Mis relaciones con Nietzsche (de observaciones a El Caso Wagner de Nietzsche)

 

 

 

Por Carl Spitteler

El tiro no dio en el blanco y lo único que Nietzsche recibió fue el culetazo. Eso le llenó de una furia llameante. Y en esta furia planeó un segundo ataque, todavía mucho más violento, una «guerra» despiadada contra Wagner, incluida toda la música reciente. ¿Quién estaría en condiciones de descifrar cuántas partes del sagrado celo objetivo por la verdad y cuántas de afán de venganza personal y de vanidad herida se daba cita en esta saña guerrera? Era preciso, en una palabra, que estallara una guerra destructiva. Para esta guerra dio en buscarse un aliado, y como yo fui el único que asintió complacido, me convertí ante sus ojos en el aliado oportuno. La cosa hubiera podido ser de lo más adecuada y racional, y yo hubiera podido verme arrastrado de hecho con placer, aún sin compartir sus esperanzas de éxito, a su campaña contra la música moderna; a propósito de éstas y otras cosas teníamos, en efecto, la misma fe y la misma convicción, llegando nuestra coincidencia hasta casi los más mínimos detalles. Sólo que enseguida vinieron las reservas y premeditaciones. ¡De qué premeditaciones y segundas intenciones se trataba y por qué actuaron e influyeron en la segunda campaña y no en la primera, es rosa a cuyo desciframiento no puedo proceder!. ¿Su antigua amistad con Wagner? ¿La violencia implacable con la que decidió que fuera llevada a cabo la segunda guerra? Creo que después de El Caso Wagner nada quedaba ya por perder. Sea como fuere, el hecho es que se apoderó de él la idea de no llevar a cabo la segunda guerra como la primera, esto es, de modo abierto y franco, a bandera desplegada, sino más bien emboscándose él y enviando al combate a su aliado, una vez provisto secretamente por él mismo de las correspondientes armas. me rogó, en consecuencia, que redactara en su lugar un escrito de igual extensión que El caso Wagner (bajo mi nombre), titulándolo Nietzsche contra Wagner y subtitulándolo Documentos de las obras de Nietzsche. En este escrito tendría yo que probar que a diferencia de lo que erróneamente sostenía la crítica alemana, él, Nietzsche en modo alguno había consumado una repentina transformación tardía en su pensar y sentir sobre Wagner, sino que combatía ya efectivamente a Wagner desde hacía diez años. Y esto es algo que podía y quería probar con sus propios libros. El mismo se proponía, en efecto, seleccionar y compilar los pasajes de éstos dotados de dicho valor probatorio (provisionalmente me indicaba ya ocho de ellos), copiándolos de su propia mano y enviándomelos acto seguido. A mí me correspondería la tarea de anteponerles un prólogo fulminante, equiparable a una declaración de guera contra Wagner y la entera música moderna. En este terreno yo no podía, obviamente, entrar; hubiera ofendido a mis lectores con una explicación inevitablemente incompleta de las razones últimas de mi escrito. Le contesté, por tanto, manifestándole lo mucho que lamentaba no poder aceptar su propuesta, ya que me parecía mucho más adecuado que cada uno de nosotros dijera bajo su propia responsabilidad y firmando con su nombre, lo que tuviera que decir. Escribí esto no sin grave preocupación por el modo como pudiera acoger semejante decisión, ya que conocía por experiencia propia su irritabilidad y sensibilidad en cuestiones de vanidad; pero tal era, ciertamente, la única decisión que yo podía tomar, incluso al riesgo de malquistarme con él. Mientras esperaba con tensión su respuesta a mi notificación, recibí una tarjeta postal (cuñada en Turin, el 12 de diciembre) escrita con gran precipitación, en la que me comunicaba que la noche anterior se le había ocurrido que acabaría, de todos modos, por descubrirse que estaba él detrás del proyecto, que había ahí cosas demasiado privadas, y que había, en consecuencia, decidido retirar su propuesta anterior. De mi decisión de rechazarla, ni una palabra. Naturalmente, no podía haberla recibido todavía, puesto que aún estaba en camino; mi carta y su tarjeta se habían cruzado. Retiró, pues, su propuesta, o dicho con más precisión, la propuesta se esfumó, por miedo, simplemente, a ser descubierta. «Le ruego indulgencia», decía la última línea; la última línea, dicho sea de paso, que poseo de Nietzsche (si se exceptúa un escrito caótico y lamentable, amén de digno de ser lamentado, que recibí más tarde y que me reveló su derrumbamiento espiritual). Para que hiciera lo que hice no hacia falta que me rogara indulgencia. Los fallos de los amigos tienen que ser cubiertos; ni una sola persona llegó a enterarse en absoluto de esto. Si el asunto hubiera discurrido de modo más claro, y, sobre todo, si Nietzsche hubiera retirado su propuesta no por motivos de vanidad, sino obedeciendo a reflexiones más nobles, hubiera hecho además otra cosa, algo que acostumbro, en efecto, a hacer siempre que algún amigo cae en falta por precipitación o exceso de premura: hubiera roto su carta en mil pedazos y la hubiera borrado de mi memoria.