Por Karl Alfons Meyer, Kilchberg, Zürich. (1)


“¡ Mira, el prado ríe !”

Hay días en primavera en los que la naturaleza despierta; de la noche a la mañana todo se cubre de verdor, las flores abren sus capullos, los pájaros cantan jubilosos, las abejas dejan oír su zumbido y una mariposa se atreve a volar por primera vez, el invierno ha huído, ha llegado la primavera. El 13 de Abril de 1913, a última hora de un sábado cálido y tranquilo, llegó el momento en que contra la voluntad de Wagner, ‘Parsifal” sufrió su primera representación fuera de Bayreuth, en el Teatro del Estado de Zürich. Al llegar la noche nevó. Una escarcha helada arruinó el esplendor primaveral; las flores se secaron, los pájaros enmudecieron, las ágiles mariposas murieron de frío. Dolorosamente afectado, mientras resonaba la fanfarria que invitaba al Festival Sagrado, subí por la colina del “Asilo” y a través del desfiladero llegué al boscoso valle del Sihl. Permanecí largo rato contemplando la campiña, cubierta aquel día por un cielo gris, ante la cual, respirando la paz hermosa y solemne de aquella mañana del Viernes Santo de 1857 el Maestro concibió la primera idea que tomaría cuerpo en su última obra. Hoy se destruía todo con un engañoso esplendor. Dolido y resignado, mi estado de ánimo se hallaba en consonancia con la triste naturaleza. Sentía una profunda añoranza por encontrarme lejos de Bayreuth; pero a pesar de esto me sentía más cercano al Maestro y a la naturaleza que los que en el Teatro estaban disfrutando del Encanto del Viernes Santo. En la noche de aquel 13 de Abril dediqué a la satisfecha dirección del Teatro la bella frase, adaptada al éxito comercial de la “novedad”: “¡Tu ríes! ¡Mira, el prado llora!”.

Mi personal estado de ánimo me llevó a profundizar en el significado que la naturaleza posee cuando el arte la utiliza. Me hubiera gustado, a ser posible, conectar con todos los cándidos y sentimentales, con los clásicos y los románticos, los materialistas, los idealistas, y muchos más, se llamen como se llamen, para cambiar impresiones con ellos. Siempre he intentado entenderlos y tengo mucho que agradecerles, pero siempre he regresado a Wagner con intensa emoción. No he sido capaz de encontrar en otros lugares una realización más auténtica que la ilimitada variedad de recónditos matices que la naturaleza posee en la obra del Maestro. Él fue quien hizo que entendiera las palabras de Schopenhauer: “El auténtico artista ha de superar la propia naturaleza en sus creaciones”. Y también capté lo que Schiller decía: "Tú, genio, creas una naturaleza que excede a la naturaleza”. En las obras de Wagner se hacen realidad las palabras de Dante: “La naturaleza es la hija de Dios, el Arte es su nieto”.

Como gran amante del bosque lo he recorrido y observado, durante décadas, en casi todas sus variedades, desde la floresta de las orillas del Rin hasta los macizos de Rahtischen cubiertos de pinos y alerces. Tanto entre los científicos como entre los poetas hay los que intentan recrear el aroma de los abetos de la Selva Negra o el de los bosques de los Vosgos; tanto unos como otros lo logran con más o menos fortuna. Las palabras de Schopenhauer y Schiller se adaptan perfectamente a lo que pretenden estos investigadores. 
A.v. Humbold reconoció que debía agradecer a Goethe y a Jean Paul su nueva visión de la naturaleza, su relación con ella fue desde este momento más idónea, profunda y matizada; aquellos poetas habían despertado en él nuevas emociones.

Los que amamos la obra de Wagner descubrimos en ella una extraordinaria recreación de la naturaleza. Ha resucitado el viejo Pan de los Helenos. Schopenhauer dice que la música tiene el poder de expresar la esencia metafísica de los seres; precisamente debido a que el mundo musical wagneriano es capaz de tal cosa, su creador se sintió impulsado a remontarse a la mítica de los orígenes. Así, la naturaleza pasó de un subordinado segundo plano a una platónica metáfora convirtiéndose en una imagen con vida propia; sí, la naturaleza participa en la acción junto a enanos, héroes y dioses. Más aun: en “Parsifal” Wagner llegó a lo que sólo un maestro excepcional puede permitirse: dar entidad al dolor y a la redención en la naturaleza.

Es en la obra de arte integral donde la naturaleza cobra vida. El compositor logra que en cualquier momento la naturaleza intervenga sin interrumpir el desarrollo del drama. Aquí, de la manera más natural, se instaura una íntima relación entre la acción humana y la naturaleza, la cual es a veces decisiva en el desarrollo de los hechos y en la evolución de los sentimientos. Grandes poetas dramáticos han intentado esta fusión; Shakespeare, en momentos decisivos de sus dramas, acude a la música. Schiller hace que muchas veces la naturaleza participe en la acción con efectos espectaculares: para la escena de Rütli utiliza un irisado espectro lunar y para la salida del sol indica (como Goethe en el “Fausto”) que la orquesta intervenga “con mucha fuerza”. Muy a menudo poesía, música e imagen están juntas pero desunidas, como unas hermanas a las que el padre ha dotado desigualmente. En cambio en la obra integral de Wagner se produce una indiscutible plenitud captada por casi todos los alemanes, o mejor por todo el mundo, ya que su gran fuerza expresiva crea la bella forma del arte único. El eco de la naturaleza estremecida es una de las características y uno de los grandes encantos del mítico drama musical, estructurado con la técnica del “leitmotiv” de la que nunca podemos prescindir. Si “Parsifal” no fuese una obra perfecta podríamos reprocharle que los motivos de la naturaleza no aparecieran más a menudo. El maravilloso preludio no contiene ni la más mínima alusión a la antinatura de Klingsor, ni al trascendente prado florido del tercer acto. También nos parecen excesivamente fugaces los deliciosos compases que acompañan el despertar de Kundry. Gurnemanz anuncia: “¡El invierno se ha ido! ¡Llega la primavera!”, al encontrar entre las zarzas la mensajera, ausente durante tanto tiempo, la única liberada del extinguido jardín, el jardín sumergido en la noche de la nada, cosa que el anciano caballero ignora. Cuanto más intensa ha sido nuestra participación en la lucha y la victoria de Parsifal en el segundo acto, tanto más pura y fresca nos parecerá la brisa de la mañana primaveral. Es el mismo aire que respira Tannhäuser cuando llega al valle del Wartburg tras la huida del Venusberg. De la misma manera que allí el canto del pastor a “Frau Holda” une la naturaleza al destino del hombre, aquí el lamento de la mensajera es el eco de una naturaleza agostada y seca. Las flores del jardín encantado, igual que las Hijas del Rin, son seres inocentes. ¿Quién osará tirarles la primera piedra? En el drama donde reina la compasión merecen ser perdonadas y hasta quizás pueden serlo también las diosas paganas: “He visto marchitarse las que me sonreían, ¿podrán aspirar a la redención?”.

Tras el devastado desierto invernal Kundry y la naturaleza experimentan una renovación símbolo del nuevo esplendor del Grial, de la curación de Amfortas, de la redención universal. Wagner con su arte y a través de su música hace posible que podamos vivir conjuntamente lo lejano en el tiempo con lo actual. Nos encontramos en Alemania ante la florida pradera, gozando del eternamente renovado despertar de la primavera.., pero nos hace sentir con toda claridad que lo que aparece ante nosotros sucedió hace dos milenios en otro lugar muy lejano. Aquí el tiempo es espacio y el espacio es tiempo... ¿es Maria Magdalena o es Kundry la que seca con sus cabellos los pies de su Salvador?

Sólo para embriagarnos con esta leve brisa primaveral escucharíamos una y otra vez el Festival Sagrado. Con impaciencia esperamos las nuevas sensaciones que nos depara la naturaleza: “Percibimos nuevamente el rumor del bosque”. Oimos por primera vez este rumor cuando el doliente Amfortas se detiene a descansar camino del estanque. “Tras la noche de intenso dolor el esplendor matinal del bosque”. Poesía, música, imagen, un goce para el vigoroso, un consuelo para el enfermo y el convaleciente. Un nuevo matiz de este rumor nos conmueve cuando los escuderos anuncian: “El baño lo ha confortado”y “el bálsamo cede el dolor”. Pero Gurnemanz advierte: “Sería necio esperar un alivio cuando el único remedio es la curación total”. La herida sólo se cerrará a través de la lanza que la provocó, cuando la indigna, inhumana y voluptuosa antinatura, la que se automutila, la de su gigantesca floración ponzoñosa, su destructora animalidad y su jardín encantado donde las flores suceden a los abejorros, sea liberada, redimida y devuelta a la auténtica naturaleza. Superando el concepto de naturaleza unitaria, Wagner reconoce la profunda dualidad que la domina acogiendo en sí, además de los elementos y la vegatación, los animales y los hombres. No se trata de modernismos ni de descoloridos “modismos”, se trata del indu-budista “tat tvam asi” -“tu también eres todo esto”- Y si queremos contemplarla bajo el espíritu cristiano nos quedamos cerca de un Francisco de Asis que predica a los pájaros y a los peces. ¡Y estas criaturas lo escuchan atentamente! Este es el santo que trata a la luna y al sol como hermanos. Menos cristiano y más filosófico es el concepto que Schiller tiene de la naturaleza, cuando dice que lo que hace que la amemos no es la simple contemplación de una flor, de una fuente, de una piedra cubierta de musgo o de unos pájaros que cantan, sino la idea que estas imágenes nos transmiten: “De ella hemos venido y a ella volveremos. Nacemos de la naturaleza y a través de nuestra cultura, siguiendo el camino de la razón y la libertad, regresamos a ella”. Todavía más puro y profundo es el concepto que San Pablo tiene de la dualidad de la naturaleza. En su carta a los romanos dice: “La creación no fue sometida a la caducidad por propia voluntad, fue sometida con la esperanza de que sería liberada de la servidumbre de la corrupción, logrando la libertad para mayor gloria de los hijos de Dios”.

Estos son pensamientos muy profundos. Tras miles de años de aceptarlos ¿podemos atrevernos, inspirándonos en nuestros anhelos y aspiraciones, a trasladarlos a la obra de arte? Wagner lo ha hecho, ha puesto en su drama la idea de la compasión y la figura del Salvador. Por encima del dolor del Viernes Santo se eleva tierno y delicado el sereno tema del prado florido. Cuatro veces se repite la fascinante onda sonora que nos hace sentir como el niño perdido que encuentra de nuevo a su padre. “Lágrimas y consuelo al mismo tiempo”. “Todo lo que florece y que no tardará en morir, toda la naturaleza purificada, obtiene hoy su inocencia”. En 1890, H.v.Wolzogen, el fiel apóstol del maestro, el caballero del Grial, el gran experto en “Parsifal”, en su disertación: “¡Muere mujer impía!”, decribió así esta emotiva y maravillosa escena: “Envuelto en el milagroso encanto del prado florido, con Kundry llorando a sus pies, no capta, a pesar de la revelación que le ha sido hecha en el 2º acto, la acogida fraternal de los hombres, el “tat tvan asi” de la naturaleza que se halla inmersa en la sagrada gracia del Salvador. Pero con un beso purificador es capaz de redimir a la infeliz mujer a la cual la primaria fuerza de su pasión había logrado, por desgracia suya, destruirle el deseo de hacer el bien, y junto a ella acoge acogido con el mismo amor las flores hermanas del jardín encantado, compañeras ya marchitas, en el doloroso camino de la vida... y tras el Encanto del Viernes Santo y la redención de Kundry, la música con unas notas estremecedoras que contienen todo el dolor del mundo, acompaña nuevamente al héroe vencedor hasta el templo del Grial... ¡Oh! ahora entiendo la inclusión del tema del dolor materno en esta poderosa elegía: es la asombrosa confirmación de la total fusión de los seres sanos con los seres dolientes; porque el dolor de la madre se ha convertido para él en el dolor del mundo; en el dolor de la que dio a luz se halla la premonición del sufrimiento de la humanidad y el anhelo por la naturaleza -Amfortas y Kundry- que el hijo de Herzeleide ha llegado a conocer a través de la compasión y la caridad”.

Después que las briznas de hierba y las flores recibieran el Encanto del Viernes Santo, Wagner no podía olvidar a los animales. El conmovedor tema del cisne es un eco de la lejana juventud y de los años de lucha. Quizás el cisne que Parsifal mata es la madre del mensajero del Grial que hace que Lohengrin llegue hasta Elsa.

Si repasamos las obras poéticas de otros tiempos y de otros pueblos nos encontraremos con varios intentos de utilización del mismo tema. Recordemos el cuento infantil de Andersen: “El Hada del Paraíso”, su tema está inspirado en la historia de Parsifal; así como basándose en su teosofía y en su mística, Hans Reinhard (Wagner fue amigo de Reinhard y Sulzer, ambos residentes en Wintertur) escribió también una conmovedora obra teatral sobre el asunto. Una biznieta de la amiga de Wagner, Jutta Wille, reclama que se preste atención a su punto de vista, según el cual pretende demostrar que existe un precedente en Calderón. En la obra “Los encantos de la culpa” las flores se deshojan y mueren cuando Odiseo sucumbe a la seducción de Circe. En el “Parsifal” de E.TA. Hoffmann, el peregrino inocente y puro resiste los encantamientos del turco Gamaheh; finalmente el voluptuoso ser, producto de la naturaleza, que como el cardo daña el pie que lo pisa, será redimido al morir, herido por el restallante rayo dador de vida de Karfunkel.

Pero a través de estos espléndidos parangones regresamos nuevamente a Wagner. Lo que en otros lugares sólo son referencias, en sus obras la música es la exacta transcripción de la naturaleza. De qué manera tan maravillosa la invisible Herzeleide está presente en todo el Festival Sagrado, Herzeleide la que en el poema épico hace cazar los pájaros cantores para matarlos después... 
Recordemos la carta que en 1846 Wagner escribe a su madre en el día de su cumpleaños -el penúltimo- “..la amorosa naturaleza nos hace sentir que le pertenecemos, que nacemos de ella como los árboles, como las plantas, que crecen y se desarrollan a partir de una semilla, florecen calentándose al sol, se alegran de la vivificante brisa y no se secan y mueren hasta que han esparcido sus simientes de las que saldrán nuevas plantas abiertas a una joven vida. Al sentirme parte de la naturaleza es cuando me abandona el egoísmo, es cuando deseo tender la mano a todos los hombres de bien. Y es entonces cuando echo de menos la madre de la cual he nacido, y que se marchita para que yo florezca”.

Estas palabras nos dejan ver el constante amor que Wagner sentía por la naturaleza y como en su última obra maestra la evoca a través de su música. ¿Podremos los esclavizados hijos de esta naturaleza, hombres como todos, ser capaces de no dejarnos dominar por una naturaleza desbordada, por la exaltada antinaturaleza de Tannhäuser, Tristán, Wotan, Amfortas o Klingsor? “¡Oh! ¡Mundo extraviado, envuelto en tinieblas, buscando ansioso el bien supremo, la fuente de perdición me consume!” 
Esperemos que tras el error y tras la senda del dolor también nosotros seamos capaces de escuchar de nuevo el murmullo del bosque del Grial, que tras la dolorosa noche podamos disfrutar de la gloriosa mañana y como Parsifal contemplar extasiados el bosque y el prado. Entonces revivirán en nosotros las  setenta primaveras que han pasado tan rápidas y dejaremos resonar, dulce y continuamente, en nuestro oído y en nuestro corazón, la voz de Parsifal perdiéndose a lo lejos: “!Cuan bello me parece hoy el prado!”. 
 

NOTAS:

(1) Artículo publicado en el Programa de los Festivales de Bayreuth de 1934, traducido del alemán por Rosa Maria Safont. 
 

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