DE BEETHOVEN A WAGNER (EL ROMANTICISMO MUSICAL)
Por Miquel Payán
 

La transformación musical en Centro Europa, dando un paso agigantado del convencionalismo estático, el barroquismo aburguesado y el metodismo clásico, al contenido real y descriptivo de la vida humana, con sus pasiones, sus amoríos y la contemplación de la Naturaleza, tuvo como mar el romanticismo. Para ello, y como siempre ha acontecido, para el derribo de lo establecido, fue necesario el talento revolucionario de un sabio y valiente a la vez. Como en otras históricas ocasiones relacionadas con el Arte, siempre hubo un primero. 


El que rompió la lanza a favor de una nueva música sinfónica fue L. van Beethoven a partir significativamente de su Tercera Sinfonía (Heroica). Según se ha sabido, el estreno de ella tuvo una diferente respuesta por parte de la crítica, de sus amigos y del público; y quién sabe si su dedicatoria a Napoleón Bonaparte influyó políticamente... La historia está llena de ejemplos en otros campos; en los de la Ciencia, en la Religión y en la Política Social. En Beethoven, pues, se debe una significativa apertura para dar paso, años después, al Romanticismo. 
El Romanticismo fue la cuna en la que las Bellas Artes tomaron un vuelo importante para sensibilizarlas y hacerlas más endulzantes para el goze del alma; borrando su superficialismo tradicional.

Durante el pasado siglo, desfilaron en el campo musical grandes genios, sentando por primera vez las bases armónicas necesarias, para que ellas fueran un conducto idóneo para penetrar en el alma de sus seguidores los sentimientos más exquisitos de la vida; como el amor y los más profundos, como la verdad muda de la misma. Recordemos por orden cronológico los siguientes: Beethoven, Weber, Berlioz, Brahms, Mendelssohn, Schumann, Wagner, Strauss, Dvorak, Chopin, Bruckner, Tchaikovsky, etc... 
Así, pues, en el terreno operístico, Weber fue el primero que inició el camino para que el contenido verista del drama se asociara con el sentido musical descriptivo del mismo; pudiendo asegurarse que fue él quien intuyó el “Drama Musical”, ampliado, después, por Wagner. Y fueron Schumann y Chopin, por ejemplo, los que enriquecieron con sus melodías, un alto valor humano en sus composiciones pianísticas; saliéndose del puro mecanismo clásico y del formato rigurosamente exigible y del imprescindible minué (aún usado por Schubert).

En el terreno sinfónico le siguieron Beethoven y Brahms; dando un paso más hacia el sentimiento humano (espejo de su bondad innata) que ampliaron magistralmente la magnitud orquestal. Después siguió Berlioz, añadiendo una mayor técnica compositiva y un peculiar sensacionalismo dramático y trágico en sus versiones (Sinfonía Fantástica). 
Cuando el siglo del romanticismo declinaba, los dos “Ricardos”, Wagner y Strauss, lo apuntalaron; siguiendo Bruckner, Dvorak y Tchaikovsky, procedentes todos ellos de la escuela romántica, y siendo Strauss el fundador de la escuela moderna. 
Ricardo Wagner fue el propulsor de la Opera total, con su tesón y contra toda corriente establecida; importándole muy poco las repulsas estentóreas de la crítica y del público. Quizá por ello es comprensible que tuviera una predilección en dirigir las obras de Beethoven, el primer revolucionario de la música sinfónica, con su “Tercera sinfonía” y su “Fidelio-Leonora”, años atrás, intentando dar a entender que la Música era otra cosa, no un pasatiempo pueril.

A lo largo de sus obras Wagner quiso interpretar musicalmente, como vehículo sensitivo y comunicativo, las grandezas del amor, las renuncias heroicas, el misticismo de la Fé, las bajezas del odio, las gravedades de los anatemas, las bellezas de la naturaleza y el misterio de los mitos. Y cuando se sintió herido por la injusticia del imposible (“Tristán e Isolda”), supo reaccionar y se permitió desahogar su espíritu con humorismo e ironía, aprovechando su antagonismo por el sentido retrógado de la entonces ópera en curso, creando “Los Maestros Cantores de Nuremberg”. En aquel poema significó la victoria del nuevo y real sentido humano de la vida social y del amor impetuoso, contra la vetustez de los estilos interpretativos de su época; todo ello reflejado magistralmente entre el bueno Sachs y el petulante arcaico Beckmesser.

Cuando empezaba el presente siglo, las teorías wagnerianas impulsaron a un nuevo genio musical, Strauss (el segundo Ricardo), camino de una nueva y gran magnitud sinfónica; todo y que, en un principio, no estuviera muy conforme con los métodos temáticos de Wagner y su “leitmotiv”, prefiriendo dedicarse a la creación del poema sinfónico, del que fue maestro. Una nueva forma musical no operística y descriptiva de los temas más humanos. Luego volvió al teatro; pero apartándose un poco del romanticismo ya decadente; con estilo propio, camino del Modernismo naciente. Sin embargo, en algunas de sus óperas se observan salpicaduras románticas. Y también, como Wagner, quiso demostrar su talento humorístico y crítico sobre la pedantería burguesa de los “empelucados” de la alta sociedad palaciega, creando su “Caballero de la rosa”. En ella tambien resalta significativamente el decrépito personaje Barón Ochs de Lerchenau, también resaltando la victoria de lo puro y nuevo sobre lo decadente. Hay que reconocer que, después de la última época del romanticismo, en todas las Bellas Artes, fue aceptada y disfrutada en el mundo cultural; todo y el auge del Modernismo. Eminentes compositores como Tchaikovsky, Dvorak y Sibelius, aún influenciados por el romanticismo, iban triunfando y sus composiciones quedaron insertas en el programa de los conciertos. Estas reminiscencias ochocentistas acabaron después de Strauss y Mahler, los cuales no dejaron, como Wagner, escuelas básicas para composiciones futuras frente al Modernismo melódico. Después de Mahler vino el “caos” armónico. Advenedizas “eminencias” (?) interrumpieron, con pretensiones “redentoras”, cavalgando en el Futurismo, el Unisonismo, exento de melodía, y el vanguardismo “snob”. 
Es de observar, pero, como el lirismo wagneriano se asomó en algunos fragmentos sinfónicos de Mahler; (8ª Sinfonía) y entre sus románticos lieder, como en “las cinco canciones a cinco niños muertos” (1901), sobre todo en la segunda, de reflejos “tristanianos” y en las trompas durante el quinto lied de la misma serie.

El Romanticismo europeo tuvo también repercusiones esporádicas en Italia, aunque en un estilo mediterráneo, creando el Verismo. Un estilo pseudo-romántico nacido en el pasado siglo, y capitaneado por los insignes Puccini, Mascagni, Leoncavallo, Giordano y Cilea, etc. También, como el romanticismo, vino a dar un nuevo sentido humano a la ópera, en respuesta al “verdianismo” imperante. 
Como sucedió con las demás Bellas Artes, el arte musical sufrió la metamorfosis parecida a una revolución demoledora de lo establecido; pero al revés. Así como en el caso Beethoveniano y Wagneriano fue para arrinconar lo viejo por carente de expresividad y para edificación de algo relativamente mejor, los artistas de turno destruyeron lo bello, lo exquisito, lo ético, para que las nuevas generaciones convulsionaran sus oidos con estridencias, ruidos, y disonancias, convirtiendo astutamente las Bellas Artes en Feas Artes. Todo ello arropado por una gran parte de público “Snob” e influenciado por una prensa ansiosa de personal sensacionalismo y por corrientes llegadas de un mundo norteamericano exento de historia cultural y cargado de imperialismo triunfante bélicamente en dos grandes guerras; siendo allí precisamente donde algunos de nuestros bisoños y “avanzados” artistas recibieron el espaldarazo del dólar para medrar. Hay que confesar que en el terreno operístico también en Europa aparecieron brotes de discutidos escenógrafos convirtiendo la escena en un jeroglífico incomprensible.

El derrumbamiento de la Cultura europea, en general, durante el largo periodo romántico, madre de la máxima expresión humana y artística; el apocalipsis, después, del Modernismo positivo y valioso, se está consumiendo actualmente. La esperanza, pero, nos ahivia del desespero. La verdad, como todo lo bueno, siempre vencerá si un día las minorías llegan a convencer. Las minorías han sido siempre la despensa de la calidad; tanto material como espi-ritual. Demos aliento a las actuales minorías juveniles que prefieren “bañarse” en aguas puras del verdadero Arte; dejando que el fruto podrido actual caiga encima de las aguas infectas de un materialismo que quiere vulnerar lo eterno; lo universal. De momento, disfrutemos del consuelo de que aun existe un “MET”, un nuevo Liceo en proyecto, importantes teatros y salas de concierto, donde se respeta el Clasicismo, el Barroco, el Romanticismo y el Modernismo.

Para terminar, me permito exponer aquí un caso vivido por mi, que ilustrará el convencimiento de lo frágil que es el convencimiento que tienen los abanderados del nuevo estilo artístico, ufanos del derribo de todo lo bueno y valioso que nos legaron los grandes maestros, hoy desaparecidos, del Arte. 
Hace no muchos años, leí en un importante periódico barcelonés, la crítica que había hecho de un concierto sinfónico. El concierto terminaba con una de las mejores sinfonías del inmortal Tchaikovsky, la 6ª Sinfonía. Pues bien, el “experto” periodista (y compositor) dio la “campanada” siguiente: “Despues de oir las trasnochadas melodías de Tchaikovsky...”

Seguramente las escualidas composiciones de tan “avanzado” maestro, cuyo apellido silencio para no perjudicarle, no serán programadas tantos años como las del insigne compositor ruso. De momento, puedo asegurar que casi son olvidadas... 
 


Contáctanos