Por Richard Wagner

 

Un joven amigo (1) , altamente apreciado, desea conocer por mi propio testimonio si mis puntos de vista sobre el Estado y la Religión han cambiado, y en qué manera lo habrían hecho entonces, desde la redacción entre los años 1849 y 1851de mis escritos sobre teoría del arte.

Como hace unos cuantos años, a instancias de un amigo francés, fui persuadido para revisar mis opiniones sobre música y poesía, reuniéndolas en una apretada sinopsis (que adoptó la forma de un prefacio a la traducción en prosa al francés de algunos de mis poemas dramáticos) (2) , igualmente podía no serme del todo ingrato clarificar y resumir mis pensamientos una vez más, si bien no de forma tan precisa, en esta ocasión sobre aquella vertiente de la realidad de la que todo el mundo se considera con derecho a emitir su opinión, pese a que una definitiva articulación de las ideas de una persona sobre este particular deviene más difícil conforme pasan los años y se acumulan las experiencias. Aquí vuelven a mostrarse acertadas las palabras de Schiller: "ernst ist das Leben, heiter ist die Kunst” (“seria es la vida, alegre es el arte”).

De mí podría decirse sin embargo, ya que me tomo el arte tan particularmente en serio, que debería ser capaz sin mucha dificultad de encontrar el modo más adecuado de enjuiciar la vida. En verdad creo que la mejor manera de informar con acierto a mi joven amigo de lo que pienso, consistirá en llamarle la atención antes de nada en cuán seria es mi concepción del arte; pues fue justamente esta seriedad la razón última que me obligó una vez a penetrar en las regiones aparentemente tan distantes del Estado y la Religión. Aquello que buscaba allí, tenía que ver siempre con mi arte, ese arte que yo concibo tan seriamente, para el cual ambicionaba una base y una promoción en la vida real, en el Estado y finalmente en la Religión. Como tal base no la podía encontrar en la vida moderna, me vi forzado a buscar la causa de ello fuera de mi propio terreno, intentando comprender claramente cuál era el propósito del Estado y así elucidar las razones del rechazo con el que veía que eran recibidos mis profundos ideales artísticos por todos lados en la vida pública.

Pero fue ciertamente característico de mi investigación que nunca me permitiera a mí mismo descender hasta el terreno de la Política real, es decir de la Política del momento, y cómo, a despecho de las conmociones de esos tiempos, todo ello me siguió permaneciendo extraño. De lo cual se desprende que jamás imaginé que esta o aquella forma de gobierno, la llegada al poder de este o aquel otro partido, esta o tal otra alteración en el funcionamiento de nuestro mecanismo estatal pudiera proporcionar un verdadero apoyo de cualquier tipo a mi ideal artístico; en consecuencia, cualquiera que haya leído mis escritos sobre arte tiene que haberme incluido con todo derecho en el número de los hombres poco prácticos, pero si alguien me ha asignado el papel de un político revolucionario, formando parte realmente de las listas de los tales, manifiestamente no me conoce en absoluto, y me ha juzgado por el aspecto exterior de la situación, cosa que puede llegar a engañar a un oficial de policía pero nunca a un estadista. Aunque puede ser también que la confusión en torno a la naturaleza de mis esfuerzos haya devenido más enmarañada en parte por mi culpa: a pesar de tener una concepción tan inhabitualmente seria del arte, tomo la vida misma demasiado ligeramente; e igual que esto se ha llegado a cobrar su venganza en mi personal destino, ha hecho también que muy pronto mis puntos de vista hayan tomado otros derroteros. Bien pudiera decirse que he llegado a una conclusión opuesta a la que se deduce del apotegma de Schiller, y deseo en cambio ver implantado mi serio arte en el seno de una alegre vida; para ello el mundo griego, tal como es nuestra comprensión del mismo, ha de servir de modelo.

En cuanto a todas las disposiciones que concebí en la teoría para que la obra de arte pudiera penetrar en la vida social, es evidente que me las representé formando parte de un conjunto de distracciones de una vida que, a la postre, era pensada como una ocupación agradable y no una fatigosa labor. En consecuencia, los movimientos políticos de la época no atrajeron en sí mismos una madura atención por mi parte hasta que ellos empezaron a ocuparse de la esfera puramente social, y por lo tanto parecían ya ofrecer perspectivas para la realización de mis premisas ideales, unas perspectivas que, lo reconozco, ocuparon mis pensamientos más serios. Mi orientación después de ello se encaminaba hacia una organización de la vida colectiva, como así también de la vida doméstica, que debía conducir a la especie humana hacia una bella conformación. Las anticipaciones de los nuevos socialistas perdieron por eso mi simpatía desde el momento en que parecieron desembocar ante todo en sistemas que tomaban el repelente aspecto de una organización de la sociedad sin otro propósito que un reparto equitativo del trabajo. Sin embargo, aun compartiendo el horror que estas actitudes provocaban en las personas de formación estética, una observación más detenida de las condiciones sociales propuestas me hizo creer que había detectado algo muy diferente de lo que a los socialistas mismos se les representaba en su imaginación. Me pareció entender que si lo dividíamos entre todos, el trabajo actual, con sus deterioradoras cargas y fatigas, caminaría indudablemente hacia su superación, y en su lugar sólo permanecería una ocupación asumiendo de suyo necesariamente un carácter artístico. Los indicios para determinar la naturaleza de esta ocupación, sustituta del actual trabajo, me los proporcionaba entre otras actividades la agricultura; a ésta, cuando es llevada a cabo por todos los miembros de la comunidad, la concibo por un lado desarrollándose en dirección a una jardinería de tipo más productivo, y por el otro hacia labores estacionales ejecutadas comunitariamente, todo lo cual, considerado de forma más precisa, tomaría la índole de ejercicios vigorizantes, y tendría lugar en forma de diversión o fiesta. Mientras buscaba representarme todas las consecuencias cívicas y estamentales de esta transformación de un trabajo unidimensional en una más universal ocupación, fui consciente por otra parte de que no estaba meditando sobre cuestiones nuevas e inéditas, sino que iba en pos de problemas similares a aquellos que ya habían ocupado tan seriamente a nuestros grandes poetas mismos, como podemos observar en Los años de peregrinaje de Wilhelm Meister (3) . Yo también estaba por consiguiente dibujando mentalmente un mundo para mí mismo posible, el cual, debido a la pureza con que lo imaginaba, se hallaba más allá de la realidad propia de los políticos de todas las tendencias que me rodeaban, por lo que me dije que mi mundo solamente se encarnaría en el momento en que el mundo presente pereciera; o expresado con otras palabras, cuando los socialistas y los políticos hubieran finalizado su tarea, instante en que nosotros, los artistas, comenzaríamos la nuestra. No negaré que este punto de vista elevó mi estado de ánimo: las relaciones políticas que a comienzos de la ya venerable década de los cincuenta mantuvieron a todo el mundo en un estado de tensión nerviosa, en mí despertaron ciertos sentimientos placenteros que con todo derecho debían precisamente hacerme sospechoso ante los políticos pragmáticos.

Cuando hago una consideración retrospectiva, creo que puedo permitirme hablar libremente de que el desencanto frente a lo ya señalado, una especie de salida de algo muy parecido a una intoxicación espiritual, me llevó a tomar en solitario y el primero unos derroteros que luego han seguido los políticos europeos. Es propio del poeta anticipar mediante su intuición interior de la esencia del Mundo lo que después elaborará el conocimiento consciente de tipo abstracto: precisamente en ese tiempo yo había ya esbozado, y finalmente completado, el poema de mi Anillo del Nibelungo. Con su concepción yo ya había inconscientemente encontrado una respuesta respecto a cuál es la verdad de los asuntos humanos. En el poema todo deviene más y más trágico, hasta que la Voluntad, que de buena gana configuraría el mundo de acuerdo con sus deseos, no puede finalmente anhelar otra satisfacción que aniquilarse en un digno ocaso. Fue la época en que volví a ocuparme de mis proyectos artísticos de manera completa, y así, admitiendo la seriedad de la vida con todo mi corazón, me retiré allí donde pudiera reinar en exclusiva la alegría.

Estoy seguro que mi joven amigo no esperará de mí que le proporcione una auténtica exposición de mis puntos de vista últimos sobre la Política y el Estado: bajo ninguna circunstancia podrían tener éstos importancia práctica alguna, y de hecho expresarían exclusivamente la medida de mi horror a relacionarme profesionalmente con asuntos de esta clase. Se puede pensar que más bien estará deseoso de saber de qué manera en la cabeza de un hombre como yo, preparado para no ser otra cosa que un artista, han podido afectar asuntos tan extraños a su persona, después de haber vivido tanto y haber tenido experiencias tan variadas. Para que lo que acabo de expresar no tome el sentido de un menosprecio, debería añadir en seguida que cualquier cosa que yo pueda haber declarado es solamente el testimonio de que he llegado a una completa apreciación de la grande y terrible seriedad de la cuestión. El artista puede decir también de sí mismo: “Mi reino no es de este mundo”; y, quizás sea yo entre los artistas contemporáneos quien con más justicia pueda manifestarlo, precisamente a causa de la seriedad con la que yo concibo mi arte. La dificultad es justamente ésta: que nosotros, los artistas, habitamos a la vez en un reino extraño al mundo y en este mundo tan serio y lleno de preocupaciones; en cambio vosotros parecéis fijaros únicamente en la diversión más pasajera, mientras la necesidad de una elevación más seria os viene resultando extraña.

Seria es la vida, y lo ha sido desde siempre.

Quien desee clarificar todas estas cuestiones, habrá de tomar en consideración cómo en todas las épocas y adoptando siempre contornos nuevos, pero los cuales no dejan de repetir formas fundamentales, la Vida y el Mundo han inducido a los grandes corazones y a las mentes de amplios horizontes a buscar la posibilidad de su perfeccionamiento; y también cómo precisamente los más nobles, aquellos que se preocuparon sólo del bienestar de los demás y ofrendaron voluntariamente con este objeto el suyo propio, han sido los que han tenido una influencia más pequeña en la conformación duradera de los asuntos humanos. De la total infructuosidad de tales sublimes esfuerzos deberíamos extraer la clara lección que los perfeccionadores del mundo fueron víctimas de un error fundamental, pues le demandaron al mundo lo que éste no estaba en condiciones de dar. Aunque se nos representaran como posibles muchas formas de organizar de modo más eficiente los asuntos humanos, las dichas experiencias nos evidencian sin embargo que los medios y los caminos para alcanzar esto no son nunca correctamente determinados con antelación por el pensador individual; por lo menos, nunca de una manera que permita llevar con éxito ese conocimiento a las masas. Sometiendo este hecho a un escrutinio más cuidadoso, descubrimos finalmente con estupefacción la increíble pequeñez y debilidad del intelecto humano común, pero lo que nos acaba causando un asombro embarazoso es que esto a la postre pueda realmente sorprendernos; y es que un acertado entendimiento del mundo nos debiera haber enseñado desde el principio que la ceguera es la esencia auténtica del mundo, y que ningún acto de conocimiento está en el origen de sus movimientos, sino un impulso completamente irracional, un ímpetu ciego de potencia y violencia sin igual, que se procura sólo la suficiente lucidez y ciencia para acallar la presión momentánea de la necesidad experimentada. Reconocemos ahora que nada ocurre realmente que no provenga de esta Voluntad invisible, de esta Voluntad que responde meramente a la necesidad transitoriamente experimentada; y en consecuencia, los políticos de cualquier época que han conseguido éxitos prácticos son aquellos que han tenido en cuenta exclusivamente a la necesidad efímera negligiendo las necesidades remotas, todas esas necesidades que todavía no son percibidas hoy, y que por esa razón no pueden apelar a la conciencia de la masa de la humanidad, con lo que es imposible contar con su asistencia para llevarlos a cabo.

Observamos además que aconteceres personales y colectivos, aun no influyendo duraderamente sobre la conformación exterior del mundo, aportan al hombre violento y apasionado, bajo favorables circunstancias, las vías más rápidas de encontrar satisfacción para los que son los más elementales impulsos humanos, como por ejemplo la codicia y la sed de placeres. Al miedo que causa la violencia desatada de este modo, al igual que a un conocimiento fundamental de la naturaleza humana obtenido como consecuencia, le debemos el Estado. En él viene a manifestarse la necesidad de establecer el mínimo de concordia soportable entre la miríada de individualidades ciegas y codiciosas en las que se divide la Voluntad humana. Se trata de un contrato con el cual los mismos individuos buscan protegerse de la violencia de unos contra otros mediante la práctica común de la autolimitación. De la misma manera que en las religiones naturales una porción de los frutos del campo o los despojos de la caza es ofrecido a los dioses, para asegurarse el derecho a disfrutar del resto, el individuo ofrece al Estado la parte de su egoísmo que parezca necesaria para asegurar la satisfacción del resto mayor.

Aquí funciona la tendencia natural del individuo por obtener el mayor grado de seguridad posible en recompensa por el más pequeño sacrificio necesario; pero en favor de esta tendencia es necesaria cierta igualdad entre las comunidades de intereses, las cuales, integradas por individuos de iguales derechos, dan lugar posteriormente a los partidos: con los grandes propietarios esforzándose por la conservación del estado de cosas, y los menos favorecidos trabajando para su alteración. Pero incluso el partido del cambio no desea otra cosa sino arribar a una situación en que no sean necesarios cambios ulteriores; así que el objetivo prioritario del Estado es quedar establecido sobre la voluntad de aquéllos, del primero al último, cuyo provecho descansa en la permanencia.

La estabilidad es por lo tanto la tendencia intrínseca del Estado; y con todo derecho, ya que esto constituye el designio inconsciente de cualquier esfuerzo humano superior conducente a elevarnos por encima de las necesidades primarias; o lo que es lo mismo, de cualquier desarrollo más libre de las inclinaciones espirituales, que quedan siempre constreñidas cuando determinados obstáculos impiden la satisfacción de esas primeras necesidades básicas. Todo el mundo promueve por naturaleza la estabilidad, el mantenimiento de la paz; pero éstas quedarán salvaguardadas solamente cuando la conservación de la situación presente no sea el preponderante interés de un único partido. Consiguientemente, el verdadero interés de todos los partidos, y por supuesto del Estado mismo, descansa en que no se deje a un solo partido el interés por la conservación. Se debe obtener así la posibilidad de ir constantemente mitigando el daño sufrido por los intereses de los partidos menos favorecidos: cuanto más a la vista queden siempre la mayoría de las necesidades más acuciantes, más fáciles de comprender por ellas mismas serán y más fácilmente y con mayor tranquilidad podrá procurarse su satisfacción. Leyes generales al cuidado de esta posibilidad, que será así encauzada, mientras se toleran alteraciones mínimas, todo ello coadyuvará al mantenimiento de la estabilidad; y esa Ley que tiene en cuenta la posibilidad de un remedio contante para las necesidades más urgentes, encerrando asimismo la más fuerte garantía de estabilidad, debe ser en consecuencia la más perfecta Ley del Estado.

La garantía encarnada de esta Ley fundamental es la Monarquía. No hay Estado en que las leyes tengan más fuerza que en el que hace descansar su estabilidad en el poder supremo hereditario de una Familia singular, sin contacto ni mezcla con todos los otros linajes. No ha habido todavía una constitución estatal en la que, después de la ruina de tales Familias y la abrogación del poder real, no haya sido necesario reconstruir a través de sustitutivos de todas clases, en muchos casos con urgencia, un poder de similar naturaleza. Por eso, como ha sido establecido que el más esencial principio del Estado reside en garantizar la estabilidad, puede decirse que en la persona del Rey el Estado alcanza su auténtico ideal.

Si por un lado el Rey asegura la estabilidad del Estado, por el otro sus intereses más elevados se ciernen por encima del Estado mismo. Personalmente él no tiene nada en común con los intereses de los partidos, sino que su sola preocupación es equilibrar el conflicto de esos intereses, precisamente en aras de la defensa del conjunto. Su deber más importante es en consecuencia realizar la Justicia, y donde ésta sea imposible, ejercitar la Gracia. Así pues, teniendo enfrente los intereses de los partidos, él es el representante de los intereses puramente humanos, y es normal que a los ojos del hombre prisionero de los intereses de partido ocupe en realidad una posición casi sobrehumana. Hacia su persona se dirige una reverencia como la que el ciudadano más encumbrado del Estado no podría soñar de demandar para él mismo; y, aquí, en este pináculo del Estado donde observamos realizado su ideal, nos encontramos con ese lado de la humana forma de ver las cosas que, distinta de la facultad de reconocer las necesidades más primarias, llamaremos el poder de la Ilusión (Wahn (4)). Todos aquellos cuyos simples poderes de cognición no se extienden más allá de lo concerniente a las necesidades primarias, y éstos integran generalmente la porción más grande de la humanidad, son incapaces de reconocer el significado de una prerrogativa regia que en su ejercicio no tiene relación directa con las necesidades fundamentales, y mucho menos de la necesidad de procurarse el sustento, por lo que jamás estarían dispuestos a ofrendar al Rey los servicios supremos, llegando a sacrificar bienes y vida, si no viniera a ayudar aquí una forma de percepción de la realidad por entero opuesta al conocimiento ordinario. Esta forma de aprehensión es la Ilusión.

Antes de intentar hacernos más inteligible la naturaleza de la Ilusión a partir de sus mecanismos más enigmáticos, fijémonos por un momento para su esclarecimiento en la sugestiva y poco común iluminación que del tema proporciona un excepcionalmente profundo y agudo pensador del inmediato pasado (5) , en base al fenómeno en sí mismo difícil de desentrañar del instinto animal La medida sorprendente de intencionalidad que tiene el comportamiento de los insectos, entre los cuales las abejas y las hormigas son los que más a mano están para efectuar observaciones generales, es inexplicable si nos los queremos explicar a la manera de la intencionalidad de comportamientos parecidos y comunes entre los hombres; podríamos decir entonces que resulta totalmente imposible suponer que estos patrones de conducta están determinados, como ocurre en el caso de los hombres, por un conocimiento real, residente en cada individuo, de su intencionalidad, ni tampoco por supuesto en la capacidad de determinar sus designios. Para explicar lo extraordinario de un celo que puede llevar al autosacrificio, como también de los ingeniosos modos en que tales animales, por ejemplo, cuidan de sus huevos, de cuyo propósito y futura función no pueden ser en absoluto conscientes partiendo de la propia experiencia y observación, nuestro filósofo infiere la existencia de una Ilusión que finge para los escasos poderes de discernimiento intelectuales del insecto individual una finalidad que supuestamente debe proporcionarle una satisfacción a una necesidad propia suya, mientras que en realidad esa finalidad no tiene nada que ver con el individuo sino con la especie. El egoísmo individual es de esa forma asumido y reorientado para que su poder invencible beneficie únicamente a la conservación de la especie, a las generaciones futuras, y ciertamente a costa de los individuos de vida transitoria, quienes nunca consumarían con fatiga y autosacrificio la misión que les encomienda la especie si no estuvieran guiados por esa Ilusión que les hace creer que están sirviendo a una finalidad propia. Esa imaginada finalidad propia debe parecerle más importante al individuo, y la triunfante satisfacción cosechada por su consecución más potente y completa, que los designios más puramente individuales y cotidianos como por ejemplo saciar el hambre y todo lo demás, porque, como podemos ver, a la postre es sacrificado con la mayor solicitud en beneficio de la especie. Nuestro filósofo considera que el agente y autor de esta Ilusión es el Espíritu de la raza mismo, el cual como todopoderosa Voluntad de vivir suplanta a las limitadas facultades de percepción del individuo, pues sin su intervención el individuo, en su mezquino y egoísta cuidado de sí mismo, sacrificaría a la especie voluntariamente y con gusto en beneficio de su continuidad personal.

Hemos tenido éxito trayendo la índole de esa Ilusión por cualquier medio a nuestra propia conciencia interior para así obtener también una clave correcta con la que interpretar las enigmáticas relaciones del individuo con las especies. Quizás esto nos facilitaría el tránsito por el camino que nos lleva al Estado. Pero por ahora aplicaremos los resultados obtenidos en nuestra investigación sobre el instinto animal a lo que es ciertamente igual, en tanto que se trata de factores no determinados por ninguna instancia, pero que siempre crean de suyo instituciones organizadas con una elevada medida de intencionalidad, suministrándonos la posibilidad inmediata de definir la Ilusión en términos de experiencia general.

En la vida política esta Ilusión se manifiesta en forma de Patriotismo. En calidad de tal incita al ciudadano a ofrendar su bienestar propio, no sólo en lo que tiene que ver con su seguridad sino con todo el resto de su persona, como también los esfuerzos partidarios, llegando al punto de ofrendar su vida misma, y todo en beneficio de la perpetuación del Estado. La Ilusión consigue que cualquier violenta transformación del Estado le afecte al patriota de forma totalmente individual, hasta el punto de llevarle a creer que él no podría sobrevivir, y dominándole de tal manera que sus esfuerzos se dirigen a enfrentar los peligros que amenazan al Estado como si éstos fueran peligros sufridos por su persona, por lo que se aplica con el mayor ahínco a su prevención; mientras por el contrario el traidor, y asimismo el realista mezquino, encuentra bastante fácil probarse que incluso entrando en juego los peligros que hacen temer a todo el mundo, su prosperidad particular puede continuar tan floreciente como con anterioridad.

El despojamiento efectivo del egoísmo que se cumple en la acción patriótica, es sin embargo tan violento como fatigoso, tanto que no es posible mantenerlo por largo tiempo; además la Ilusión que urge de esa manera, está todavía tan fuertemente mezclada con una representación egoísta de la realidad, que el retorno a la más sobria y puramente egoísta disposición que impera cotidianamente, ocurre en general con remarcable rapidez, y es este más común modo de encarar la existencia el que acaba de llenar la extensión real de la vida. Por esta razón el entusiasmo patriótico requiere un símbolo duradero, en el cual pueda fijar su vista la disposición dominante durante la generalidad del tiempo, para que así en casos de necesidad llegue a recobrar rápidamente animada fuerza; se trata de algo semejante al estandarte de guerra que guía a la tropa en la batalla, que luego ondea pacíficamente sobre la ciudad desde la torre como signo protector y que finalmente sirve de punto de reunión para todos cuando se avecinan nuevos peligros. Este símbolo es el Rey; en Él el ciudadano honra inconscientemente al representante visible, a la encarnación viva de esa Ilusión que, conduciéndole más allá de las formas de representación comunes sobre la naturaleza de las cosas, le inspira y ennoblece hasta el punto de permitirle mostrarse como un patriota.

Resumiendo, aquello que se encuentra en la base del Patriotismo, que es esa forma de la Ilusión suficiente para la preservación del Estado, no sería jamás inteligible para el ciudadano del Estado como tal sin que se le hiciera patente esa idea propiamente a través del Rey o de aquellos que son capaces de hacer del interés de los otros el suyo propio. Solamente mirando hacia abajo desde la altura de la posición real pueden llegar a ser conocidos los todavía mezquinos ropajes con que la Ilusión se viste a sí misma para conseguir su objetivo más inmediato, la conservación de la especie, en el caso de un miembro del Estado. Por mucho que el Patriotismo pueda hacer más visibles y comprensibles para el ciudadano los intereses del estado, le dejará aún ciego para el interés de la Humanidad considerada en general, ya que su fuerza más efectiva es gastada en intensificar con ahínco la ceguera que muy a menudo fractura el común tráfico vital entre hombre y hombre. El patriota se subordina al Estado con la finalidad de elevarlo por encima de los otros Estados, y así en cierto modo cree ver recompensado con fuertes intereses su sacrificio personal merced a la pujanza y grandeza de su Patria. Injusticia y violencia contra otros Estados y Pueblos han sido desde siempre la más auténtica manifestación del patriotismo. La preocupación por la autoconservación sigue siendo en esto también el motor primario, puesto que la tranquilidad y, asimismo el poder de un Estado particular, sólo parecen estar asegurados a través de la merma del poder de otros Estados, de acuerdo con la muy significativa máxima de Maquiavelo: “¡Aquello que no deseas para ti mismo; trasládalo a tu vecino!” Pero el hecho de que la tranquilidad de un país no pueda ser asegurada por nada más útil que la violencia y la injusticia hacia el resto del mundo, tiene naturalmente que hacer problemática en sí misma esa tranquilidad, pues se deja siempre así una puerta abierta para que se desate la violencia y la injusticia dentro del propio estado. Las medidas y los actos que nos hacen manifestarnos violentamente hacia el exterior, no pueden sino provocar una reacción violenta en nuestro seno. Cuando los estadistas modernos de índole optimista hablan de una situación común basada en el derecho como la propia de estos estados europeos que siguen encontrándose en la actualidad unos frente a otros, se les puede demostrar por el contrario la real ilegalidad de esa situación con sólo hacerles conscientes de la necesidad de mantener e incrementar constantemente los horripilantes ejércitos permanentes. Sin tener la voluntad de mostrarles cuán diferentes son las cosas, les recuerdo meramente el hecho de que vivimos en un perpetuo estado de guerra hacia el extranjero con ocasionales armisticios, y que la situación interna misma del Estado no es esencialmente diferente para que se pueda hacer pasar por su completa contraria. Si la preocupación fundamental de todos los sistemas estatales sigue siendo asegurar la estabilidad; si esa garantía queda vinculada a que ningún partido sienta la necesidad irresistible de un cambio radical; si, para prevenir esa circunstancia, es indispensable poner remedio a la urgente necesidad momentánea; si para llegar al conocimiento de esa necesidad el sentido común práctico del ciudadano puede no ser suficiente, siendo únicamente competente para reconocerla como tal; si por otro lado hemos observado que la más elevada entre las inclinaciones más comunes asociadas al Estado sólo puede sostenerse a través de alguna forma de Ilusión; y si estamos obligados a reconocer que esa Ilusión llamada Patriotismo nunca fue verdaderamente pura, ni jamás respondió a los objetivos de la especie humana considerada en su conjunto; aún hemos de hacer observar para acabar que en esta Ilusión misma anida una constante amenaza para la paz pública y la justicia.

La misma Ilusión que determina que el ciudadano egoísta realice las acciones más llenas de sacrificio personal, puede igualmente conducirle por los caminos del error hacia las confusiones mas deplorables y a acometer los actos más lesivos para la tranquilidad pública.

La razón de ello descansa en la debilidad nunca suficientemente ponderada a la baja de la capacidad media del intelecto humano, como también a los infinitamente diversos grados y matices de la facultad de percepción de las diferentes individualidades, todo lo cual, tomado en su conjunto, forma la así llamada “opinión pública”. El respeto genuino por esta “opinión pública” se fundamenta en la indubitable percepción de que nadie aprecia con mayor acierto sus necesidades vitales más inmediatas y reales ni puede encontrar mejores medios para procurar la satisfacción de las mismas que la propia comunidad, pues sería realmente dudoso que los hombres estuvieran organizados más deficientemente que los animales irracionales. No obstante, somos llevados a menudo al punto de vista opuesto cuando vemos que el mismo entendimiento humano ordinario, incluso para el conocimiento correcto de las necesidades más inmediatas y comunes, no es suficiente por lo menos en el grado solidario y comunitario que nos parecería satisfactorio: es realmente en presencia de los mendigos, o en tiempos de hambruna, cuando se nos muestra lo débil que el sentido humano común es a la postre. Aquí funciona ya la gran dificultad existente para evidenciar la verdadera causa de las determinaciones más comunes de lo humano, puesto que puede muy bien ser que el fundamento último del egoísmo ilimitado de cada individuo no estribe sino en el influjo de una falsa Ilusión que tiene que ser reconocida muy distintamente, y que sea ella precisamente la que determine las decisiones comunes, soprepujando ampliamente a su intelecto, justamente allí donde solamente a través de la represión del egoísmo y el engaño al entendimiento puede ser obtenido un correcto conocimiento. Esta Ilusión ha encontrado desde siempre alimento exclusivamente en el insaciable egoísmo; pero ella esto se lo representa desde fuera, es decir como si fuera sólo cosa de los mismo egoístas y ambiciosos individuos, dotados sin embargo con un gran, si bien no elevado, grado de inteligencia. Este empleo intencionado, y la consciente o inconsciente perversión de la Ilusión, pueda ser útil solamente porque es la única forma de Patriotismo accesible al burgués, a pesar de alguna que otra desfiguración; por consiguiente, esto se manifestará siempre como esfuerzo beneficioso para la comunidad, hasta el punto que ningún demagogo o intrigante que ha liderado a su pueblo por el camino del error, jamás lo ha hecho sin moverlo a creer que de alguna manera estaba inspirado por el ardor patriótico. En el Patriotismo mismo descansa así el agarradero para todo tipo de falso liderazgo; y la posibilidad de que se convierta siempre en un medio para los guías espurios reside en el insidioso e inflado valor que ciertas personas pretenden adjudicarle a la “opinión pública”.

Lo que tenga de particular esta “opinión pública”, lo sabrán mejor aquellos que la reverencian y la han convertido casi en un artículo de fe. Su órgano autodesignado en nuestros tiempos es la Prensa, que haciendo uso de una mayor franqueza podría llamarse a sí misma su generadora; pero ella prefiere ocultar las debilidades tanto morales como intelectuales que por otro lado se manifiestan con bastante evidencia para cualquier observador honesto y reflexivo, su absoluta carencia de independencia y juicio verdadero, detrás de la elevada misión adjudicada, para llevar a cabo la cual esta “opinión pública”, exclusiva representante de la dignidad humana, ofrece extrañamente su patrocinio a cada indignidad, a cada contradicción, a la traición presente de lo que se tuvo por sagrado la víspera. Ya que, como nosotros podemos ver por lo demás, toda cosa sagrada parece venir al mundo exclusivamente para ser empleada luego en usos profanos, la abierta profanación que se ejercita mediante la “opinión pública” quizás no nos permita finalmente argumentar en torno a su maldad intrínseca; sólo que su existencia real es dificultosa, o casi imposible de probar, puesto que ex hypothesi no se puede manifestar como tal en el caso individual, igual como ocurre con cualquier otra Ilusión, entre las que ya anteriormente hemos incluido el Patriotismo, que es precisamente el que tiene su manifestación más fuerte y reconocible en el individuo. El supuesto representante de la “opinión pública” se da a conocer como su contrario ya sólo por el hecho de presentarse en calidad de esclava sin voluntad; y es que nadie puede conseguir este maravilloso poder, sino es que lo fabrica por sí mismo. Esto es pues lo que ocurre en verdad con la Prensa, y ciertamente por el comprensible empeño de todo el mundo perteneciente a los negocios industriales. Mientras que cada escritor de periódico representa, por regla general, no otra cosa sino un literato fracasado o un poco afortunado hombre de negocios, muchos escritores de periódico, o todos ellos en su conjunto, forman la temible capacidad de dominio de la Prensa, la sublimación del espíritu público, el intelecto humano práctico, la indubitable garantía del progreso constante de la Humanidad. Cada hombre la utiliza de acuerdo con su necesidad, y la Prensa misma, mediante su pragmático comportamiento, enseña a la “opinión pública” que ella a cada momento es poseída por el oro y el provecho.

No resulta tan paradójico, como pueda ciertamente dar la apariencia, afirmar que con la invención del arte de la imprenta, pero con mucha más seguridad tras el surgimiento del periodismo, la Humanidad ha ido perdiendo gradualmente bastante de su capacidad para juzgar sensatamente; y se puede demostrar también que, con la obtención de la primacía por parte de los caracteres escritos, la memoria plástica, la extendida aptitud para la concepción y la reproducción poéticas disminuyeron ya considerablemente y de manera progresiva. La ganancia contraria obtenida gracias a la evolución general de las facultades humanas, llevando a cabo un examen muy general, puede ser demostrada igualmente; pero en ningún caso los buenos efectos nos llegarán sino de forma indirecta, puesto que generaciones enteras, entre las que se incluye muy especialmente la nuestra, han sido degradadas, como se tiene que reconocer tras escrupulosas reflexiones, mediante los abusos cometidos sobre el sano poder de juicio particularmente por la actividad de la prensa moderna diaria; y a consecuencia de la letargia en que la capacidad de juicio ha caído, en conformidad con la inclinación humana a la facilidad, los hombres se muestran menos capaces en realidad de sentir simpatía por las grandes ideas, todo ello en absoluta contradicción con las mentiras que la Prensa se ve obligada a decir.

Lo más nocivo para el bienestar común que acarrea todo esto son los abusos cometidos contra el simple sentido de la equidad: no existe forma de injusticia, unilateralidad y mezquindad de corazón, que no encuentre expresión en los pronunciamientos de la “opinión pública”, y - lo que hace más odioso el asunto - tomando prestado siempre el apasionamiento, el calor del genuino patriotismo para unas mascaradas que tienen su auténtico y permanente origen en los motivos humanos más egoístas. Quien quiera comprender esto con exactitud, no tiene sino que ir a la contra de la “opinión pública” o incluso desafiarla: él reconocerá que se las ha de ver con el más implacable tirano; y nadie está más cerca de sufrir su despotismo que el Monarca, justamente porque es el representante del mismo Patriotismo cuya nociva degeneración colectiva se opone a él en forma de “opinión pública” con la pretensión de ser idéntica en especie.

Entre los intereses más propios del Rey, que consisten en verdad exclusivamente en los del Patriotismo más puro, no pueden incluirse los característicos de su indigno sucedáneo, la “opinión pública”, que no se fundan en otra cosa que en el vulgar egoísmo de las masas; y la obligación de rendirse ante sus requerimientos, sin embargo, se convierte en la fuente primaria del sublime padecimiento que solamente el Rey puede experimentar personalmente. Si nosotros añadimos aquí el sacrificio personal de la libertad privada que el Monarca debe a las “razones de estado”; si nosotros reflexionamos en cómo sólo Él está en la situación de tomar en cuenta consideraciones puramente humanas, que rayan muy por encima del mero Patriotismo, verbigracia en sus tratos con los otros Jefes de Estados; y si observamos que se ve forzado aún a inmolar su interés personal por razones políticas; entonces entenderemos por qué desde siempre las leyendas y la poesía han querido evidenciar de la forma más sencilla y directa el carácter trágico de la vida humana mostrando el destino de los Reyes. Únicamente a través de los lances de fortuna y los sufrimientos de los Reyes el sentido trágico del mundo es llevado completamente a nuestro conocimiento. Y sólo en la posición elevada que ocupa el Rey es concebible una liberación para cada inhibición de la Voluntad humana, tanto como esto sea preciso para el Estado, porque el esfuerzo del ciudadano no va más allá de la segura satisfacción de ciertas apaciguadas necesidades en el marco del Estado. El General y el Estadista continúan siendo realistas prácticos; ellos pueden en sus empresas ser infortunados y sucumbir, pero aunque la ocasión pueda también favorecerles, jamás llegaran a alcanzar lo imposible, puesto que sirven siempre a un objetivo práctico, definido. Pero el Rey desea el Ideal: quiere la Justicia y la Humanidad, pero en ningún caso puede desearlas como el simple ciudadano o el líder de un partido lo haría, porque las exigencias que se le hacen a causa de su posición sólo le permiten un interés ideal, y si llegara a traicionar la idea que representa, se sumergiría en aquellos sufrimientos que han inspirado a los poetas trágicos de todos los tiempos el retrato de la vanidad de la vida humana y sus anhelos. La Justicia y Humanidad verdaderas son justamente ideales irrealizables: estar en la posición de haber de esforzarse en su realización, sin poder dejar de prestar oído a esa exigencia, significa estar condenado a la infelicidad. Aquello que el individuo auténticamente noble y verdaderamente regio experimenta directamente de esto, permanece no obstante sin llegar a ser un auténtico conocimiento de su trágico destino, pues solamente a través de una disposición determinada por la Naturaleza el individuo instalado en el trono alcanza a aprender por vías poco comunes lo que está reservado únicamente para los reyes: la mente vulgar o el corazón innoble que en su propia esfera humilde podría muy bien salir airoso sin menoscabo de su honor cívico, en completa armonía con él mismo y los que le rodean, caería en el menosprecio, grande y permanente, a menudo en sí mismo injusto, y por esa razón considerado casi como trágico, si a causa de un irremediable destino arribara desde su modestia a una posición elevada. El hecho de que el individuo destinado al Trono no tiene elección a la hora de poder reconocer sin autorización cuáles son sus inclinaciones puramente humanas, y que para ocupar una gran posición tiene que estar habilitado por las más grandes dotes naturales, son cosas que le hacen participar de un destino sobrehumano, el cual al poco dotado para ello debe obligarle a un vaciamiento personal. La alta preparación, sin embargo, está llamada a permitirle comprender de forma completa y profunda la auténtica tragedia de la vida en lo que es su exaltada posición. Si la interpretación que el Rey realiza del ideal patriótico es apasionada y ambiciosa, ello le convertirá en un jefe guerrero y un conquistador, siendo arrastrado por la porción de violencia e infidelidad que es propia de la Fortuna; pero si sus dotes naturales le inclinan hacia la noble y humana piedad, sentida más profunda y penosamente que por cualquier otro, reconocerá al fin la futilidad de todos los esfuerzos emprendidos para hacer realidad la verdadera y perfecta justicia.

Al Rey, en consecuencia, le es dado sentir más profunda e íntimamente de lo que es posible para el ciudadano como tal, que en el Hombre se cobija una necesidad infinitamente mas profunda, más vasta respecto a aquellas que son satisfechas gracias al Estado y su ideal. Por tanto, igual que el patriotismo elevó al burgués a las más altas alturas por él alcanzables, solamente la Religión será capaz de encaminar al Rey hacia la dignidad humana que le es propia.

La Religión, en su esencia más profunda, diverge radicalmente del Estado. Y es que las más sublimes religiones que han existido a lo largo de la historia, han devenido más puras y elevadas justamente en el grado que se han separado totalmente del Estado, alzándose enteramente por sus propios medios. Nosotros encontramos al Estado y la Religión unidos en completa alianza cuando ambos se hallan aún en sus estadios más groseros de formación y significación. Las primitivas religiones de la naturaleza obedecen a fines para los que luego surgió el Patriotismo en el Estado ya bien labrado: esta es la razón por la cual con el completo desarrollo de las virtudes patrióticas la antigua religión de la naturaleza ha perdido ya totalmente su significado para el Estado. Durante el tiempo en que floreció, sin embargo, los hombres se esforzaron por comprender cuáles eran sus más importantes y pragmáticos intereses políticos bajo las imágenes de los dioses: el dios tribal representa la solidaridad entre los hombres de la tribu; los dioses de la naturaleza sobrantes se convierten en Penates, protectores de la casa, la ciudad, los labrantíos y los rebaños. Solamente cuando las condiciones en que se va desarrollando el Estado devienen maduras, estas religiones palidecen ante el consumado deber patriótico y se degradan hasta quedar sólo en deberes ceremoniales sin significado esencial: es el momento en que el “Fatum (Destino)” toma la forma de Necesidad Política y la Religión auténtica puede iniciar su andadura en el mundo. Su fundamento es el sentimiento de infelicidad de la existencia humana, y la sensación de que las más puras necesidades humanas no pueden ser satisfechas por el Estado. Su núcleo más íntimo es la negación del mundo, el reconocimiento sedante de que el mundo es sólo un espejismo, un estadio transitorio y semejante al sueño, así como el hecho de que la esforzada redención de tal mundo habrá de ser preparada por la renunciación y alcanzada a través de la fe.

En la Religión verdadera encontramos consiguientemente una completa desviación frente a todas las aspiraciones a las que el Estado debe su fundación y organización: aquello que no es factible en el terreno de la política, el alma humana desiste lograrlo por esta vía, para asegurarse así su obtención por un camino completamente opuesto. De la representación religiosa del mundo surge la verdad de que debe haber otro mundo diferente a éste, porque la inextinguible aspiración a la felicidad no puede ser saciada en este mundo, y por eso será en otro mundo donde ese anhelo vea que se promueve su redención. ¿Pero qué es ese otro mundo? A pesar de lo lejos que alcanzan las facultades eidéticas del entendimiento humano, y en su aplicación práctica las de la razón, es bastante imposible obtener una imagen de la realidad que no se reconozca justamente como fundamentada en este mismo mundo de necesidad y cambio; por lo tanto, sólo podemos concluir lo siguiente: dado que este mundo es la fuente de nuestra infelicidad, ese otro que nos redime de él debe precisamente ser tan diferente como el modo en que llegaremos a conocer ese mundo será diferente respecto al que nos muestra este engañoso mundo lleno de sufrimientos.

Hemos observado ya que el Patriotismo es una Ilusión con la que al individuo que se mueve exclusivamente por intereses personales, se le hace aparecer el peligro que acecha al Estado como un grandemente intensificado peligro personal, para protegerse del cual él debe sacrificarse con un empeño igualmente intensificado. Pero donde, como ahora, se trata en definitiva de dimitir de todo egoísmo personal al percibir la nulidad de todo lo existente, de todo ese conjunto de relaciones entre las que hasta el momento le había parecido posible al individuo encontrar la felicidad, su celo deberá dirigirse hacia la libre aceptación del sufrimiento y la renuncia para hacerse independiente de este mundo. Y esta intuición obradora de maravillas que, opuesta al ordinario y pragmático modo de representación de la realidad, nosotros solamente podemos concebir como Ilusión, ha de tener una fuente tan sublime, tan absolutamente incomparable respecto a lo antedicho, que no podremos representarnos su causa necesaria si no lo hacemos desde el sobrenatural efecto.

Quien piense que ha dicho la última palabra sobre la esencia de la fe cristiana cuando la categoriza como un intento de satisfacción del más ilimitado egoísmo, una especie de contrato mediante el que su beneficiario obtiene la recompensa eterna a cambio de la renunciación y la aceptación voluntaria del sufrimiento en esta vida relativamente breve y transitoria, la habrá definido justo a la manera en que le es accesible la realidad al inquebrantable egoísmo humano, pero de ningún modo habrá sabido captar la Ilusión transfiguradora que le es propia al real ejercicio de la renunciación y la libre aceptación del sufrimiento. A través del sufrimiento libremente aceptado y la renunciación, por el contrario, el egoísmo del hombre es superado prácticamente, y quien los escoge, desea con ello ser dispensado ya verdaderamente de las parciales representaciones basadas en el Tiempo y el Espacio; puesto que es imposible que quien se la representa eterna e inabarcable, siga buscando la felicidad circunscrita al Tiempo y al Espacio. Aquello que le da la fuerza sobrehumana para sufrir voluntariamente, tiene que ser experimentado por él mismo como una forma de felicidad, desconocida para los otros, profunda, absolutamente incomunicable sino es a través del sufrimiento exterior del mundo. Y es que comparado con el inmenso y sublime sentimiento de gozo por haber vencido al mundo, el vano placer experimentado por el triunfador mundano parece verdaderamente de ningún valor y pueril.

A partir de este resultado, ante todo sublime, hemos de inferir la naturaleza de la divina Ilusión misma; y para representárnosla de alguna manera, hemos en consecuencia de prestar precisa atención a cómo se describe a sí mismo el triunfador religioso sobre el mundo, buscando exclusivamente reproducir y tener presente ante nosotros esa concepción en toda su pureza, pero en ningún caso queriéndola considerar en nuestro beneficio según los términos de un modo de representación radicalmente distinto del religioso.

Si la fuerza más alta de la Religión se manifiesta en la Fe, su significado más esencial reside en el Dogma. No es a causa de la importancia práctica para el Estado que tiene la ley moral por lo que la Religión es importante, ya que los fundamentos para establecer un código moral se pueden encontrar en todas las religiones, incluso en las más imperfectas; sino que es gracias a la valoración sin medida que hace del individuo por lo que la religión cristiana manifiesta su sublime misión, y ciertamente esto lo debe a su Dogma. El atributo maravilloso e incomparable del Dogma religioso consiste en presentar de forma positiva aquello que por el camino de la reflexión y utilizando métodos estrictamente filosóficos sólo puede ser aprehendido en forma negativa. Otra forma de decirlo es que mientras el filósofo consigue indudablemente advertir el carácter erróneo e inadecuado de ese modo natural de representación que nos permite reflejar el mundo tal como se presenta regularmente, el Dogma religioso muestra el otro mundo hasta ahora desconocido con una tal infalible seguridad y diferenciación que la religiosidad despertada viene a desembocar en la más inquebrantable, profunda y beatífica paz. Nosotros tenemos que asumir que para el conocimiento humano común esta concepción, tan indeciblemente beatífica en sus efectos, esta idea que nosotros solamente podemos conceptualizar bajo la categoría de Ilusión, o, dicho con mejores palabras, esta percepción inmediata de carácter religioso, permanece enteramente extraña e imposible de representar tanto en su sustancia como en su forma. Lo que por el contrario es revelado de y sobre ello al profano, al pueblo, no es otra cosa que una especie de alegoría: para entendernos, una interpretación de lo inefable, lo que nunca se podrá percibir o entender a partir de una intuición inmediata, en el lenguaje de la vida ordinaria y de la forma de conocimiento, errónea per se, que le es únicamente accesible. En esta sacra alegoría se intenta transmitir el misterio de la divina revelación mediante representaciones mundanas; entre ellas y las visiones inmediatas de naturaleza religiosa existe la misma relación que entre el sueño contado por el día y el real sueño nocturno. Este tipo de narraciones en cuanto a lo más esencial del asunto a transmitir estarán ya tan fuertemente teñidas con las impresiones de la vida cotidiana y ordinaria, y tan deformadas a su través, que no pueden satisfacer verdaderamente al narrador, puesto que él siente que justamente lo más importante ocurrió de forma diferente, ni permear al oyente con la certeza de que la experiencia referida va a resultar totalmente comprensible e inteligible por sí misma. Aunque de ello se deduce que para nosotros mismos el recuerdo que permanece de un sueño profundamente impresionante no es estrictamente sino una paráfrasis alegórica, cuya intrínseca falta de concordancia respecto al original se manifiesta como un problema de cara a nuestra alarmada consciencia; y también que en consecuencia el conocimiento obtenido por el oyente no puede ser en definitiva otra cosa sino una esencialmente distorsionada imagen del original; la muy semejante comunicación de la revelación divina realmente obtenida permanece de todos modos como el único camino para transmitir esa concepción al profano. Siguiendo esos derroteros se conforma el Dogma; y esto es lo único conocido de la Revelación por el mundo, el cual tiene en consecuencia que recibir por intermedio de la Autoridad todo aquello que no ha visto por sí mismo, para participar de ello al menos a través de la Fe. De ahí que la Fe sea recomendada con tanto empeño al Pueblo: el hombre religioso, deviniendo partícipe de la salvación mediante su propia visión, siente y sabe que el laico, para el cual la visión en sí misma permanece extraña, no tiene otra vía de acceso a la divino que no sea la de la Fe; y esta Fe, para ser efectiva, tiene que ser íntima, indubitable e incondicional, a la medida de la manera en que el Dogma abraza todo lo incomprensible y aparentemente contradictorio para el conocimiento común, todo lo cual viene condicionado por la incomparable dificultad de su expresión en palabras.

La desfiguración intrínseca de la esencia fundamental de la Religión, que es lo que se obtiene por intermedio de la revelación divina, está condicionada en primera instancia por la ya mencionada dificultad a la hora de expresar en palabras del Dogma, el cual por su naturaleza primordial resulta incomunicable para el conocimiento ordinario; pero esta desfiguración deviene perceptible y real precisamente cuando la naturaleza del Dogma es arrastrada ante el tribunal inquisidor de la aprehensión ordinaria a partir de las causas. De aquí se deriva la corrupción de la Religión misma, lo más sacrosanto de la cual es justamente el Dogma indubitable, bendecido por una Fe íntima; todo ello provocado por la obligación ineluctable de defender ese Dogma contra los asaltos del conocimiento humano ordinario, para explicarlo y hacerlo accesible. Esa necesidad se incrementa más y más cuando la Religión, cuya fuente brota primariamente desde los profundos abismos del alma que quiere escapar del mundo, entra en una mayor relación con el Estado. La evolución que a través de los siglos ha transformado la Religión cristiana en una Iglesia y su correspondiente metamorfosis en una institución más del Estado, aparte las incontables formas que han tomado las recurrentes luchas en torno a la ortodoxia y la racionalidad del Dogma religioso con todos sus detalles, se nos presenta como la dolorosa pero instructiva historia de una locura. Dos modos de percibir y conocer absolutamente incongruentes, completamente diferentes ya por su naturaleza, se entrecruzan en esta lucha, sin que hayan habido muchos capaces de detectar esa radical divergencia; a excepción, hay que reconocerlo con todo derecho, de los campeones verdaderamente religiosos del Dogma, los cuales partieron de una conciencia radical de la divergencia entre el modo de conocimiento que les era propio y el mundano; sin embargo, ellos mismos incurrieron finalmente en el terrible error, habiendo descubierto que nada es alcanzable por la humana razón, de dejarse llevar por el empeño pasional y el más inhumano uso de la violencia, con lo que degeneraron en lo práctica hacia lo más opuesto a la verdadera religiosidad. Por otro lado el desesperanzado, materialista, industrial, prosaico y completamente impío aspecto del mundo moderno se debe por el contrario al empeño opuesto del ordinario entendimiento pragmático para elucidar el Dogma religioso mediante leyes causales deducidas de los fenómenos de la vida natural y civil, desechando cualquier otra forma de explicación discrepante como si se tratara de una quimera irracional. Después que la Iglesia, en su celo, haya empuñado las armas de la jurisdicción estatal, transformándose consiguientemente en un poder político, ha tenido que incurrir en contradicción con ella misma, puesto que en ningún caso el Dogma religioso le otorga ningún título legal para ejercer tal poder, lo que a su vez ha permitido a sus oponentes enarbolar en sus manos armas perfectamente legales. Así en la actualidad observamos, a pesar de que haya otras apariencias que puedan ser establecidas fatigosamente, su degradación en simple institución política con vistas a ser empleada al servicio de la maquinaria del Estado; con todo lo cual la Religión puede probar verdaderamente su utilidad, pero ya no más su carácter divino.

¿Pero de esto se deriva que la Religión ha fenecido?

¡Ciertamente, no! Vive, pero única y exclusivamente allí donde tiene su fuente primaria y su sede auténtica, en la profunda y sagrada interioridad del individuo; allí donde nunca ha tenido lugar un conflicto entre lo racional y lo sobrenatural, la clerecía y el Estado. Pues ésta es justamente la esencia de la verdadera Religión, que, más allá del fraudulento espectáculo del mundo diurno, en la noche de la profunda interioridad del corazón humano, brilla una luz completamente diferente a la del sol mundano, visible solamente desde esas profundidades6.

¡Esto no puede ser de otra manera! El conocimiento más profundo nos enseña que de la más recóndita interioridad de nuestra alma, y en absoluto desde el mundo exterior tal como se manifiesta ante nosotros, puede llegarnos un auténtico alivio. Nuestros órganos para la percepción del mundo exterior están destinados meramente a descubrir los medios con los que satisfacer las necesidades que este mundo presenta al individuo aislado y menesteroso; con estos mismos órganos es imposible que podamos percibir la básica unidad de todo lo existente, pues esto nos es permitido únicamente a través de la nueva facultad cognitiva que se despierta en nosotros cual Gracia, tan pronto como la vanidad del mundo penetra en nuestra conciencia interior por toda clase de caminos. En consecuencia, el hombre auténticamente religioso sabe también que no puede realmente comunicar al mundo a través de un método teorético, ni tampoco por supuesto mediante el argumento y la controversia, su profundamente beatífica visión, a pesar de estar persuadido de la verdad de la misma: solamente puede hacerlo de manera práctica mediante el ejemplo, a través del ejercicio de la renunciación, del sacrificio, a través de la gentileza de ánimo inquebrantable o de la sublime serenidad de la seriedad que irradian todas sus acciones. El santo, el mártir, es por ello el verdadero mediador de la Salvación; gracias a él conoce el Pueblo, por el único medio en que ello le puede ser comprensible, cuál es el contenido de esa visión, de la cual puede llegar a participar a través de la Fe, pero todavía no a través del conocimiento inmediato. En esto descansa el significado profundo y auténtico del hecho que el Pueblo se dirija a Dios a través de los santos más caros a su corazón; y dice poco de la vana ilustración de nuestra era que cualquier tendero inglés, por ejemplo, tan pronto se ha encasquetado su abrigo de los domingos y ha tomado consigo el libro santo, sea de la opinión que ha entrado en comunicación inmediata y personal con Dios. Un entendimiento más correcto de esa Ilusión con la cual un mundo más elevado logra manifestarse ante la forma de representación de la Humanidad común, haciéndola sentir una íntima subordinación, demuestra por el contrario que únicamente será capaz de dirigirse al nivel de conocimiento que afecte a lo más profundo del Hombre; con lo cual esa subordinación podrá llegar a ser inducida a través del ya mencionado ejemplo de la verdadera santidad, pero nunca podrá llegar a ser promovida por la vana apelación de un clero autoritario al mero Dogma.

El antedicho atributo de la verdadera religiosidad, que, por la profunda razón expuesta más arriba, no se hace manifiesto a través de la disputa, sino solamente a través de la acción ejemplar, llegará a ser, cuando resida en el Rey, la única manifestación de provecho para ambos, el Estado y la Religión, que les ponga en relación. Como ya he mostrado anteriormente, nadie está más obligado que el Rey, a causa de la exaltada posición que ocupa, en cierto modo sobrehumana, a aprehender la más profunda seriedad de la Vida; y, aunque obtenga ese meritorio discernimiento únicamente por su lugar en el mundo, nadie estará más necesitado que Él del sublime consuelo y fortaleza que la verdadera Religión proporciona en solitario. Aquello que ni el más ingenioso de los políticos puede comprender, le será asequible únicamente al Rey, provisto y habilitado de esta manera: escrutando este mundo desde fuera, la doliente seriedad que le provoca la contemplación de las pasiones dominantes allí, le capacitará para el ejercicio de la más estricta Equidad; por el contrario, el conocimiento íntimo de todas esas pasiones, que brota solamente a partir de la experimentación de un gran sufrimiento por la humanidad no redimida, le conducirá compasivamente al ejercicio de la Gracia. ¡Resuelta justicia, clemencia siempre dispuesta, en esto consiste el misterio del ideal real ! Pero aunque se acuda al Estado buscando obtener la Salvación, la posibilidad de lograr el cumplimiento de ese Ideal no descansa en ninguna tendencia del Estado, sino en la Religión. Y por ello consideramos que en este punto se encuentra el afortunado lugar de reunión en donde Estado y Religión podrán aliarse de nuevo, como ya antaño en los proféticos días de la Antigüedad.

Le hemos encomendado aquí al Rey una misión tan poco común, hasta el punto de calificarla repetidamente como sobrehumana, que en seguida se nos plantea la siguiente cuestión: ¿cómo su constante cumplimiento le será factible a un individuo humano, contando siempre con la posibilidad de una natural capacitación, sin sucumbir? Realmente ahí es donde comienzan a plantearse las más grandes dudas sobre la posibilidad de cumplir el ideal de la realeza, y cuando se manifiesta lo contrario se ha procedido desde un principio a la redacción de constituciones estatales. Ninguno de nosotros puede imaginarse a un monarca con todas las cualificaciones completas para cumplir su elevado cometido, salvo cuando se presentan condiciones similares a aquellas que hemos adelantado cuando inquiríamos por lo que hacía posible la actividad y durabilidad de todo lo poco común y extraordinario en este mundo ordinario. Ante cualquier espíritu verdaderamente grande, de los que surgen de forma tan superlativa muy raramente entre la siempre copiosa suma de las generaciones humanas, se nos plantea, obligados a una simpática consideración inmediata por el asombro que produce, la cuestión de cómo ha sido posible resistir por mucho tiempo en este mundo lo suficiente para llevar a cabo su obra

El espíritu verdaderamente grande y noble se distingue de quien está organizado según la medida común y cotidiana porque es capaz de poner rápidamente cada incidente vital, a menudo el más aparentemente trivial, y todo trasiego mundano en vasta conexión con los esenciales y fundamentales fenómenos de la Existencia, apareciéndosele en consecuencia la Vida y el Mundo en su auténtica realidad, en su terrible y serio significado. El ingenuo hombre ordinario está tan acostumbrado a captar meramente la faz más superficial de las cosas, la vertiente de las mismas que es de uso práctico para las necesidades mas momentáneas, que cuando alguna vez se le revela súbitamente la horrible gravedad de la Vida mediante una insólita providencia, cae en un grado tal de consternación que el suicidio es muy frecuentemente la consecuencia. El hombre grande y excepcional se encuentra cada día, en cierta medida, en la situación que al hombre ordinario le lleva instantáneamente a desesperar de la Vida. Con toda seguridad el hombre grande y verdaderamente religioso se protege de estas consecuencias precisamente por lo que ha devenido la norma para todos sus actos de contemplación, que es la elevada seriedad de su conocimiento íntimo y primordial de la esencia del Mundo, estando por lo tanto a cada instante preparado para el terrible fenómeno; además se encuentra defendido por una gentileza y paciencia que nunca le permite caer en el arrebato pasional contra cualquier imprevista manifestación del Mal.

Sin embargo, ha de crecer en él necesaria y forzosamente, sin posibilidad de resistirlo, el deseo de apartar sus pasos completamente de este mundo, cuando a diferencia del hombre común en el que, pese a vegetar en estado de constante preocupación, se dan momentos de una cierta distracción y de un periódico alejamiento de la vida, el hombre grande está permanentemente enfrentado a la gravedad del Mundo. Lo que para el hombre común viene a ser el entretenimiento y la diversión, tiene que estar disponible también para él, pero en la noble forma que le es adecuada; lo que hace posible este alejamiento, este noble engaño, tiene que ser para el hombre extraordinario de nuevo una obra de esa Ilusión redentora del mundo que difunde sus milagros por todas partes donde el modo de contemplar la realidad del individuo normal no puede ayudar ulteriormente. Esta Ilusión tiene que ser en el presente caso enteramente sincera; tiene que confesar desde el principio que es un engaño para que pueda ser abrazada voluntariamente por el hombre que realmente anhela distracción e ilusión en el elevado y serio sentido que propongo. La imagen presentada ante él como obra de la Ilusión nunca podrá dar motivo para una nueva evocación de la gravedad de la Vida mediante una posible disputa acerca de su realidad y fundamentación probable en hechos, como hace el Dogma religioso, sino que debe ejercitar su específica virtud, que es la de colocar la Ilusión consciente en el lugar de la Realidad. Esta función es llevada a cabo por el Arte; y así quisiera como conclusión enseñarle a mi altamente amado joven amigo que el Arte no es la sabiduría vital benevolente que nos conduce real y completamente más allá de la Vida, pues antes bien lo que le es propio es, desde dentro de la Vida, elevarnos más allá de ella mostrándola en forma de juego; un juego que, si bien puede aparecer también como terrible y serio, se nos muestra aquí de nuevo como una creación de la Ilusión, la cual nos conforta como tal y nos aleja de la verdad común de nuestra aflicción. Y así llegará a ser felizmente admitido por mi joven amigo que la labor del Arte más noble, marchando tras las huellas de la seriedad de la Vida, será disolver benignamente la Realidad en la Ilusión, en la cual ella misma, esa grave Realidad, se nos aparece al fin solamente como Ilusión: precisamente en la más extasiada contemplación de este maravilloso juego de la Ilusión regresará a él clara y distintamente la inefable representación soñada de la Revelación más sagrada, una semejanza primordial llena de sentido; se trata de esa misma imagen divina y soñada que las disputas de sectas e iglesias habían hecho desde hacía tiempo irreconocibles para él, y que tomando la forma de Dogma incomprensible no podía sino desalentarle. La vacuidad del mundo, se nos revela aquí siempre de manera inofensiva e ingenua, admitida entre risas, puesto que al fin y al cabo hemos querido voluntariamente engañarnos a nosotros mismos, reconociendo la realidad del Mundo sin una sombra de Ilusión.

Así me ha sido pues posible, tras esas serias excursiones hasta los ámbitos de mayor gravedad pertenecientes a la Vida, sin acabar extraviándome o mintiéndome, de retornar a mi amado Arte. ¿Llegará a comprenderme totalmente mi Amigo cuando confieso que por este camino no he hecho otra cosa sino recuperar la completa conciencia en torno a la alegría del Arte?

NOTAS

(1). Este joven amigo, por quien Wagner dice sentir tanto aprecio, es el rey Luis II de Baviera. Como es sabido por todos el flamante soberano, que acababa de suceder a su padre Maximiliano en el trono, llamó en 1864 a Wagner a Munich para permitirle desarrollar bajo su protección sus proyectos artísticos. Éste era precisamente un momento en que Wagner se hallaba en las más grandes dificultades financieras y desesperado de poder llegar a estrenar sus obras ya concluidas, o en tener la posibilidad de culminar algún día su magna obra El anillo del nibelungo, con lo que no puede extrañar que aceptara gustosamente la invitación del rey bávaro. No obstante, su papel en las revueltas de Dresde, por mucho que ya hubiera sido amnistiado, y la naturaleza revolucionaria de sus escritos teóricos de los primeros años de exilio (El arte y la revolución principalmente), demandaban una cierta explicación de su posición actual, ahora que se instalaba al lado de un monarca como pensionado suyo. A disipar las susceptibilidades regias y a convencer al mundo que su situación presente no era contradictoria con su verdadero pensamiento va dirigido este opúsculo. Creemos que lo cumple con creces, que es fundamentalmente sincero y que proporciona las claves para entender su pensamiento político en todas las etapas de su vida, que siempre respondieron a coordenadas similares, idealistas y estéticas, sin llegar nunca a comprender los fundamentos reales de las formaciones sociales, específicamente de las modernas. Su republicanismo anterior y su activismo revolucionario pasado tuvieron entonces mucho de equívoco circunstancial, y así lo reconoce él mismo aquí.

(2). Notable escrito dedicado a Frédéric Villot, conservador del Louvre, que fue quien le animó a redactarlo. Fue titulado irónicamente como Música del porvenir por el mismo Wagner para negar que nunca hubiera acuñado semejante expresión, la cual desde hacía algunos años servía para etiquetar su propia producción, así como la de músicos de estética hermanada con la suya, tales cuales eran Berlioz y Liszt. Wagner discute la propiedad del remoquete utilizado por críticos maliciosos, que habían malinterpretado su concepción de una obra artística del porvenir, aplicando la proyección al futuro exclusivamente a la música, lo que no estaba en el ánimo del compositor. Pero sin proponérselo Wagner contribuyó mucho a la difusión del concepto con este texto, que de todas formas se revela muy importante en su producción teórica, al ser uno de los más sintéticos y claros. Además se insinua aquí ya un viraje respecto a lo expuesto en Ópera y Drama, pues comienza a fundamentar su concepción del drama musical en la melodía infinita y no en el impulso poético, lo que en exposiciones finales de su pensamiento sobre el teatro musical le llevará a decir que lo que ocurría en el escenario no era en su obra otra cosa sino “hechos musicales devenidos visibles”.

(3). Novela de Goethe escrita entre los años 1809 y 1821 y que continúa otra, de los años 1795 al 1800, titulada Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, pertenecientes ambas al género que se ha venido en llamar Bildungsroman (novela de formación), constituyendo quizás los frutos más logrados entre los relatos de esta índole, especialmente la más temprana. La novela en cuestión refiere las andanzas de un joven burgués anheloso de desarrollar su carácter y personalidad según su naturaleza y destino, como si la propia idiosincrasia fuera una especie de obra de arte. La mayor parte de las aventuras de Wilhelm Meister se desarrollan en el medio teatral, entre actores y gentes de la farándula, de la moralidad de las tendencias vitales características de los cuales el héroe protagonista de la novela no acaba de tener sin embargo una buena opinión. Digamos que ahí se expresa un rechazo que tiene una doble motivación: anda en ello el tradicional prejuicio aristocrático sobre la unilateralidad de encarar el hecho artístico como una profesión y la condición para ellos servil de quien se dedica a entretenerles; y, por otro lado, la repugnancia del burgués por la disipación de la vida teatral y su poco aprovechamiento práctico. Ésta es digamos la clave de la novela: el deseo de conciliar la burguesidad con las aspiraciones aristocráticas de realización personal, y también la vocación pragmática de la burguesía con lo estético. No concluiremos que Goethe consiga esa reconciliación, porque han de intervenir finalmente para dar buen término a la peripecia de Wilhelm Meister fuerzas místicas que supuestamente lo dirigen e incluso ha de contar con el patrocinio de los miembros una logia esotérica, encargados de proteger al elegido por la naturaleza para alcanzar la excelencia. Todo lo cual nos parece muy irreal, tanto como muchas de las ideas sobre cuestiones sociales que Wagner vierte en este texto que anotamos. La segunda parte, Los años de vagabundeo, no obstante, pese a ser estructuralmente una novela mucho más deficiente y tener unos personajes de perfilación más débil, seguramente llega más lejos en lo que es una consideración realista de las condiciones sociales en que se desarrolla la vida del individuo.

(4). Traducimos la palabra alemana Wahn por Ilusión, aunque tenga una mayor variedad de significados. Hay que recordar que precisamente por estos años Wagner andaba enfrascado en la composición de Los maestros cantores, en donde el concepto de Wahn juega un papel muy importante en las reflexiones de Sachs en su monólogo del tercer acto (el llamado con justicia Wahn-Monolog). Recurrimos para aclarar la variedad de significados del término germano a un precioso texto de Ángel Mayo en una introducción justamente a su traducción al castellano de esta obra wagneriana: “La universalidad de Die Meistersinger nace de otra dimensión. El hombre que años más tarde llamaría a su hogar de BayreuthWahnfried (Paz de la Ilusión) nos ha legado aquí la humana comedia del Wahn. Es difícil la traducción de esta palabra al castellano. Como lo es siempre a todos los idiomas aquélla que intenta apoderarse de un sentimiento castizo. Wahn quiere expresar ciertos estados de ánimo o tendencias de la conducta individual y colectiva que provienen del componente irracional del ser humano: ilusión vana, imaginación fantástica, mitomanía, insomnio, locura momentánea, ofuscación del hombre habitualmente reflexivo, ensueño, delirio, obcecación, autoindulgencia, todo ello transido de la voluntad faústica del alma alemana.”

(5). El filósofo aludido es Arthur Schopenhauer (Danzig, 1788 - Frankfurt, 1860), quien desde 1854 se convirtió en el filósofo favorito de Wagner. En ese año su amigo Georg Herwegh le dio a leer la obra capital del filósofo Die Welt als Wille und Vorstellung (El mundo como voluntad y representación), que databa de 1818 pero que por aquel entonces devenía por primera vez popular después de treinta años de olvido. Wagner creyó ver en Schopenhauer la confirmación filosófica de una ideas que había adelantado ya en el Anillo, como era la redención lograda mediante la aniquilación de uno mismo. Después su Tristán ofrecería una elaboración más articulada de las intuiciones del compositor en torno a estos temas éticos y metafísicos, desarrollados ahora con la ayuda de la visitación frecuente de Schopenhauer. En sus obras teóricas encontramos también un uso, y hasta abuso, de la terminología schopenhaueriana y de las premisas básicas del pensamiento del filósofo, como es el caso justamente de Sobre el Estado y la Religión. Lo más llamativamente derivado sería la idea de un impulso ciego e irracional como fundamento del mundo; también una teoría del conocimiento que desvaloriza la racionalidad en beneficio de la fantasía o ilusión.

(6). Es importante hacer observar al lector en este punto el inequívoco lenguaje tristanesco del párrafo.

FUENTE:

Leipzig 1873 (GSD VIII). Escrito en julio de 1864

Tradución y notas de Abel Alamillo para Archivo Richard Wagner


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