Por Miquel Payán

 

Analizar musicalmente la operística de Wagner, su peculiar sistema de aunar el contenido sinfónico con el relato poético argumental del poema literario desarrollado en la escena, nos sorprende con detalles ignorados para quienes han seguido atentamente su arquitectura temática, durante la audición de sus obras teatrales.

Gracias a las ediciones analíticas realizadas por nuestros sabios musicólogos Joaquim Pena, y G. Zanné, y la colaboración de la “Associació Wagneriana”, se puede llegar al completo conocimiento de la rica “flora” temática de las óperas wagnerianas y sus partituras. Pero Wagner llegó a más. Entre el cuadro sinfónico de sus obras, se encuentran sorprendentes pequeñas pinceladas, (a veces inadvertidas), no temáticas, pero descriptivas, que son un modelo de refinada perfección. Es como el pintor que nunca cree terminados sus cuadros, y necesita un pequeño retoque para acentuar el valor de su contenido comunicativo. Así lo podemos adivinar en muchas obras plásticas de artistas célebres, (no en los destructistas de ahora). 
Estos detalles, creo que ya habrán sido advertidos por los mas diletantes seguidores de la gran obra wagneriana. Quizás mejor advertidos presenciando su repertorio, más que oyéndolas fonográficamente. Pero viéndolas y escuchándolas con atención, al momento de aparecer, se pueden considerar más bien plásticas que musicales; aunque no lo sean. 
Me permito, pues, relacionarlas seguidamente por si algún lector no está “entrado” en el placer de comprender a fondo el paraíso wagneriano. 
Comenzaremos por “el Holandés Errante”. En el preludio, notaremos como las tempestuosas olas abaten furiosamente el casco del buque fantasma. Ello se repite durante el monólogo de Senta.

Oigamos “Tristán e Isolda”. Cuando en el primer acto Branguena, llena de furor por las insultantes palabras del escudero Kurwenal, corre el cortinaje que separa la estancia de Isolda del resto de la cubierta del barco, notaremos como velozmente (en escala creciente), corre el anillado cortinaje. Después, cuando en el brindis mortal, copa en mano, los futuros amantes livan el enigmático brebaje, se puede oir levemente el recorrido traqueal de la pócima. Y pasemos al último acto. Ya, desde el prólogo, y repetidamente, queda magistralmente figurada la sensación de vislumbrar el horizonte del pastor en busca de la esperada nave, en una escala ascendente que describe la mirada escrutadora del lejano. Cuando Tristán cae abatido en su lecho de muerte por efecto de uno de sus arrebatos delirantes, su escudero Kurwenal corre asustado hacia él, suponiendo, horrorizado, que había llegado su hora mortal. Pone su oído sobre el pecho de su amo y oyendo los latidos del corazón de Trstán, se alboroza. Durante esta operación, podemos denotar en la orquesta el ritmo cardiaco, levemente primero y quizás un poco acelerado después. ¡Maravilloso! Y detalle rápido de gran acierto, el breve sonido extraño y poco musical que, en el momento del fallecimiento de Tristán, suena como un “ay" de un alma que se va. Después, cuando Kurwenal decesa al pie de su amo, mortalmente herido, suena un lento compás rememorando una estrofa de su canto natal y patriótico... ¡Admirable!... ¡Así escribía Wagner!

Pasemos a “la Walkiria”. En el preludio, se adivina la veloz carrera fugitiva de Sigmundo, y claramente la orquesta resalta los pasos veloces de él, bajo la furia de la tormenta y el rayo; hasta llegar a la puerta de la cabaña de Hunding. Y hasta podríamos adivinar el esfuerzo al empujarla. Seguidamente, cuando llega Hunding, sus pasos pesados son marcados con gran expresividad. Después, ¡atención! Sigmund empuñará la espada Notung y oiremos el esforzado tirón para separarla del árbol con otra escala musical ascendente. Son, también, harto conocidos el galope de las Walkirias, siempre que se hace mención de ellas. Y el sublime acto del emotivo abrazo de Wotan con su bija Brunilda; y como en el momento de acomodarla sobre la peña-lecho, es de remarcar como en la orquesta se realiza el misterio que invade la escena.

En “los Maestros Cantores”, observamos en el tercer acto, la entrada cautelosa de Bekmeser en la morada del gran Sachs, y oímos, cuando él hace un movimiento convulsivo, que la música define claramente los ataques de dolor; causa de la paliza que le arrearon David y otros vecinos, la pasada noche. Otro momento a resaltar, en el que el genio wagneriano es patente, es antes de empezar el delicioso cuarteto: se ha hecho el silencio y parece como si viniendo del cielo, una paz serenísima envuelve los cuerpos de los cuatro. Es un compás casi imperceptible, diflcil de acusar para el oído de quien no está atento o inadvertido. Y para terminar, ¡atención!, al finalizar el segundo acto, antes de bajar el telón, y después del paso del guarda de noche, ¡como Wagner expresa aquel silencio callejero lleno de paz vecinal...! ¡Es admirablemente delicioso! 
Pasemos a oir “Sigfrido”. Sí, hallamos hallazgos insospechados, veamos. Segundo acto, Sigfrido, enterado por el pájaro consejero de que Mime le prepara una jugada con su potaje letal, de un espadazo, le mata y después cree oportuno que vaya a pudrirse junto con Fafner, y aquí viene el dato: lo lleva hasta la boca de la gruta a rastras; pues los tres o cuatro tirones rastreros suenan en la orquesta. Y cuando después del último aviso del alado protector, él emprende el camino velozmente, parece intentar seguirlo con la mirada. Aquí se puede notar como el entusiasmo y el afán de Sigfrido queda reflejado en una carrera (allegro con brío) en la orquesta. 
Por último, no puedo pasar por alto, uno de los más sorprendentes detalles musicales y emotivos en “El ocaso de los dioses”. Muere traidonado Sigfrido por Hagen y empieza el cortejo fúnebre; pero antes, hay que levantar el cadáver. Fíjense bien en los tres movimientos esforzados para levantarlo; tres bruscas notas ascendentes ilustran marginalmente la acción (¡colosal!).

Supongo que se me ha escapado alguna más. Pero creo que los expuestos bastan para convencer al más ignorante “anti-wagneriano”, que Wagner no fue solamente un “funcionario operístico”. Además de un gran compositor “no por encargo”, un notable filósofo, un poeta, un patriota creador de un teatro nacional; un maestro para futuros maestros y un gran “pintor” musical, no de brocha gorda; un pintor de gran mano expresiva. 
En sus partituras operísticas (como en las del célebre “verista” Puccini), no existen espacios huecos ni compases inadecuados. El tejido sinfónico y oral, está lleno de inspirados retoques resaltando los discursos más emotivos del poema. Y son como piedras preciosas orfebráticas que ni el tiempo podrá ajar jamás. 
 



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