Por Luis Ripoll

 

La estética es la manifestación externa de un sentimiento, la ética el fundamento razonado y racional de los sentimientos. La ética se manifiesta a través de la estética.

 
La estética es o puede ser cambiante,  sus valores y apreciaciones son subjetivas y varían según la percepción del momento y contexto histórico del individuo, la ética permanece como un valor de la Humanidad.
 
El secreto de la estética, si existe, sea tal vez la facultad de transmitirnos algo, de forma imperecedera, que en su estructura o forma, se sigue percibiendo como armónico a pesar que los gustos cognoscitivos hayan cambiado. Por ejemplo, la Venus de Milo o las redondeces de Ruben están lejos del ideal de belleza femenina que tenemos actualmente, sin embargo las seguimos apreciando como bellas.
Continuando con la terminología de “ética y estética” planteada, surge la pregunta al respecto de la ética, entendida como al principio se ha propuesto. Las manifestaciones artísticas que transmiten solo una forma serían solamente estéticas. A través de la ética es evidente que el artista quiere, usando la estética, dar forma a un sentimiento, o lo que es sentir y transmitir la belleza a través de una imagen u otro tipo de manifestación de la misma.
Es innegable que la manifestación estética es una consecuencia de la necesidad de expresar y transmitir un sentimiento, un pensamiento, o ambas cosas. Sin embargo la escala de valores propia del arte, tal como yo lo entiendo, es poniendo la estética al servicio de la ética, o sea del sentimiento o como dije, del fundamento razonado de los sentimientos; puede que la estética sea válida por si misma, algo es bello y posiblemente con ello ya basta, sin embargo si ese “algo bello” se sustenta en una idea, pensamiento, sentimiento, o filosofía, la fuerza que adquiere es incomparable.
En lo que más directamente me concierne y que es el propósito de este escrito en relación con la obra musical, y no solo con la música; no todos los grandes compositores de la historia han mantenido esa subordinación y coherencia, por lo menos de un modo permanente, Wagner es posiblemente el que mejor nos ha hecho comprender que debía ser así. Aunque aquí sería injusto no citar por lo menos a Mozart (ciñéndonos solamente al mundo de la lírica operística), Wagner nos hace llegar su “drama” a partir de un concepto “trágico”, Mozart lo hace de una forma sublime en lo ético y en lo estético, de la que también me atrevería a decir, insuperada. 
La grandeza de la obra de Richard Wagner la adquiere fundamentalmente por la subordinación total de su estética al servicio de la ética y valores que desde la tragedia griega ningún autor había trasladado a la escena con tanta universalidad y fuerza. Bajo la apariencia, que yo diría más bien del uso, de personajes mitológicos, hace uso inteligente de la misma para expresar esas contradicciones de la naturaleza del ser humano, el debate entre la razón, el sentimiento, las ambiciones, las situaciones establecidas, el poder, la debilidad, la bajeza, la heroicidad entendida bajo un concepto no convencional, Wagner no concibió al héroe «Siegfried» como un ser “consciente” de su heroísmo, sino como un ser inocente que no conoce lo que es el miedo que se enfrenta y vence cuantos obstáculos se le cruzan en su camino, que para él simbolizan el mal. La única y auténtica violencia que aparece en la obra wagneriana esta encarnada por personajes de gran bajeza moral; Hagen asesina a Siegfried, pero en general la violencia de los personajes es más sicológica que física, para Wagner la maldad es la clase de violencia que realmente hace daño. No hace falta llegar a la Tetralogía ni a Klingsor para ello, en obras de su época romántica vs. Lohengrin, tenemos ya ejemplos claros en Ortrud y Telramund. 
Existe una segunda forma en la que Wagner nos transmite la violencia, sicológicamente o conceptualmente entendida, como por ejemplo la agresión a la naturaleza, uno de los pilares en que se basa su obra más ambiciosa, la Tetralogía.

Solo una lectura superficial o mal intencionada de la obra wagneriana puede llevar a las falsas interpretaciones que desgraciadamente para la cultura universal han sido difundidas y aún mal comprendidas por muchos. 
 
Sin un hombre profundamente ético en su pensamiento no se habría dado el inmenso legado ni valor de la obra wagneriana. Contrariamente a ello y entre los críticos o los que quieren desmerecer o desacreditar la figura de Wagner como persona, encontramos las frecuentes críticas que se le hacen por su comportamiento en su vida amorosa y otras cosas que parecen “caldo de cultivo” para una cierta pléyade de detractores. El lector de estas líneas no necesita otros detalles, pero debemos recordar que Wagner mantuvo siempre firme su ética, nunca abandonó el sustento económico a su primera esposa Mina, y mantuvo firme su estatus matrimonial con Cosima, a pesar que su corazón o pasiones pudieran desviar sus sentimientos o actuaciones (a menudo inciertas) en ciertos momentos, con las debilidades propias de cualquier ser humano, y que a diferencia de otros jamás fue un hipócrita, la autenticidad en lo humano y en lo artístico es una de las más grandes virtudes que pueden destacarse en Wagner. ¿Acaso cuando nos transmite el amor entre Tristan e Isolde no lo hace de una forma sublime y sincera de la que me atrevería decir que solo un hombre que viva profundamente ese sentimiento es capaz de transmitir así?, ¿no hay tal vez mucho de sí mismo en las contradicciones que vive Wotan?, y finalmente su mensaje en Parsifal ¿no es sino su propia convicción en que la redención de la persona, del hombre, solo puede ser a través de la manifestación del amor entendido como un acto de tal universal?. 
 
El contenido de su obra manifestado a través de una estética impecable no alcanzaría el mismo valor si no tuviera ese fundamento ético. La estética Wagneriana no solo se manifiesta en su música, ni en la construcción de la misma como una inmensa estructura alambicada y perfectamente enlazada, si no en la poesía de sus textos, en las frases que nos transmite a través de sus personajes que a menudo reflejan un completo tratado del pensamiento y de la sicología, fundamentadas en la mejor filosofía, no solo de su siglo.
 
Aunque sea a modo de revisión fugaz examinemos de que elementos se sirve Wagner, que instrumentos utiliza al servicio de la ética, sus herramientas “estéticas”. En primer lugar el drama y la poesía convertida en libreto, sobre la que edifica sus acentos musicales en íntima armonía con los acentos del texto, su música – mejor dicho – su desarrollo musical que está al servicio de una idea, de una ética, y no a la inversa, nada hay incoherente en la expresión dramático-musical wagneriana, sin concesiones libradas solo al servicio de la estética. La filosofía y sicología de sus personajes, la orquestación y la voz (veáse el artículo de Arturo Reverter “La voz en Wagner”) en el “drama wagneriano” concebido bajo unos parámetros totalmente innovadores, no tiene lugar esa secuencia de cabaletta, aria etc... tradicionales, su arte musical proviene de fundamentos basados en lo sinfónico dónde la voz es un instrumento más, a menudo contrapuntístico, cuya uso se asimila mejor a la derivación del «Singspiel». La elaboración de un complejo entretejido de «leitmotiven», motivos conductores a través de los cuales el buen escuchador apreciará que en ese momento no se conforma en transmitirnos lo que se está diciendo, sino que nos está recordando, induciendo subliminalmente a la compleja sicología de personajes y situaciones donde lo que se dice y lo que el subconsciente guarda pueden ser distintos y contradictorios. Finalmente los objetos que utiliza, desde la lanza de Wotan hasta el Grial en Parsifal, elementos que adquieren la fuerza y casi el protagonismo de un personaje más en su drama. Todo ese conjunto, ese entramado, esa obra de ingeniería artística hacen que su estética sea tan poderosa, se apoya sobre unos sólidos fundamentos éticos que como rocas sustentan y actúan cuál elemento amplificador. 
Wagner autor, desconocido por muchos, ha escrito libros y ensayos (también innecesarios citar para el lector de estas líneas) los cuales reflejan su voluntad de llegar más allá, no se ha conformado en crear una obra que por si sola ya alcanza la plenitud de sus objetivos artísticos, nos ha legado mediante sus escritos lo que él entendía y acuñó en su inmortal «Gesamtkunstwerk» u obra de arte total, en la que la estética al servicio de la ética ha quedado como imperecedera, y para muchos como insuperable.

LUIS RIPOLL

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