Por Jordi Mota


Hace de esto unos 30 años. Yo ya era un entusiasta wagneriano pero mi único contacto con la obra del inmortal maestro se limitaba a las horas de espera y a las habituales carreras por las escaleras del Liceu para lograr una de las pocas plazas de visibilidad en cuarto o quinto piso. A veces todas las ilusiones se venían abajo cuando la inexperiencia te hacía confundir de puerta. Cuando recuperabas la orientación ya habías perdido la localidad. Por eso cuando pregunté en la portería del Liceu por el estudio de Mestres Cabanes y pude ver por primera vez en mi vida la sala vacía, oscura, durmiendo plácidamente a la espera del nuevo y siempre diferente espectáculo, quedé un poco sobrecogido, quedé tan impresionado como cuando entré por primera vez en la sala de oro y terciopelo de nuestro primer coliseo, cuya grandiosidad nunca podía haber imaginado visto el edificio desde el exterior. En aquella ocasión me impresionó también sobremanera la pintura de Ramir de Lorenzale representando los adioses de Wotan y que entonces presidía el Teatro dejando patente el entusiasmo que Cataluña siempre tributó al genio inmortal.

Subí lentamente la escaleras y pude recrearme un poco en la tramoya teatral, algo similar al Hotel Ritz (el de siempre aunque ahora ya no se llame así por conveniencias mercantilistas) donde en cuanto te apartas del “decorado”, todas las dependencias interiores son viejas, polvonentas, decadentes... Subí tímidamentre los últimos peldaños y entré en una sala enorme, donde vi a lo lejos -me pareció lejísimos- al artista trabajando incansablemente. Me acerqué temeroso pero pronto la cordialidad extrema del gran hombre me hizo recobrar la confianza. Si él hubiese intuído lo pequeño que me sentía ante el artista genial, posiblemente se habría echado a reir, pero poco a poco fui recobrando el aplomo y empecé a mirar por aquel enorme y desvencijado estudio, los apuntes, las notas, los dibujos y los cuadros. Unos enormes Adioses de Wotan, un pequeño cuadro, precioso, de los mejores que le he visto, con la Walkiria dormida. Dos gigantescos cuadros. La visión de unos de ellos representando el despertar de Brunilda supongo que me produjo la misma sensación que tenían los héroes cuando entraban en el Walhalla transportados por los caballos de las walkirias. 
Nunca hasta entonces había contemplado cuadros wagnerianos y menos al natural. Aquello era más de lo que mi emoción podía soportar. Estuvimos hablando durante bastante rato, ¿cuantas tonterías debí decir? Me encontraba incómodo pensando que le estaba robando un tiempo que nunca mejor dicho era enormemente valioso. Sus pinceles creaban ilusiones, sueños, fantasías y yo no hacía sino entorpecer la imaginación creativa... Miraba de reojo los cuadros wagnerianos intentado fijarlos en mi mente, no me atrevía a quedarme quieto, ignorar la presencia del artista, y analizarlos y disfrutarlos. ¿Cuando podré volver? ¿Qué excusa puedo dar la próxima vez? Bien, vendré con un amigo, y luego con otro, y otros después... En una ocasión me crucé con él en la calle. Yo iba en bicicleta y me paré para saludarle.

Quedó algo estupefacto al encontrar a un entusiasta de su obra que viajaba en tal singular vehículo. En aquella ocasión evidentemente no me reconoció en tan peculiares circunstancias. Poco me imaginaba yo entonces las muchas veces que en el transcurso de mi vida podría estar conversando amigablemente con él gran hombre y con su no menos entusiasta y simpática hija. 
Durante los años de su enfermedad fue cuando más pudimos hablar con él y se reveló un gran conversador como había sido un gran artista. Explicaba anécdotas divertísimas -¡debí tomar notas!-, comentaba sus ideas artísticas y vapuleaba -vapuleábamos-sin compasión a los embadurnadores actuales que aunque dicen que no saben pintar porque no quieren, es más bien que no quieren pintar porque no saben. Y también la gastronomía tenía su parte en todo ello. Un pastel de chocolate que hace mi esposa era muy apreciado por el artista, siempre amable y comprensivo. 
Recuerdos entrañables, imágenes sugestivas. Mestres Cabanes es para nosotros 
-para mi esposa y para mí- sinónimo de humor, risas, simpatía... claro que después la enfermedad se fue complicando cada vez más y nosotros nos limitábamos a ver las cosas desde lejos, mientras a su hija le correspondía la labor permanente y agotadora de atender al padre en sus últimos momentos. Poco antes de morir fuimos a visitar al Maestro en su casa de Sitges. Nos acompañaron nuestras sobrinas que en aquella época debian tener 8 ó 9 años. No pude por menos que pensar lo sorprendidos que quedarían los habitantes de la Barcelona del año 2070 cuando mis sobrinas les hablasen de que habían conocido al último gran escenógrafo catalán, el inmortal José Mestres Cabanes, nacido en ¡1898!

Como recuerdo del gran artista, vamos a “inventarnos” una entrevista con él. Esta entrevista estará formada por una refundición de diversas entrevistas. Es decir, la entrevista será inventada, pero las palabras de J. Mestres Cabanes serán rigurosamente auténticas. Empecemos pues.

-Usted ha pintado excelentes escenografías wagnerianas, ¿le gusta en especial Wagner?

-Sí, a mi me gusta mucho Wagner. Me Conozco muy bien sus obras, pues para pintar sus escenografías me he de conocer bien cada obra. No como hacen ahora que, por ejemplo el “Lohengrin” de hace unos años, con un mismo decorado se hacían los tres actos. Wagner, en sus escritos, dejó perfectamente detallado como tenían que ser estos decorados. Incluso cuando Wagner hizo Parsifal hizo viajar a un pintor para que le trajera diversos bocetos y escogió uno de estilo bizantino. ¿No lee el director la partitura y los cantantes sus papeles? Yo no puedo, ni debo, ni quiero cambiar nada. Estoy obligado a respetar a los músicos. Cuando pinté “La Walkiria”, el Director, Meissner, me dijo que tendría que ir a Alemania a pintar esos decorados, pues lo abetos se salían del escenario. Los vi en Ordesa. Aquello fue una gran fuente de inspiración. Ante mí se hallaba un enorme abeto con unas ramas extendidas tan enormes que parecía que se pudiese caminar por ellas. De allí saqué mis abetos para las decoraciones wagnerianas. Yo me he fijado siempre en lo que decía Wagner: si un árbol está a la izquierda o a la derecha, si es un abeto o un roble, si aquí es de noche, las sombras y las luces, etc. Pero, desgraciadamente, luego no lo hacen en el teatro como uno quiere, y por eso no voy casi nunca a las representaciones, porque siempre me llevo algún disgusto. Prefiero no verlo. Es terrible lo que me hacen con los decorados. ¿Y el barco de Tristán? La de cosas que suprimen, escaleras, cuerdas... En ese cuadro había 80 piezas y lo hicieron con 10 o 20. Ahora sólo ponen el palo en medio y una vela y ya está. Yo había pintado un barco entero. Y hay trabajo para pintarlo todo, con tantas maderas y toda la complicación de un decorado. Yo no estaba pero enseguida pedí que me quitasen mi nombre. El cartel ya estaba impreso pero tacharon mi nombre. El director de escena hace lo que quiere. Yo entrego la decoración y después él hace lo que quiere. Además el nombre del pintor apenas es tenido en cuenta. Antes no incluían ni nuestro nombre en el programa, ni a Alarma ni a mi, y ahora en cambio, a un maquinista, Anguera, que ha hecho algunas decoraciones le han puesto hasta la foto en el programa.

- ¿Qué opina Vd. de las escenificaciones modernas?

-Esto es engañar al público. Yo no quiero ni verlas. Cuando se hicieron los Festivales Wagner en Barcelona, me dijeron los nietos de Wagner si quería trabajar en la decoración, pero me negué en rotundo. Varias veces se han oído en el Liceu gritos reclamando mis decorados. Y es que hoy la gente lo aguanta todo, porque en general lo que se hace ahora no son decorados ni nada. Además entre ellos se ayudan alabándose unos a otros como ocurre con la pintura moderna. No saben dibujar, eso es todo. Forman un clan y se apoyan mutuamente. Pero tengo la impresión de que, el día que un artista de verdad se proponga valientemente reponer con los usos modernos obras de ingenio que merezcan la pena, el Arte auténtico habrá dado de nuevo un paso adelante, enseñando a los espectadores el amor a lo bello y a lo útil que es el fin primordial de la verdadera escenografía que será y ha sido siempre el complemento de toda obra teatral; deno ser así el crepúsculo es evidente y sólo la historia recordará lo que fue en verdad la escenografía.

-En un Holandés que ví en el Liceu había un barco entero en el escenario.

-Sí, claro. Esto es lo fácil. Cuando no se sabe pintar se tiene que montar todo ahí realmente en el escenario, pero los decorados se tienen que guardar en una estantería y deben hacerse de manera que puedan guardarse muy bien, cuanta menos parte corpórea, tanto mejor. La gracia está en que una superficie plana tenga relieves. Yo pintaré un objeto y la luz puede venir de la derecha, de izquierda o de frente, de arriba o de abajo, porque está pintado, pero lo de ellos es distinto. Según como lo iluminen quedará completamente plano y siempre 
tendrá que ser igual la iluminación. Recuerdo que para aquel espectáculo que se llamaba Luces de Viena, se utilizaban unos adornos de yeso y yo les propuse que comparasen el mío pintado y el del yesero. Al verlos los dos se pensaron que el pintado era el del yesero, pues el mío tenía relieve, mientras que el auténtico quedaba plano. Yo las cosas las pinto ya con la sombra, así que la iluminación que se dé no tiene importancia. Lo que sucede a menudo es que al reponer viejas decoraciones pintadas, éstas se hallan sucias y cuarteadas. Antes de reponerlas hay que restaurarlas y eso requiere buenos pintores que ahora escasean. Se reponen sin restaurar. Pero el día del estreno el efecto es magnífico.

- ¿Puede lograrse bien el efecto de un amanecer a través de la pintura?

-Sí, claro. En el “Lohengrin” cuando tocan la diana, se va haciendo de día. Aque-llo era muy bonito. Y aquel de la Walkiria -nos señala un cuadro en la pared- tengo todo un decorado de fondo, sin ciclorama, que representa un amanecer, todo transparente, que es colosal. Por detrás se ponían las luces y realmente parecía que salía el sol. Ahora con el ciclorama proyectan una película con unas nubes y sale así. En cambio con telón de fondo se hace transparente y detrás se colocan los focos y el efecto es perfecto.

- ¿No se va a decidir Vd. a pintar a la manera de Picasso, Dalí, Miró etc.?

-Mientras esté en mi sano juicio no. Yo soy de la escuela clásica, la única que refleja la realidad tal cual la vemos ahora con estos dos ojos que Dios nos ha dado. Cuando yo la vea de otra manera entonces pintaré de otra manera, pero antes no.

- ¿Cree usted que Picasso y Dalí sean grandes pintores?

-Es posible que sean, en efecto, grandes pintores, pero lo disimulan muy bien. El éxito de Picasso y Miró creo que es debido a los marchantes, yo les admiro por la suerte que han tenido, pero no me gusta criticarlos. Cada cual que pinte lo que le parezca. Yo soy 
incapaz de pintar una cosa repelente; no comprendo pintar una cosa que no me gusta o no exprese nada. Creo que el pintar debe ser el alma con que el pintor se entrega a su obra que disfruta pintando. Hay muchos pintores que no hacen otra cosa que ir dando vueltas de un lado para otro, probando todo tipo de pinturas y formas. 
 

El maestro hace una pausa y rebusca encima de la mesa entre unos papeles, coge uno de ellos y me lo entrega diciendo: “Lea este formidable artículo”. Está como sacado de una revista hecha a ciclostyl y se titula “Picaso va a morir”. Está firmado por Gabriel de Armas: “...nadie, nadie como Picasso se ha complacido en maltratar, con sacrílega rabia, con tan sádica crueldad, la fisonomía humana. Ha descargado golpes, sin piedad, contra la obra maestra de Dios: el hombre. Y ha creado un feísmo blasfemo contra la propia belleza, criatura del Hacedor. No es cierto, no, que el hombre tenga tres narices, cinco ojos, seis cuernos y una expresión inhumana, brutal, repulsiva, que el mismo Satanás en persona reclamaría complacido para sus servidores... Picasso va a morir. Y me da pena. Sí, me da pena de que este hombre, español de fama universal muera impenitente en su sádico feísmo, sin advertir la hermosura que por todas partes le rodea...” El artículo está fechado en 1969 y en esa época debió ser dinamita pura. Pienso que nos hemos excedido ya en el tema y continúo con la obra de Mestres.

- ¿Aunque a Vd. no le resultase rentable económicamente, haría una escenografía?

-Sí, sí, claro. Aunque gano más con una sola pintura de un metro cuadrado y ocho días de trabajo que con una decoración de doscientos metros cuadrados y tres meses de ruda faena, preferiría hacer unos decorados porque me gusta el trabajo. Cuando los ves acabados, experimentas una alegría inmensa. El día de la entrega es algo colosal. Yo en este momento si me encargasen una escenografía, sin ayudantes no podría hacerla. Se necesita la parte de mano de obra, el que dibuja, el que pega el papel, el que recorta...

- ¿Le es muy difícil hacer una decoración escénica?

-Naturalmente. Es muy laborioso, tiene más complicaciones de las que parece. Ha habido ocasiones en las que me he pasado noches enteras trabajando aquí con mi esposa y mi hija y unos conocidos, recortando y poniendo redes pues el estreno era a los pocos días. Después de haberse informado leyendo la obra, escuchando al autor y repasando libros e ilustraciones, se hace un croquis al carbón, que contendrá la idea madre y luego se pinta una acuarela que se muestra al autor y a la empresa y si ellos lo aprueban se procede a montar el teatrino corpóreo, en la escala exacta de un tres por ciento, y se termina por la realización, que en nuestro teatro del Liceu supone decoraciones de veinte metros por once. En honor suyo le voy a montar aquí mismo el último realizado por mí, el de la ópera “Canigó” del Padre Massana. Aquí tiene usted la boca del escenario, que parece de juguete, a proporción con la del Liceo; aquí estos bastidores, bambalinas, rompimientos, practicables, envariliados, apliques, varales, panoramas.., todo a escala exacta. Este monasterio, estas montañas, estos peñascos... Hasta los personajes, recortados en cartulina: éste es el Abad Oliba, con sus barbas y sus ornamentos y su báculo, que sale del cenobio; y este caballero de feroz talante es el conde de Tallaferro, y este joven es Gentil, y esta bella hada alada es Flordeneu...

- ¿Tuvo éxito la obra?

-Un éxito rotundo y muy merecido porque la ópera, de amplio estilo wagneriano, es todo un acierto, y el público correspondió magníficamente.

- ¿Y económicamente?

-No fue un negocio para mí ni para nadie. Pero es que tampoco se trataba de ganar dinero precisamente. A todos nos bastó con el éxito de público y de simpatía que se ganó la obra. El señor Gobernador, que corrió con todos los, gastos, puso de su bolsilo particular muchos miles de pesetas que el taquillaje no cubrió ni con mucho. Yo puse mi trabajo y mi fantasía. En el decorado aparecía una enorme bandera catalana en una época en que estaba poco menos que prohibida. Pedí al gobernador que me autorizase a ponerla y aunque su rostro reflejó la sorpresa, accedió.

- ¿Podría Vd. por ejemplo, hacer una nueva escenografía de una obra de la que ya ha hecho una?

-Sí, sí, naturalmente. Siempre se pueden encontrar nuevas ideas. Yo por ejemplo he pintado un centenar de cuadros de la catedral de Burgos y siempre han sido distintos aunque sean de la misma Catedral. Son puntos de vista distintos.

- ¿Sólo ha pintado la catedral de Burgos?

También he pintado otras catedrales como las de León yToledo pero la gente sólo me pedía la de Burgos. También pinté el famoso monasterio burgalés de Las Huelgas. Conseguí, cosa muy rara, un permiso del arzobispo de Burgos y de la Madre Abadesa y me metí de rondón por toda la clausura del convento. Mientras, sentado ante mi caballete, pintaba el claustro de las tumbas reales, se me acercaban poco a poco por detrás algunas monjas y contemplaban en silencio, a veces durante un par de horas, como iba llenando yo la tela. Yo hacía que no me daba cuenta. Y cuando sonaba a los lejos la campana avisando un acto de comunidad, las monjitas se iban pasito a pasito sin hacer ruido con las sandalias. A veces venía también la Abadesa, quizá con ánimo de alejar de allí a mis silenciosas admiradoras, pero al llegar ante mi cuadro no decía nada y se quedaba también contemplando mi obra.

- ¿Cuantos cuadros ha pintado sobre temas wagnerianos?

-Unos treinta -palabras pronunciadas en 1978, posteriormente realizaría las 12 pinturas para el centenario del nacimiento de Wagner, con sus respectivos bocetos y sanguinas-. Pero he dejado de pintarlos. Si los tuviera todavía los vendería. Pero lo be dejado porque representa mucho trabajo. Tengo que hacer la composición y después pasarlo, mientras que si voy a Venecia y pinto tres cuadros, ya tengo la composición hecha porque lo tomo del natural. Algunos de los de Wagner eran muy bonitos. El de Sigfrido cuando encuentra a Brunilda, con el resplandor del fuego, era muy bonito. 
 

De entre todas las frases, explicaciones y relatos que hemos utilizado para redactar esta entrevista en la que, repetimos, nos hemos servido exclusivamente de las propias frases y palabras de José Mestres Cabanes, hemos guardado para el final dos por su especial importancia. Una nos conmueve y alegra profundamente como wagnerianos: “Wagner me hubiese felicitado sin duda, porque siempre he interpretado lo que él quería”. La otra, contrariamente, nos produce tristeza, especialmente por haberse convertido en una profecia: “Mis decoraciones no se repondrán más. Ahí está todo, perfectamente indicado, incluso las luces. Tienen los planos. Pero no harán nada”. Por una vez desearíamos de todo corazón poder decir que Mestres Cabanes se equivocó, pero por el momento no parece probable. La labor de la Associació Wagneriana desde su fundación en 1901 no habría sido la misma sin la colaboración de la gran escuela escenográfica wagneriana catalana. Ellos, nuestros escenógrafos, pusieron imagen a la música, contribuyeron a hacer comprender la obra wagneriana a través de su espíritu de servicio, de su modestia y de su trabajo abnegado y extraordinariamente laborioso con la única finalidad de colaborar en la interpretación de las obras wagnerianas según los deseos del maestro inmortal. Este ha sido un año de homenajes y celebraciones, algunos ya han tenido lugar y otros están previstos, pero lo que a nadie parece interesar es hacer una edición comercial de “Los Maestros Cantores” con los decorados de Mestres Cabanes. Decía Eulalia Pahissa, la hija del ilustre maestro catalán, que el mejor homenaje que se podía hacer a un compositor era programar su música. Creemos que lo mismo podríamos decir de Mestres Cabanes. Para rendir un recuerdo al último de nuestros 
grandes escenógrafos nada sería más adecuado que dar a conocer la única -lamentablemente la única- escenografía que las modernas técnicas de reproducción han dejado ya para la posteridad, siempre y cuando alguien logre desempolvarla de los archivos de video de televisión española y sacarla del pasado para proyectarla hacia el futuro. En cuanto a la posibilidad de que sea repuesta en algún teatro, eso evidentemente sería lo mejor, pero es todavía más utópico que aspirar a disponer de grabaciuones comerciales en video de “Los Maestros Cantores” con sus decorados. 
José Mestres Cabanes nos dejó. Nos dejó con su muerte, pero también nos dejó un valioso tesoro artístico que las generaciones futuras sabrán apreciar en su justo valor. Todos nosotros tenemos una deuda impagable con el entrañable artista que a través de su imaginación y de sus pinceles nos supo transportar de la fría vida metropolitana de finales del siglo XX, a los románticos e idealistas paisajes de los bosques de la Alemania del pasado. 
 


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