Londres y Nueva York, 1898.
El perfecto wagneriano
Por George B. Shaw
Digitalizado por Verónica Noemí Gombach

 

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George Bernard Shaw

George Bernard Shaw, este hombre flaco, magro, que con sus ojos inquisitivos y burlones al par parece escudriñar y adentrarse hasta lo más profundo del alma humana, nació en Dublín, el 26 de julio de 1856. Temperamento paradójico y sincero, en uno de esos sus artículos egolátricos que tanta sensación y resquemores levantan en los círculos conservadores de la tranquila Inglaterra, él mismo ha confesado que en los años nada, absolutamente nada, aprendió. Hijo de padres modestos, este rebelde, fustigador de la sociedad actual, desempeñó no muy altos ni envidiables menesteres en una oficina de esas donde se atiende toda clase e índole de negocios. A los veinte años, decidido a correr la gran aventura, acompañado por su madre, -mujer enérgica, de una carácter harto independiente y una regular cultura musical,- trasladóse a Londres, dispuesto a conquistar un puesto en la literatura. Conoció, así, en su mocedad, la miseria de Londres, esa miseria que es la más trágica y sórdida de todas. Su pluma rebelde, empero, enhiesta e indemne se mantuvo, que los sólidos principios puritanos de Bernard Shaw no eran de los que vacilar podían en medio de las tremendas tempestades económicas, ni las dificultades inherentes a la iniciación. El mismo, burlonamente, ha pintado aquellos años de su mocedad: “No puedo decir que poseo mucha experiencia de la verdadera pobreza; al contrario. Antes de que pudiera ganar nada con mi pluma disponía de una magnífica biblioteca en “Bloomsbury” (la del Museo Británico) y de otra en “Hampton Court”; sin criados que cuidar ni sostener. En cuanto a la música, más tarde me pagaban porque me saturase con la mejor que se produce en Londres a Bayreuth, -se refiere a sus días de crítico musical.- ¿Amigos? Gracias a Dios, la lista de mis visitantes siempre ha sido inestimable. ¿Qué podía haber adquirido con más dinero del necesario para vestirme y alimentarme? ¿Cigarros? No fumo. ¿Champagne? No bebo alcohol. ¿Treinta trajes de la última moda? No, porque me convidaría a cenar la gente que yo más rehuyo si me decidiera a usar tales cosas. ¿Caballos? Son peligrosos. ¿Coches? Son sedentarios y fatigosos. Además, tengo imaginación. Desde que guardo memoria sólo he necesitado ir a la cama y cerrar los ojos para ser y hacer lo que más me agradase. El lujo de relumbrón de la “Bond Street” ¿qué significa para mí, George Bernard Sardanápalo?”

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Londres y Nueva York, 1898.
El perfecto wagneriano
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El crepúsculo de los dioses

Prólogo

El Crepúsculo de los Dioses empieza con un prólogo muy trabajado. Las tres Parcas aparecen en la montaña de Brunilda, cantando las tres sobre asuntos y destinos diversos e hilando al mismo tiempo el hilo del destino. Así nos cuenta el sacrificio de Wotan al perder su ojo, cómo rompió una rama del Fresno de la Vida para hacer el asta de su lanza, y de qué modo ese árbol se secó después de haber sufrido aquella injuria. Algo nuevo, también oímos en sus parlamentos. Cuando Wotan vio su lanza quebrada por Sigfrido, ordenó a todos los dioses que recogiesen todas las ramas y el tronco seco del Fresno del Mundo y lo llevasen a Walhalla, en cuya sala, rodeado de los demás dioses y héroes y con su lanza hecha pedazos en la mano, espera el fin, reunido en una especie de solemne consejo. Todo eso, pertenece a los viejos materiales legendarios con los cuales Wagner empezó el “Anillo”.

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Londres y Nueva York, 1898.
El perfecto wagneriano
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Las walkyrias

Antes de que se descorra la cortina para ver lo que ahora sucede, veamos primero qué ha pasado desde que se corrió al final del “Oro del Rhin”. Los personajes de esta obra nos lo contarán, sin duda, pero como probablemente no conocemos el alemán, sus disertaciones nos servirán bien de poco.

Wotan impera sobre el mundo en medio de su gloria, y desde el gigantesco castillo donde mora con su esposa Fricka. Pero no está muy seguro de poder continuar su reinado puesto que Alberico procurará en cualquier momento recuperar su anillo cuya fuerza ominipotente puede manejar a su antojo por haber abjurado del amor. Esta abjuración no es posible para Wotan: el amor, aunque no es lo que necesita en primer término, es tan poderoso y tan elevado como el oro; de otra manera no sería un dios. Además, como ya lo hemos visto, su poder -el de Wotan- se ha impuesto al mundo por un sistema de leyes apoyadas en los castigos y penalidades. Y no tiene más remedio que tolerar que él mismo experimente esas penalidades, para convencerse así de que un dios que rompe sus propios juramentos y falta a sus compromisos no puede exigir que la legalidad y lo honesto sean las más altas reglas de conducta: convencimiento que será fatal para su supremacía de Pontífice y de Legislador. De aquí que no se atreverá a quitarle a Fafner el anillo por medios ilegales, pues ello podría acarrearle el tener que abjurar del amor.

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Sigfrido

Sieglinda, en su huída a través de los bosques llevando en sus entrañas el germen del héroe desconocido y en sus manos los trozos de la espada de Segismundo, encuentra al fin albergue en la fragua de una enano. Allí da a luz un niño y en el alumbramiento, ella muere. Ese enano, no es otro sino Mime, el hermano de Alberico, el mismo que construyó para éste el mágico yelmo. Toda su aspiración en la vida es llegar a poseer el yelmo, el anillo y las riquezas, para con ellos adueñarse de las fuerzas de Plutón, por las cuales ha estado desviviéndose durante el breve reinado de Alberico. Mime, es un viejo miedoso y astuto, sutil, demasiado débil para pensar en poder por sí solo despojar al gigante Fafner que guarda todos aquellos tesoros en una roca, transformado en un dragón. Mime necesita, pues, la ayuda de un héroe para realizar sus ensueños. Es lo suficientemente astuto para saber que es muy posible -sobre todo por lo que hace al mundo de los mortales- que ello llegue a realizarse y que se pueda sacrificar la juventud y el valor por la avaricia senil y el deseo escondido de imperar con ellos en el mundo. Conoce la ascendencia del niño que la suerte o el destino ha dejado en sus manos y lo educa y amaestra con toda clase de cuidados, por los cuales obtiene inmejorable recompensa. El niño Sigfrido, como no tiene ningún dios que le enseñe el dolor ni la tristeza, no sabe nada de la tragedia de su padre, pero hereda de él el valor y el atrevimiento. El miedo que hacía palidecer a Segismundo y el desgraciado sino que lo hizo morir, no los conoce el hijo. El padre era crédulo y agradecido: el hijo no conoce más ley que su capricho; detesta al repugnante enano que lo ha criado; se irrita cuando éste le pide que sea más cariñoso con él que tan solícito se le manifiesta siempre, y, en una palabra, es un ser amoral, un anarquista nato, el ideal de Bakounine, un precursor del “superhombre” de Nietzsche. El tal Sigfrido es hercúleo, lleno de vida y de vigor, terriblemente irónico, salvajemente enemigo de todo lo que no le gusta y apasionado por lo que le atrae. Por fortuna lo que no le gusta es lo feo y lo que le apasiona es lo bello. En una palabra: es un mozo de las selvas, sin nada de espiritualidad, un hijo de la mañana, con el cual la raza de los héroes ha llegado a su cenit viviendo desde las negruras de los enredos de sus reales antepasados con la Ley, y de la noche en que su padre hubo de morir luchando.

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