Por Miquel Payán


En estos momentos en que se está queriendo convertir las Bellas Artes en pura materia disolvente, con el concurso de ciertos valores nacidos de la dudosa y sofisticada moral psicológica y filosófica, sin conocimiento de cuanto preten-den enjuiciar; después de haber corrompido las Artes Plásticas en algo inocuo, insulso e irritante, empieza a tomar cuerpo la desmembración del arte operístico, empezando por uno de sus miembros más fáciles de dislocar: la puesta en escena. Mutilación cruel que deja seccionada la conjunción operística y por añadidura, el disfraz del vestuario y la insulsez del medio ambiente completan el asesinato.

Ello tiene, a pesar de todo, su origen. La falta de genios creadores de algo que tenga un valor que merezca pasar a la posteridad sin perder su brillo. A falta de valores creadores de ópera, por ejemplo, se encuentra ésta en manos de cuatro arriesgados arribistas, ignorantes del verdadero Arte que, aprovechando la lamentable situación amorfa y pancista de la sociedad actual, no poseen otra virtud que la de ensañarse con las obras de los grandes artífices del Arte Teatral y Musical. Son como gusanos que, para vivir, necesitan alimentarse de la sana manzana, a la vez que la van matando... (valga la comparación). 
Para su fin, aquellos “expertos”, pero sin curriculum brillante, han escogido la política para adivinar que Wagner, por ejemplo, había proyectado sus obras con unas gotas de política socialista. Siguiendo quizás la inveterada manía de querer despersonalizar la obra y el ideal de nuestro querido Maestro, le han colgado una etiqueta más de desprestigio.

¡Sólo le faltaba esto a nuestro Maestro! Ser un partidario del marxismo, y que escondiera estos sentimientos en los textos y partituras. ¡Sólo le faltaba esto para completar el repertorio de falsedades dedicadas solapadamente a minar su celebridad!. 
No es, pero, extraña esta maniobra encubierta. La de aquel grupo de politizados descubridores de enigmas, que están siguiendo la carrera ascendente de Kupfer y otros menos relevantes engendrados en países antaño “socializados”. La mala gestión comunista en aquellas naciones se refleja claramente en los resultados de ellos y es de esperar que seguirán hasta llegar al mismo fracaso. Poner un marchamo materialista en cualquier obra de arte, es un grave error. Y si ello va unido al abstracto y al surrealismo, la obra es incomprendida, incomunicante e irritante en extremo. No creo que nada bueno quede de ello. Un cuadro de Tapies o de Miró, por ejemplo, quedará relegado al astío o cansancio del público; como así terminarán las excentricidades del Sr. Kupfer, por más millones de dólares que se inviertan en propagandas y por más críticos pagados interesadamente que se presten a meter en la cabeza lo contrario a la ética. Como también llegara al momento que los artistas empiecen a no estar conformes en moverse entre paredes opresoras que mermen su cometido.

Actualmente hay que enjuiciar todo ello como una enfermedad mental pasajera o una epidemia que busca su fármaco más efectivo. Un estado actual y pasajero, falto de valores éticos y en abundancia de bobalicones prestos al “snobismo” de moda. Hay que reconocer, sin embargo, que existe una minoría joven y bien formada que se arriesga a protestar valientemente ante estos asesinatos al verdadero Arte. A ellos hay que poner todos los medios de acción posibles para que mañana se pueda recuperar el gusto a lo bello y al respeto a lo que los grandes artistas del pasado nos legaron para elevar nuestras almas. 
 


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