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Shaw, Bernard (1856-1950)

El crepúsculo de los dioses

Londres y Nueva York, 1898.
El perfecto wagneriano
Por George B. Shaw
Digitalizado por Verónica Noemí Gombach

 

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El crepúsculo de los dioses

Prólogo

El Crepúsculo de los Dioses empieza con un prólogo muy trabajado. Las tres Parcas aparecen en la montaña de Brunilda, cantando las tres sobre asuntos y destinos diversos e hilando al mismo tiempo el hilo del destino. Así nos cuenta el sacrificio de Wotan al perder su ojo, cómo rompió una rama del Fresno de la Vida para hacer el asta de su lanza, y de qué modo ese árbol se secó después de haber sufrido aquella injuria. Algo nuevo, también oímos en sus parlamentos. Cuando Wotan vio su lanza quebrada por Sigfrido, ordenó a todos los dioses que recogiesen todas las ramas y el tronco seco del Fresno del Mundo y lo llevasen a Walhalla, en cuya sala, rodeado de los demás dioses y héroes y con su lanza hecha pedazos en la mano, espera el fin, reunido en una especie de solemne consejo. Todo eso, pertenece a los viejos materiales legendarios con los cuales Wagner empezó el “Anillo”.

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El oro del Rín

Londres y Nueva York, 1898.
El perfecto wagneriano
Por George B. Shaw
Digitalizado por Verónica Noemí Gombach

 

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George Bernard Shaw

George Bernard Shaw, este hombre flaco, magro, que con sus ojos inquisitivos y burlones al par parece escudriñar y adentrarse hasta lo más profundo del alma humana, nació en Dublín, el 26 de julio de 1856. Temperamento paradójico y sincero, en uno de esos sus artículos egolátricos que tanta sensación y resquemores levantan en los círculos conservadores de la tranquila Inglaterra, él mismo ha confesado que en los años nada, absolutamente nada, aprendió. Hijo de padres modestos, este rebelde, fustigador de la sociedad actual, desempeñó no muy altos ni envidiables menesteres en una oficina de esas donde se atiende toda clase e índole de negocios. A los veinte años, decidido a correr la gran aventura, acompañado por su madre, -mujer enérgica, de una carácter harto independiente y una regular cultura musical,- trasladóse a Londres, dispuesto a conquistar un puesto en la literatura. Conoció, así, en su mocedad, la miseria de Londres, esa miseria que es la más trágica y sórdida de todas. Su pluma rebelde, empero, enhiesta e indemne se mantuvo, que los sólidos principios puritanos de Bernard Shaw no eran de los que vacilar podían en medio de las tremendas tempestades económicas, ni las dificultades inherentes a la iniciación. El mismo, burlonamente, ha pintado aquellos años de su mocedad: “No puedo decir que poseo mucha experiencia de la verdadera pobreza; al contrario. Antes de que pudiera ganar nada con mi pluma disponía de una magnífica biblioteca en “Bloomsbury” (la del Museo Británico) y de otra en “Hampton Court”; sin criados que cuidar ni sostener. En cuanto a la música, más tarde me pagaban porque me saturase con la mejor que se produce en Londres a Bayreuth, -se refiere a sus días de crítico musical.- ¿Amigos? Gracias a Dios, la lista de mis visitantes siempre ha sido inestimable. ¿Qué podía haber adquirido con más dinero del necesario para vestirme y alimentarme? ¿Cigarros? No fumo. ¿Champagne? No bebo alcohol. ¿Treinta trajes de la última moda? No, porque me convidaría a cenar la gente que yo más rehuyo si me decidiera a usar tales cosas. ¿Caballos? Son peligrosos. ¿Coches? Son sedentarios y fatigosos. Además, tengo imaginación. Desde que guardo memoria sólo he necesitado ir a la cama y cerrar los ojos para ser y hacer lo que más me agradase. El lujo de relumbrón de la “Bond Street” ¿qué significa para mí, George Bernard Sardanápalo?”

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