F. Nietzsche. IV de C. P. Janz. Madrid, 1985. Versión española de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera.
Musikalisches Wochenblatt, ed. por E. W. Fritzsch, año XIX, nº44. Leipzig, 25 de octubre de 1888.
El caso Nietzsche. Un problema Psicológico
Por Richard Pohl

 

Así y no El caso Wagner. Un problema para amantes de la música debería llamarse el folleto que Friedrich Nietzsche acaba de publicar (en C. G. Naumann, Leipzig). Cabría titular también a este panfleto La caída, La ruina o La decadencia de Friedrich Nietzsche. Pero, en cualquier caso, lo que aquí se nos presenta es un singular y nada común problema psicológico.

Friedrich Nietzsche fue uno de los wagnerianos más activos, más convencidos y de mayor ingenio; fue incluso más que eso: un íntimo amigo de la familia Wagner, que llegó a frecuentar regularmente su casa y a formar parte de su propio círculo familiar. A él se debe, por otra parte, lo más profundo que se ha dicho nunca sobre el arte de Richard Wagner: El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música (Leipzig, E. W. Fritzsch), un libro que sólo podía escribir un filósofo profundo, un filólogo de gran formación, conmovido en lo másprofundo por el arte de Wagner -algo que, como es bien sabido, no le había ocurrido hasta el momento a ningún catedrático de filosofía.

Este libro ha sido, ciertamente, más alabado que leído, y más leído que entendido. Pero fue, sin duda, un unicum en la bibliografía wagneriana, una aparición fenomenal. El autor cerraba el «Prólogo a Richard Wagner» con la siguiente frase: «A esos hombres serios sírvales para engeñarles que yo estoy convencido de que el arte es la tarea suprema y la actividad propiamente metafísica de esta vida, en el sentido del hombre a quien quiero que quede dedicado aquí este escrito, como mi sublime precursor en esa vía».

El libro apareció en 1872. A la edición de 1886, con título ligeramente modificado, el autor venía a añadir como introducción un «Ensayo de autocrítica», que no dejaba de parecer ya sumamente sospechoso. En él no duda en decir que a los 16 años de su elaboración (1870) el libro le resulta extraño y se le aparece, ante sus ojos más viejos, «cien veces más exigentes», no poco «desagradable». Lo califica de libro imposible, mal escrito, torpe, penoso, pretencioso y sentimental, etc.

No resultó fácil, en un primer momento, reaccionar con justeza ante tal actitud. Se dio en percibir en ello autoironía, un intencionado deseo de confundir, una parodia, también, de sus enemigos -que no le faltaban a Nietzsche, desde luego-. Pero ya entonces nos decíamos: si el autor reniega de su propia criatura, ¿por qué no la quita de la circulación? Si se decide a enviarla por el mundo en una edición renovada, ¿por qué le antepone semejante carta de Urías? Un autor extraño que al cabo de tres lustros no quiere o no puede seguir defendiendo lo que en su día defendió y muda la piel como un reptil.

Vieron la luz otros libros de Nietzsche en los que el autor daba abiertamente a entender que no se consideraba ya partidario de Richard Wagner. Y ahora, para acabar con todo equívoco aún posiblemente existente, publica El caso Wagner, donde solemnemente abjura de cuanto creyó, honró y predicó en otro tiempo. Se revela como un converso absoluto, que en el seno de la única fe capaz de procurar la bienaventuranza regresa a un arte -todavía no existente-. Paulo se ha convertido en Saulo; quien figuraba en el ápice del progreso, en un reaccionario; al amigo, en enemigo; el caudillo, en tentador. Es de suponer que los enemigos de Wagner se frotarán las manos llenos de placer y honrarán, con los ojos en blanco, los inescrutables caminos de la providencia que, contra toda noticia y expectativa, han permitido que ocurra esto para aleccionamiento y ejemplo.

Para mí, en cambio, lo que aquí está en juego es una cuestión más bien patológica. Hay algo de convulso, de antinatural e insano en este proceso, que ofrece síntomas harto sospechosos. Fenómenos de este tipo se han dado ya en todos los ámbitos de la vida del espíritu, en la religión, en la política, en la ciencia. Faltaban aún en el arte wagneriano. ¿Por qué no tenía que darse aquí también un retroceso semejante? Lo único que no me resulta claro, de todos modos, es el nexo causal; no conozco las causas que en este caso tuvieron que llevar de modo necesario precisamente a estos fenómenos. Puede incluso que las razones sean de orden puramente personal. ¿Quién sabe? ¿Quién sondea los estados anímicos a que pueden llevar vivencias personales y procesos internos o externos de singular fuerza y violencia? Lo que en relación con este tipo de fenómenos se apodera de nosotros es más bien un sentimiento de compasión. El hombre está enfermo...

Que en modo alguno se entienda lo anterior en un sentido exclusivamente irónico. Léanse simplemente las primeras frases de la carta turinesa de mayo de 1888 y se percibirá enseguida de qué va aquí todo: «Yo escuché ayer -¿lo creeréis?- por vigésima vez la obra maestra de Bizet. Y me sentí sumido en una dulce meditación. No sabía arrancarme a ella. Esta victoria sobre mi impaciencia me sorprende. ¡Cuán perfectos nos hace semejante ópera! Al oírla, nosotros mismos nos convertimos en una obra maestra.» Y algo más abajo: «¿Me atreveré a decir que la instrumentación de Bizet es casi la única que yo puedo soportar aún? Aquella otra orquestación que está hoy en boga, la wagneriana, brutal, artificiosa e “ingenua” al mismo tiempo, y, a la vez, hablando al mismo tiempo a los tres sentidos del alma moderna, ¡cuán funesta me ha sido esta orquestación wagneriana! Yo la llamo “sirocco”.»

Si el señor director de orquesta Carl Reinecke de Leipzig -de quien «se cuenta» que intentó liberarse de la primera impresión que le produjo Tristán e Isolda poniéndose a tocar al piano en su casa Lotte ha muerto- hubiera dicho esto, lo habría comprendido enteramente. Pero en el caso del autor del Nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música, resulta sencillamente lamentable. Porque oír veinte veces seguidas Carmen «sumido en una dulce meditación», eso es, sencillamente, un síntoma de perturbación espiritual.

Estas frases introductorias nos procuran, de todos modos, el punto de vista justo para enjuiciar el escrito entero. Y por extensión, el hombre todo, que se manifiesta en él con la más absoluta falta de inhibiciones, como si hiciera al mundo el mayor de los favores lavando ante él su ropa sucia. «Quiero proporcionarme un pequeño alivio», dice en el prólogo. ¿Tiene que ser convocado para ello como testigo el mundo culto?

La impresión que la lectura produce es similar a la que produciría la audición del discurso de uno de los locos de Shakespeare: extraños saltos mentales, antítesis audaces, amarga autoironía, y en medio de todo ello, aperçus ingeniosas, relámpagos mentales asombrosos, observaciones de gran agudeza. Siempre que me enfrento con ello no puedo menos de recordar el dicho del poeta: «¡Qué noble espíritu ha encontrado aquí su destrucción!»

«Un profundo alejamiento, frialdad y desencanto contra todo lo que es propio de este tiempo, contra todo lo actual, y mi deseo más alto... el ojo de Zaratustra, un ojo que mira desde una distancia prodigiosa todo el hecho “hombre”, lo mira por bajo de sí...», éste es su estado actual. ¿Podríamos considerarlo como sano?

El resumen de este escrito es harto singular: rechaza a Wagner y reconoce, a la vez, que no cabe prescindir de él. Richard Wagner es para Nietzsche «una enfermedad», pero al mismo tiempo una necesidad: «Debe ser la mala conciencia de su tiempo; por esto debe conocer perfectamente su tiempo... Yo comprendo perfectamente cuando hoy un músico dice: “Yo odio a Wagner, pero ya no puedo soportar otra música que la suya.” Pero yo comprendería también a un filósofo que dijera: “Wagner resume la modernidad. No hay remedio; tenemos que empezar por ser wagnerianos... »

En esta locura hay, ya se ve, método. Late aquí un pesimismo de gran calado, una negación de todo lo existente, y al mismo tiempo, el respeto ante una fuerza capaz de domeñarlo todo, el respeto ante la expresión artística de toda una época, la suya, que nadie puede superar, que nadie puede ignorar. Sólo que en opinión de Nietzsche, esta época, en la que vivimos, este mundo, en el que debemos actuar y operar, no vale nada ni para nada sirve. De ahí que tampoco Wagner pueda tener valor alguno para nosotros. Nada más lógico, desde luego. Lo único que hay que preguntarse es si la premisa es realmente válida. Nietzsche habla aquí como un eco de Max Nordau; traduce Las mentiras convencionales de la humanidad culta al wagnerianismo. Pero ¿podemos ir así más allá de nuestra época? Más bien cabría decir que no podemos asumir las condiciones de la vida moderna si no como realmente son, no como podrían y deberían ser conformadas para la complacencia del Sr. Nietzsche. Como nadie ha conseguido nunca realizar la admirable hazaña de salirse de su propia piel -aunque el Sr. Nietzsche está dando, desde luego, pasos muy importantes en ese sentido-, ¡somos wagnerianos y lo seguiremos siendo!

II

Resulta difícil seguir el curso del pensamiento de Nietzsche sin perder el hilo, ni la paciencia. Pero voy a intentarlo.

La primera proposición de su estética reza como sigue: «Lo que es bueno es ligero, todo lo divino corre con pies delicados». Exige «ingenio, fuego, gracia, la gaya scienza». Henos aquí, pues, ante el hombre volcado al placer, que ha escuchado ya veinte veces Carmen. Todo ha de hacerse de modo que las cosas resulten fáciles y agradables; ante todo, ninguna irritación, ninguna conmoción. Lo trágico, el pathos, el afecto, todo eso representa un esfuerzo superfluo, destructor del sistema nervioso; son cosas, en fin, nocivas. «Gracioso.» La palabra favorita de los franceses, sí. Todo ha de ser gracioso. Hay que mentir con gracia, traicionar con gracia, morir con gracia. Véase Carmen.

Y ¿cómo siente Nietzsche la música? Es lo suficientemente poco astuto como para permitirnos mirar entre bastidores. Y al hacerlo revela, traicionándose. a sí mismo, su incapacidad para sentir y percibir la mús¡ca. «Yo sepulto mis oídos bajo esta música, oigo su causa. Me parece asistir a su nacimiento... ¡Y cosa extraña!: en el fondo yo no pienso en ello, o no sé cuándo pienso en ello. Porque mientras tanto muy diversos pensamientos agitan mi cerebro.»

Tenemos, pues, ante nosotros el tipo modélico de hombre carente de sentido musical. Porque a quien realmente lo tiene le resulta prácticamente imposible pensar, mientras suena la música, en ninguna otra cosa que en la música misma. Será ésta buena o mala, pero le tendrá atrapado. Se alegrará o fastidiará, se aburrirá o estará encantado, es igual: tendrá que escuchar. No podrá aferrarse a ningún otro pensamiento, ni leer nada, ni hablar nada. De lo contrario no cabría considerarle como a un hombre musical. Será tal vez un filósofo, pero, ciertamente, no un musico. Es ésta una piedra de toque que no falla.

Con ello habríamos acabado ya, en realidad, con Nietzsche. Sus juicios no tendrían por qué interesarnos, dado lo escasamente musical de su naturaleza. Sólo que ahora viene lo más extraño de todo: el señor Nietzsche compone. Ha compuesto un Himno a la vida para coro y orquesta publicado por Fritzsch. Y no es esto todo. ¡Ha compuesto también una ópera! Esto es algo que ha quedado siempre a un nivel esotérico; el compositor ha tenido el pudor de no hablar nunca de ello. Pero yo lo sé de boca del propio Richard Wagner, a quien en una ocasión le enseñó Nietzsche su ópera -un drama musical sobre letra compuesta por él mismo, naturalmente-. Pregunté medrosamente a Wagner: «¿Y qué opina Vd. de eso?» -«¡Una nulidad!», replicó sin dudarlo1.

Hasta el momento he guardado para mí mismo estos pensamientos. Pero ante El caso Wagner no puedo seguir ya reprimiéndolos. Nietzsche afirma aquí que Wagner es brutal, que es un mentiroso. ¿Habrá tal vez venido Wagner a convertirse en esto por haber dicho al compositor Nietzsche, con la inequívoca claridad con la que usualmente emite sus juicios, que nunca dejan nada en la reserva, que no es un músico y que su ópera es un sinsentido musical? Señalé antes que en lo relativo al desvío nietzscheano me faltaba el nexo causal. ¿Habrá tal vez que buscarlo aquí?

Los malos compositores de ópera son todos, sin excepción, enemigos de Wagner. Esta es una proposición empírica inatacable. Hágase simplemente la prueba. Emil Naumann y su amigo el conde de Hochberg, Max Bruch, Carl Reinecke, Abert, Reinthaler, etc., etc. -sin olvidar, desde luego, a Rubinstein-, todos han sido presa de una furia más o menos contenida cuando se les ha hablado de Wagner. ¡Porque Wagner es el único culpable de que sus óperas carezcan de valor! Y viendo la cosa desde su ángulo, no dejan de tener razón. Porque si Wagner no hubiera existido, serían algo. Así no son, en cambio, sino el equivalente a cero. Consecuentemente, Wagner es el corruptor del arte. ¡Esta es la lógica de los compositores!

Autoestima del más pesado calibre no le falta a Nietzsche, desde luego: «He dado a los alemanes los libros más profundos que, en términos absolutos, poseen -dice de sí-, razón de más para que los alemanes ni se enteren.» ¿No estamos ante un caso claro de manía de grandezas? Nietzsche no duda en decir también: «Sólo conozco un músico que esté hoy en condiciones de esculpir una obertura de una sola pieza: y nadie le conoce.» ¡Sospecho que Nietzsche está refiriéndose aquí a sí mismo!2

¿Cuál es el objetivo, de todos modos, de las blasfemias que deja caer, como un granizo, sobre Richard Wagner, el gran corruptor del pueblo, la «vieja serpiente de cascabel»? Quiero ilustrar con un ejemplo su procedimiento de convertir lo sublime en risible, lo grande en pequeño. Para «examinar» el contenido de los textos wagnerianos, los traduce a la realidad, a lo moderno, a lo burgués. No encuentra nada más divertido que «narrar los dramas wagnerianos en proporciones rejuvenecidas, por ejemplo, Parsifal como aspirante a cursar la carrera de Teología, con una formación de instituto de enseñanza media. ¡Qué sorpresas depara este procedimiento! »

Nada más lamentable, desde luego, que esta diversión que cualquier parodista sin «formación de instituto de enseñanza media» puede procurarse del modo más fácil. Tradúzcase de este modo el Fausto de Goethe a lo moderno, a lo burgués, y se verá lo que sale de ahí: un catedrático desilusionado, que se ha graduado en las cuatro facultades y que, sin embargo, no sabe nada; que conjura la arrogancia de los sabios y se entrega, lleno de remordimientos, al espiritismo. El espiritista Mefisto le hipnotiza, ejecuta ante él toda clase de bufonadas, por ejemplo, en el sótano de Auerbach, y le lleva a una vieja bruja que da a tomar al Dr. Fausto un estimulante. «Con esta pócima en el cuerpo verás a Helena en todas las mujeres.» El Sr. Mefistófeles lleva al Prof. Dr. Enrique Fausto a una alcahueta, que le pone entre las manos una inocente muchacha burguesa. Tan pobre y estúpido ser es seducido en poco tiempo -¡todo un arte, cuando un catedrático, un espiritista y una alcahueta han dado en cooperar a ello!-, mata primero a su madre y luego a su hijo, es condenada a muerte, y el Sr. Prof. Fausto, que, ciertamente, la compadece, pero que no puede ayudarla, busca cobardemente con el Sr. Mefisto la salida al ancho mundo.

Esta es, a la «luz» del «espíritu» nitzscheano, la entera historia de Fausto, que desde hace tres generaciones ha hecho suspirar a los estúpidos alemanes, que ven en ella una obra maestra y que no han dudado en dedicarle cientos de comentarios.

Así «analiza» Nietzsche la obra entera de Wagner y encuentra un placer infantil en probar que ahí no cabe encontrar otra cosa que miserables trivialidades. ¿Cómo no ha de estar enfermo este hombre?

De todos modos, tiene momentos luminosos. Irrumpen al final del escrito. Dice aquí: «Si hago la guerra a Wagner, no lo hago en absoluto con la intención de dar satisfacción a ningún otro músico. Otros músicos no entran en consideración contra Wagner.» ¡He aquí una palabra grande, dicha casi de pasada! Los admiradores de Brahms reciben también lo suyo, y no precisamente alabanzas exaltadas. Sólo que Brahms es despachado con mucha más premura que Wagner, puesto que es menos importante que él.

Nada de cuanto surge y cobra vida vale, en definitiva, a ojos de Nietzsche, para otra cosa que para sucumbir. ¡Esperemos que el Sr. Nietzsche quede al menos en píe! En la medida, no obstante, en que toda Alemania es incapaz de honrar su obra como se merece, es más, ni siquiera la conoce -¿quién la ha leído entera?-, los alemanes son procesados en bloque: «Los alemanes, los retrasados par excellence en la historia, son hoy el pueblo cultural de Europa que más por detrás se ha quedado». «La escena de Wagner tiene necesidad de una sola cosa: de germanos. Definición de los germanos: obediencia y piernas largas. Tiene un profundo sentido el hecho de que el advenimiento de Wagner sea contemporáneo del advenimiento del Imperio; ambos hechos prueban una sola y misma cosa: obediencda y piernas largas. Nunca .se ha obedecido ni se ha mandado mejor.»

¡Los alemanes tienen que ir aprendiendo a renuticiar a toda autocomplacencia, simplemente para que no quede otra en pie, que la del Sr. Nietzsche!

He aquí, en fácil síntesis, las «tres exigencias» de Nietzsche:

Que el teatro no se haga el amo de las artes.

Que el comediante no se convierta en el seductor de los verdaderos artistas.

Que la música no siga siendo el arte de la mentira.

El arte dramático le inspira una furia formal. El hecho de que a través de Wagner domine el arte del presente, le ha inducido a este atentado contra Wagner.

En otro lugar dice: «Hay que ser un cínico para no dejarse seducir por Wagner, hay que ser capaz de morder para no caer en adoración ante él». No otro fue, ciertamente, el lema de Lucifer cuando se alzó contra la divinidad.

Algo parece, en cualquier caso, cierto: que Nietzsche se ha convertido en un cínico consumado. Y este conocimiento es el único resultado positivo de la lectura de su escrito.

NOTAS (de La Hemeroteca, abril de 2003)

1. No existe tal ópera. Posiblemente se refería a “Eco de una noche de San Silvestre” (1871, para piano a cuatro manos) o al “Himno a la amistad” (1874, para piano a cuatro -hay otra versión a dos- manos)

2. Se refería a su amigo y antiguo alumno Heinrich Köselitz, conocido como Peter Gast.

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