Por Miquel Payán

 

LA ESCENIFICACIÓN es básica para la realidad de las representaciones teatrales y operísticas. Es, además, un arte en el que contribuye esencialmente la pintura y las artes plásticas en general, conjuntamente con el adecuado hábito de los personajes que hacen más real las vivencias del drama o de toda representación teatral.

 

Grandes pintores y escenógrafos han contribuído a que las representaciones teatrales fueran enriquecidas en apoyo a la realidad emocional de las mismas. Muchos dejaron su fama para la posteridad. En Cataluña recordamos con gratitud a Soler y Rovirosa, Cabanes y Alarma.

 

Actualmente el Arte Escenográfico ha dejado de ser “bello” dentro de las Bellas Artes. Lo bello ha dejado de ser y merecer su adjetivo. Contemplemos las representaciones pictóricas que, salvo excepciones, hoy se exponen. Examinemos el contenido de las creaciones teatrales o cinematográficas que se representan, juzguemos las esculturas que se ofrecen en calles y plazas. ¿Dónde está la belleza? Veamos como el diccionario de nuestra lengua explica la palabra belleza. “Propiedad de las cosas que nos hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual”.

 

¿Por qué tal fenómeno metamórfico? Tiene su explicación. Consideremos y seamos realistas. Desde hace varias décadas ha aparecido una relativa escuela destructiva en lugar de constructiva; primordialmente en el campo de las Bellas Artes. Porque es más cómodo destruir que edificar, al amparo de un contemporáneo afán de crear celebridades artificiales para disimular la crisis de valores actual en el campo de las artes.

 

El auge de la técnica es tan patente, que está facilitando el trabajo creativo sin esfuerzo. Así pues, una celebridad se logra sin madurez, sin sacrificio y sin lucha para obtenerla. ¡Quizás mañana podrá ser ayudada por medio de un ordenador! Hoy, por ejemplo, creo que ya se están haciendo ensayos sobre ello.

 

Volviendo, pues, a la escenografía, es mucho más cómodo montar una escena con cuatro tablones y algunos módulos sofisticados y sin vida, que componer un decorado expresivo; con perspectiva y luminosidad. Así mismo es más cómodo vestir un duque del siglo XVIII con chaqueta de cuero, en mangas de camisa y sin corbata, ¡ o un Wotan con frac ! ¿Por qué cargarle con su coraza, su yelmo, su lanza y su tapa-ojo? Es más cómodo y más barato. Sin duda. Y por qué no, más demócrata en estos tiempos en que priva la democracia.

 

Este es el arte contemporáneo que, ayudado por los medios de comunicación y los críticos de arte actuales, quiere abrirse camino dentro de una sociedad conformista y snobista.

 

En cuanto a los compositores actuales, no necesitan romperse la cabeza pasando noches de insomnio; como lo vivieron los más célebres del pasado siglo, por ejemplo. Todo es más fácil y sencillo; sin complicaciones. Más elegante... Cuesta menos de ganar y de sudar pentagramas...

 

Y lo más chocante es que, en lugar de crear y esforzarse en fundar una sólida escuela propia y edificante, montando espectáculos modernos y apropiados para anunciar un nuevo ideal, estos genios de nuevo cuño, se dedican a destrozar con alevosía el sentido verista y humano de las inmortales creaciones de los verdaderos genios operísticos de antaño, con especial atención a Wagner o Strauss, como las víctimas más propicias, aprovechando el ya conocido mal entendimiento de cierto público adverso a ellos.

 

Estos montajes escénicos en liza, así como el ropaje de los artistas, evidencian una gran falta de respeto al público entendido y mayormente a la memoria de unos ausentes famosos que no pueden defenderse...

 

Estos nuevos montajes escénicos parece que tienen por objeto ridiculizar la obra wagneriana, a la vez que politizarla; cambiando el sentido moral del argumento, del ademán y de la acción, hacia un fin socializante materialista y de lucha de clases. Beethoven, Brahms, Wagner, Strauss y Mahler fueron unos revolucionarios. Pero perfeccionaron. No destruyeron. 
Si se pudiera, sería muy recomendable para contrastar pareceres, invitar a nuestra juventud a una representación de por ejemplo el “Holandés” en plan “moderno” (tal y como se ofreció en la última representación wagneriana del desaparecido Liceo) y al día siguiente ofrecerles la misma obra tal y como la creó Wagner. Seguramente nos dirían que por fin la entendieron.

 

Menos mal que el contenido musical de las óperas no ha sido aún adulterado. Sin embargo, hay que tener en cuenta que no hace mucho tiempo hubo un novel y arriesgado director de orquesta, de apellido Cobos, el cual tuvo la osadía de alterar el ritmo de algunas composiciones célebres, operísticas y sinfónicas para poder ser tarareadas por el público ignorante. Por fortuna ignoro donde fueron a parar aquellos discos. Seguramente tirados en algún polvoriento rincón; así como probablemente pararán las versiones operísticas iniciadas y protegidas por el que ha maltratado el apellido de su abuelo... 
 

 


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