HAY unas cuantas obras musicales en el mundo, no muchas, ante las cuales la crítica debería enmudecer para siempre.

Una de estas obras es “Los Maestros Cantores”. No produce el estupor de la “Misa en si menor”, de Bach; no llega a la maravillosa espirirualidad lírica y formal de algunos fragmentos de Mozart, pero su contenido poético es tan grande y jugoso, su perfección es tanta, la emoción que produce es tan intensa, rebosa la obra tanta alegría y entusiasmo, que al terminar la representación parece nos hallamos poseídos de aquel estado dionisíaco descrito por Nietzsche, todo ritmo y música borrachera y exaltación y danza. Por nuestro lado pasó vertiginoso el tren de la alegría y de la felicidad, una ráfaga de viento nos hizo percibir su perfume y su música, pero por más que gritábamos, nos ha dejado en tierra, desvanecidos en un largo, lejano y triste sueño, lleno de deseos infinitos.

Yo no sé que decir de “Los Maestros Cantores”. Si fuera poeta le escribiría himnos como a las divinidades paganas, pero soy músico y me tengo que callar avergonzado. Como todo es sueño, no me queda ni el recurso de ser aprendiz, aunque quiera probar si llamando a la puerta de aquella academia me responde alguien y me dejan pasar. La intención pura y buena voluntad hacen milagros.

La crítica vive de los defectos de las obras, mas en obras absolutamente perfectas como “Los Maestros Cantores”, la crítica no tiene nada que decir, sólo tiene que admirar.

El examen de las bellezas de las obras perfectas pertenece a la filosofía, si es que la filosofía puede llegar a explicar ciertas cosas. ¿Cómo explicar lo que es inexplicable para el mismo artista, cual es el fenómeno de la inspiración? Por ventura el primer sorprendido ante una idea genial ¿no es el mismo que la encuentra? Yo creo que el artista, más que crear bellezas, las descubre, y que el genio consiste solamente en una mayor potencia de visión que la de los demás. Y eso es tan cierto que si todos los elementos de que se forma una idea nueva no estuvieran ya en nuestro espíritu, nosotros no la podríamos comprender. Y es claro que, si Wagner no nos había podido explicar cómo ni por qué se le ocurrieron “Los Maestros Cantores”, y por qué fueron de esta manera en vez de ser de otra, menos lo podremos explicar los demás.

Wagner decía que Berlioz carecía del sentido de lo bello. Pues éste es el secreto: tener o no tener este sentido; ser o no ser; poseer o no el telescopio o el microscopio espirituales para descubrir y revelar a los demás hombres formas preestablecidas. Y le llamo formas, porque para mí, en la palabra forma está todo el contenido de las cosas, y por la forma vive eternamente todo, y lo que no es forma no es nada.

Al diablo todas estas grotescas explicaciones literarias de las obras de Wagner o de Beethoven. Yo las aborrezco, como las aborrecía Wagner mismo. Sólo son entretenimientos de snobs más o menos vanidosos.

Si Wagner algimas veces quiso dar ciertas explicaciones a su música fue para que, por medio de comparaciones, se llegara al sentimiento de la música en sí misma, y yo creo que en eso se equivocó, pues o no se tiene o se tiene el sentimiento, y en ambos casos es inútil toda explicación.

Hay personas que no se conmueven con la música más que cuando la encuentran una interpretación pantonímica o una relación cualquiera con otra cosa que no sea ella misma.

Eso -dicen- parece viento; aquello, tempestad; lo otro es la salida o la puesta del sol; lo de más allá es el mar, etc.

Pues bien, yo os digo que la música no es viento, ni es sol, ni mar, ni paisaje, ni muerte, ni vida, aunque tenga una interior relación sentimental con estas cosas; la música es música y nada más.

Hay quien tiene de tal modo pervertido el sentimiento musical, que quiere que la música sea ferrocarril, fábrica, ejército, batalla, escándalo, etcétera. 
La música tendrá, quizá, un sentimiento de calma solemne, y entonces pensaremos en el mar, como podríamos pensar en una nocha serena y estrellada; la música será agitada e inquieta, y podremos entonces aplicarla a una situación dramática; la música tendrá cierta emoción de apacible melancolía y susurrará unas ondulaciones suaves y podremos creernos cerca de una fuente o de un río; pero si tenemos una sensibilidad musical más fina, olvidaremos el mar y la noche y la fuente para dejarnos llevar por la más pura emoción lírica. Y cuando la audición musical haya soltado nuestra fantasía, sentiremos prolongar en nuestra alma aquel ensueño lírico y pensaremos en todo lo demás.

La gran conquista wagneriana consiste precisamente en esto; en habernos arrancado, por un lado, a la sensación puramente física y material de una voz hermosa, tal como la concibió el italiano; y, por otro lado, a habernos emancipado en parte de la absorción en que la expresión dramática, según el sentido del teatro francés nos tenía esclavizados.

Wagner nos ha devuelto al puro sentimiento lírico de los griegos, nos ha devuelto a la música, pues para la música y por la música escribió sus poemas, escogió sus asuntos, trabajó toda su vida. Quiso encontrar la interna razón lírica de todas las cosas, resolviéndola en obra de arte y lo consiguió. Esos son “Los Maestros Cantores”. Id a ver esta obra maravillosa y no penséis en nada. Entregaos a ella como a las caricias de la mujer amada, sin reservas, sin prejuicios, sin filosofías, y vereis poco a poco iluminarse vuestro espíritu de una luz blanca y rosa, que os inundará, os envolverá, os llevará con arrebatado, pero suave sensualismo, donde no se acaban los días, donde no existe el dolor, donde ha muerto el tiempo, donde se vive plenamente, absolutamente, eternamente, donde la vida misma se ha convertido en melodía, en ritmo, en música.

***

 

La interpretación que se dio anoche a “Los Maestros Cantores” en el Real demuestra, o una espantosa ignorancia e incomprensión de la obra, o un abandono sin nombre. Todo estaba descentrado y fuera de su sitio. El señor Massini Pieralii es un excelente artista; pero si hay en el mundo un papel que no le vaya es el de Hans Sachs. ¿Cómo es posible que una voz tan potente, tan voluminosa, pero tan rígida como la del señor Massini pueda cantar esta parte, todo matiz, todo ligereza en cierto sentido, todo emoción? ¿Qué importa que el señor Massini Pieralli posea la extensión suficiente para cantar esta parte, si por más que haga ese timbre de voz es de bajo o de barítono, y el señor Sachs es un barítono y no un bajo? Un autor, seá quien fuera, al decidir que un papel sea bajo, barítono o tenor, tiene en cuenta principal, y casi exclusivamente, la clase de voz, el timbre, no la extensión. Y no me costaría nada probar esto con mil ejemplos.

El señor Macnez, tan simpático, tiene un cierto aire, como si le importara tres pitos este mundo y el otro. Esto en él es irremediable, porque está en su carácter; pero es una condición que si en “Rigoletto” se convierte en cualidad porque el duque de Mantua es un despreocupado, en cambio, en el Walther de los “Maestros” resulta un defecto. Yo creo, además, que en esta obra debería ligar un poco más unas notas con otras, porque si no se forma una rendija entre ellas y circula el aire y las enfría.

Y a los dos excelentes artistas que acabo de nombrar, les ruego que perdonen estas observaciones.

El señor Patino, hizo un Bekmesser muy discreto, y que creo le aplaudirán en todas partes. Reconozco que es el papel más agradecido de la obra, pero también creo que el señor Patino tiene condiciones muy a propósito para él. Los demás, algo inseguros, pero con buena voluntad, excepto el señor Massia, en el vigilante nocturno, que no se ha enterado de la 
importancia de su papel.

El señor Massia ha hecho cosas más importantes que esa, pero ésa, con ser tan pequeña, no la ha entendido, y además no la entenderá.

Yo creo, que debía devolverlo, como he dicho.

La orquesta del Real es muy buena, excelente. Por eso yo pregunto asombrado: ¿en qué consiste ese tono siempre igual, apagado, gris, que tiene toda la obra? He aquí una charada bonita. La flauta estaba ligeramente baja, y la celesta resulta en el baile algo premiosa.

De decorado, trajes y escena, no quiero hablar, porque como dije en otra ocasión, no entiendo nada. Sin embargo, como espectador, me pareció que la absoluta identidad de trajes en “Los Maestros Cantores”, engendra alguna confusión de personajes.

Y ahora pido perdón a todos.