ¿Quién pues compone para todos estos conventículos musicales, y “cómo” es posible componer para ellos? Nosotros lo vemos así: esta música no comunica una palabra sincera. ¡Y nosotros, que lo escuchamos nos extinguimos en la última luz que el Dios alemán hace todavía brillar en nosotros para permitirnos encontrarla!.

    Un día, en un banquete en mi honor, en Leipzig, yo daba consejo a mis amables auditores de practicar sobre todo la “abstinencia”, a fin de fijar las nobles resoluciones Yo repetiría este consejo hoy. Los objetos sagrados no se ofrecen más que para una necesidad noble; nada no puede ser más provechoso en una bella acción que la fuerza del deseo que se tiene. Nosotros, alemanes, tenemos, gracias a nuestra música, el poder de ejercer en lo venidero una acción sublime, pero es necesario que este poder sea bastante fuerte para encender la antorcha con la luz de la cual nosotros reconocemos más de una salida de la miseria que nos oprime hoy por todas partes.

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(1)   Jorge Peabody, filántropo americano (179l-1869). NT.