Por Amadeo Vives 

 

Si todas las personas que van al teatro hubiesen escrito algunas óperas y hubiesen tenido la suerte o la desgracia de haberlas estrenado, sufriendo por parte de los cantantes mil mutilaciones, viendo el sentido de la obra adulterado y mal comprendido, sufriendo las terribles amarguras de la ignorancia y de la indiferencia de los cantantes, al ver el arte serio, consciente, verdadero, entusiasta, del gran tenor Francisco Viñas, todos desearían tenerle por intérprete y comprenderían el inmenso valor de un artista como él.

Haced la prueba cuando queráis.

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HAY unas cuantas obras musicales en el mundo, no muchas, ante las cuales la crítica debería enmudecer para siempre.

Una de estas obras es “Los Maestros Cantores”. No produce el estupor de la “Misa en si menor”, de Bach; no llega a la maravillosa espirirualidad lírica y formal de algunos fragmentos de Mozart, pero su contenido poético es tan grande y jugoso, su perfección es tanta, la emoción que produce es tan intensa, rebosa la obra tanta alegría y entusiasmo, que al terminar la representación parece nos hallamos poseídos de aquel estado dionisíaco descrito por Nietzsche, todo ritmo y música borrachera y exaltación y danza. Por nuestro lado pasó vertiginoso el tren de la alegría y de la felicidad, una ráfaga de viento nos hizo percibir su perfume y su música, pero por más que gritábamos, nos ha dejado en tierra, desvanecidos en un largo, lejano y triste sueño, lleno de deseos infinitos.

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