Das Rheingold, Teatro Real 12 de junio de 2002
Por Nicolás de las Peñas

 

El inicio de la esperada “Tetralogía”, en una coproducción de Dresde y Madrid, ha sido peculiar, distinto, raro, extraño,... Con el prólogo de esta macro-obra de Wagner, “El Oro del Rhin”, iniciamos el “Anillo del Nibelungo”, ciclo cuyas tres próximas jornadas irán apareciendo por el coliseo madrileño a goteo de una por temporada. Es demasiado actualmente que el respetable del Real se “apriete” en 6 días la obra completa como es norma en Bayreuth donde se descansa un día antes y después de la jornada central, “Siegfried”. Además, visto el tipo de trabajo “complicado” que desarrollan Willy Decker (director esnénico) y Wolfgang Gussman (escenografía), todavía peor, y ya si ponemos la triste y aburrida lectura del bueno de Peter Schneider en el foso, haría falta toda la producción anual de café colombiano para mantener despiertos a los espectadores.

Quizá dentro de cuatro años habiéndolo digerido tan poco a poco, en una iniciativa extra para los que se atrevan y sepan a qué atenerse, se pudiera ofrecer esta posibilidad. No sé cómo es de posible o no esto que digo, pero no es ahora lo importante, si no ver cómo ha resultado este primer asalto del nuevo Teatro Real a la obra cumbre de la integración de todos los artes.

Multitud de sillas, a modo de platea de un teatro, cubren toda la plataforma escénica durante toda la representación. Las butacas dan carta abierta a los intérpretes ora a sentarse y contemplar la acción como meros espectadores, ora para corretear sobre o alrededor de ellas cantando (o no) en lo que sería el movimiento escénico propiamente dicho, que en tales circunstancias se hace realmente incómodo llegando a lo arriesgado. Contaremos ahora los elementos adicionales que se aportan para diferenciar cada escena, y que son los que verdaderamente hicieron de ellas algo atractivo o no.

En el primer cuadro una gran caja blanca rectangular encima de las sillas domina la escena; el marco es el río Rhin dentro del cual revolotean las tres ondinas. Sobre las butacas “Alberich” se desenvuelve de un lado para otro saltando o corriendo peligrando su integridad física o la de los muchos nibelungos que como él vestidos se han sentado a ver qué va a pasar ahí. El Oro que reluce en un tenue amanecer es una gran esfera al fondo de la caja. Las guardianas del Oro del Rhin, blancas, calvas y con labios muy pintados, parecidas en aspecto a los extraterrestres del film “Cocoon”, llegan a medio despelotar a “Alberich” y tras jugar con sus calzones, tiran por ahí su ropa, algo que exagera en demasía el comportamiento medio inconsciente, elevándolo al de medio “calentonas”, lo cual resulta patético pues en este caso no se sabe quién es más feo, si el verdoso nibelungo o las que en el Real resultaron unas repulsivas ondinas. Como nota positiva de este cuadro, sólo destacaría la presencia en la última fila de sillas “Erda” quien contemplativa y sabia permanece silenciosa y quietecita sin molestar, cosa que sí hacen esos compañeros de “Alberich” que no sólo no pintaban nada ahí si no que llegan a aplaudir a rabiar de vez en cuando: desafortunado gesto hacia la partitura wagneriana en línea la descripción teatral de este cuadro, que anticipo me pareció el más flojo.

Mejoró por tanto la cosa en la segunda escena en la que se presentan los dioses todos pelirrojos con una negra indumentaria descripción algo insípida. En el fondo un telón que dibuja las enormes montañas sobre las que se va a alzar la divina fortaleza. Subrayamos la aparición de los gigantes “Fafner” y “Fasolt”, que parecieron así gracias a la caída de ese telón estampado tras el cual vuelve a aparecer el anterior marco que como en la primera escena representa en sí algo distinto a lo que se da en los alrededores; en este caso lo que hay son dimensiones físicamente distintas lo que además se logra imprimiendo realismo con unas montañas de cartón piedra cuyas cimas apenas llegan a las rodillas de los personajes: Definitivamente se hacen gigantes a la vista del espectador gracias a unos anchos trajes con grandes solapas y corbatas además de estar peinados ambos “hacia arriba”. Un buen punto que Decker y Gussman echan abajo con la aparición de “Loge”. Este personaje aparece junto a un enorme rayo rojo sacado probablemente, por lo cutre, de algún sketch de Al Ataque (aquel programa de Alfonso Arús); algo sorprendente, pues hasta ayer pensaba que los fenómenos atmosféricos eran cosa de “Donner”, pero en fin. Pero eso fue el menor de los problemas que siempre llevó consigo este personaje que no deja de hacer el tonto en todo momento, como cuando da la mano a los gigantes y se abraza a ellos lo que rompe además con el logrado retrato de los grandotes al meterse “Loge” en la caja que los sobredimensiona.

Ya en el “Nibelheim” la cosa fue mucho mejor, pues ahora el antes perfecto rectángulo ahora es una forma más irregular y desordenada, como lo es el mundo que malvadamente gobierna ahora “Alberich”. El nuevo marco contiene una gran caja fuerte en la que se guarda el gran tesoro. La aparición de “Wotan” y “Alberich” ahí se da la fondo de la escena, con lo que el dichoso rayo no molesta como antes. De genial calificaría yo las transformación en enorme serpiente “Alberich”. Se logra inteligentemente haciendo mover las butacas que rodean el marco en adecuadas ondas que parecen hacer reptar algo: los omnipresentes respaldos de los asientos se han convertido así en las escamas del gran monstruo. La transformación en sapito, en cambio, desapercibida. Algo de más aportó esa escena pues a estas alturas ya sabíamos tras un comienzo algo... “difícil” que estábamos ante un tratamiento singular pero realista de la acción. Es por esto que subrayo todos esos momentos que no son relevantes cuando la descripción es de otro tipo.

La cosa definitivamente se ha tornado a un “hiper-realismo” en el cuarto y último bloque de la obra. Subrayamos por encima de todo lo que para mi fue el mejor retrato personal que tratándose del cuadro final del “Oro del Rhin” no podría ser otro que el de “Erda”, traslúcida tras las cortinas que como parte de ella manan misteriosamente de algún lugar distinto (“Erda” es tiempo, “Wotan” y el resto de caracteres son espaciales). Su descripción me recordó bien a los espléndidos dibujos de Arthur Rackham tan característicos que tratan la temática del “Anillo” wagneriano. Tampoco estuvo nada mal cómo de las piezas del tesoro ahora de los gigantes se reconstruye la esfera inicial con la que se recubre a “Freia” pese a la faena que supone para todos los cantantes aprenderse de memoria el puzzle. “Donner” echa abajo con su mítica orden (“Heda!, Hedo!”) el telón y se descubre la rampa al fondo de la cual supongo se alza la fortaleza que en miniatura se había presentado a todos desde el cuadro dos (digo supongo porque arriba donde yo estoy no lo veía, pero algo se adivinaba). “Wotan”, “Fricka”, “Freia”, “Froh” y “Donner” se encaminan al presentado Walhall cosa de la que “Loge” rehuye: es decir, el final convencional para una atípica descripción que como se puede intuir fue de menos a más: a medida que se encaminaba al naturalismo y realismo se logró mucho más que enfocando las cosas de otra manera (es decir, desenfocándolas).

 

La interpretación por desgracia, en lo que a dirección musical y tratamiento de la orquesta refiere, tiene una descriptiva más fácil. Y es que se hizo insípida, lineal, uniforme, en fin: soporífera. La ausencia de rigor de frases en las que no dejan de aparecer, cambiar o destrozar las cosas a veces pasaba de lo aburrido a lo confuso. Muchas veces ni se oían (ejemplo, inicio de “Heda!, Hedo!”), otras no se entendían (ejemplo, el preludio inicial: una difusa sopa) y otras pasaban increíblemente desapercibidas (ejemplos, casi todos, pero por citar algo, la nula fuerza que acompaña la maldición del anillo, ausencia de misterio en los motivos de “Erda”, cabreos de “Wotan” nada acompañados, un final ni esperanzador ni glorioso, etc, etc). Nada aportó aquí Peter Schneider más que “un poco de lo mismo siempre”. He de decir que para mi esto es una enorme decepción en una prestigiosa batuta, una de las que más se ha repetido en el foso de Bayreuth en los últimos 20 años (creo que la que más... pero no estoy muy seguro). En disco tenemos el privilegio de poder contemplar lo mucho que da de sí una buena dirección en esta obra con los Knappertsbusch, Furtwängler o Karajan, pero no hay que irse tan lejos, el listón de Schneider es fuertemente superado por otros más recientes como los difuntos Solti o Sinopoli o los vivos Barenboim, Levine, nuestro Víctor Pablo Pérez o Adam Fischer, actual encargado de la obra en Bayreuth que espera ansiosamente a la “niña bonita” del mundo wagneriano actual, el gran Christian Thielemann, para encargarse de ella a partir de 2006. En fin: no nos vayamos ya a tan altas esferas, pues ya digo que con poco toque se hubiese superado.

Los cantantes fueron otra cosa aunque a alguno se le contagiara el sopor de la batuta en algún momento. No es el caso de la entrega, poderío, exhibición como actor e intérprete del gran y veterano Harmut Welker, un “Alberich” de auténtico lujo cuya versión en su integridad pasa por alto su cansancio final, realmente comprensible viendo lo que se le exige en esta producción además de cantar como una bestia, casi debió cobrar doble por el ejercicio de gimnasia deportiva que realiza entre las sillas. Fue muy ovacionado, aunque no tanto como Hanna Schwarz que tradujo una “Erda” simple y llanamente genial. Además como aparece tan al final, cuando una cantante marca tan vastas diferencias de calidad, parece que tiene un estilo distinto, diferente, pero no es eso, es simplemente que es mucho mejor que el resto. Una voz profunda preciosa audible clara y nítida como las que mandan los cánones: muy justa reacción del respetable. Dieron en el clavo también Robert Wörle como “Mime” y los dos intérpretes de los gigantes, Stephen Milling (“Fasolt”) y Jyrki Coronen (“Fafner”). Desapercibidos, y digo ello no por su insipidez interpretativa si no porque no se les oía, los “Donner” de Angel Odena y “Froh” de Joan Cabero. Claras voces, generosas de belleza, color y dicción las dos hermanas “Freia” y “Fricka”, Gwynne Geyer y Elena Zaremba respectivamente; apuntaron muy buenas maneras. Las tres ondinas, encarnadas por Maria Rey-Joly, Itxaro Mentxaka y Andrea Boning, salieron impolutas también. No obstante, no vamos a poder hacer un festejo por los solistas vocales ya que la merma de Hans-Jorg Weinschenck (“Loge”) pesa mucho y eso que entendemos este role como el más exigente de los que se citan en este prólogo, pudiendo pasar por alto cansancios o fallos vocales, pero nunca monótonas traducciones, como fue el caso. No incluimos en esta total apatía en cambio a Alan Titus un “Wotan” no del todo convincente, y que es muy mejorable por su parte, cosa que se intuye al escucharle un color y pastosidad en su voz que corre mucho y con la que puede ofrecernos mejores visiones en la próximas entregas. Otro ejemplo, y van “n”, que demuestra que una voz maravillosa es a veces insuficiente a la hora de sacar un role adelante, cosa que se acentúa en las encarnaciones wagnerianas y se eleva al cubo en el caso de “Wotan”. No obstante, hay mucha madera en él y como, entiendo, que a que es actualmente “Wotan” de Bayreuth le van a ser encomendadas las próximas entregas (ya en “La Walkyria” está anunciado) estoy seguro de que nos va a ofrecer mucho en este ciclo en los próximos años. Tal augurio espero que se haga extensivo a orquesta y director musical, aunque en estos casos, al contrario de lo que pasa con Titus, nada hay a priori que soporte tal esperanza.

En resumen, seguiremos en esto, que ha supuesto un tímido pero prometedor inicio. Tiempo hay para pulirlo.


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